Violencia contra la mujer, feminicidios y políticas públicas: el mismo cuento de nunca acabar

Por Paola Clisante viernes 7 de septiembre, 2018

Andreea, Emely, Carla Massiel, Vianela y muchos otros, no sólo son nombres; todos representan las consecuencias del comportamiento más atroz que puede ejercer un individuo.

Casos distintos con lugar en diferentes localidades de nuestro país, pero todos atendiendo a un denominador común: inseguridad ciudadana; preponderancia del salvajismo social, político y económico; corrupción asentida; resistencia al compromiso social; y ausencia de intención política.

Los números son claros: 175,125 casos por violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales; 86,  808 denuncias efectuadas por lo propio; 39,182 órdenes de protección emitidas; y 446 muertes producidas. Estas cifras representan, apenas, los resultados de las estadísticas de la Procuraduría General de la República y del Observatorio de Seguridad Ciudadana para el período comprendido entre enero de 2016 y junio de 2018.

Actualmente, la violencia contra la mujer se castiga con “dos a tres años de prisión menor y multa de siete a nueve salarios mínimos del sector público”, de acuerdo con las disposiciones contenidas en el Código Penal dominicano, lo cual, aunado a una tasa alarmante de violencia, feminicidios y homicidios de mujeres, invita a pensar en la necesaria reforma del sistema de políticas públicas de nuestro país respecto del fenómeno en cuestión.

Sin duda alguna, el legislador dominicano debe tomar medidas serias y contundentes que procuren el robustecimiento del sistema de justicia penal, precisando como eje fundamental la prevención de los hechos que dan lugar a esta problemática social, la atención efectiva a las víctimas, y la persecución y esclarecimiento de este tipo de delitos.

Al margen de ello, bajo la sombrilla de la doble moral, siempre hemos hablado de muchos factores que someramente pudieren justificar las causas de hechos injustificables a leguas: representación de una justicia a medias, supervisión irresponsable, una estructura legislativa muchas veces inútil, desigualdad social, etc.

Pero eso no es todo. Esta es una realidad imperante y que debe observarse, entonces, ¿qué de nosotros? ¿qué tan responsables somos, o no? ¿conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, nos colocamos un lazo y se nos olvida que nuestra condición de ciudadanos supone un compromiso social?

Un mejor espacio de vida no se construye solo

Esta es una invitación a comenzar por los nuestros… por los más pequeños. Los trazos de formación, de principios, de valores y de educación en nuestros niños siempre serán el reflejo del único método de enseñanza realmente infalible y perdurable en el tiempo: el ejemplo; nuestro ejemplo: el mejor ejemplo para ellos. Ejercer de forma responsable ese compromiso quizá nos acerque a los más nobles anhelos que a través de la esperanza la vida nos regala.

Es una cuestión de elección: o continuamos el camino hacia la autodestrucción que impera hoy en día en nuestra sociedad o recurrimos a la reingeniería humana para ofrecer a las generaciones venideras un futuro en el que la carencia de principios éticos no mengüe la buena moral.

Por Paola Clisante

 

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