(VIDEO) Lo que la pandemia se comió

Por Camila García Durán lunes 1 de febrero, 2021

EL NUEVO DIARIO; SANTO DOMINGO.- Abrir o morir, el dilema en el que se debaten los responsables de la industria restaurantera y de entretenimiento desde marzo pasado cuando se desató la pandemia en República Dominicana y que las autoridades tampoco saben resolver: proteger la salud pública o lidiar con la crisis económica.

Aunque desde el pasado miércoles el nuevo horario del toque de queda supone dos horas adicionales en los días laborables y cinco más los fines de semana, empresarios como Eddy Pérez, propietario de un restaurante y dos discotecas en el corazón de la capital, aún no ven la salida de esta ruina.

“¿Qué le pedimos al Gobierno? Que el horario sea extendido de una forma que este sector pueda operar de manera más nocturna”, implora a las puertas de Cairo’s Coffee & Casual Cuisine en la Gustavo Mejía Ricart en declaraciones a El Nuevo Diario. 

Igualmente, Pérez entiende que así como ellos han colaborado con el cumplimiento de las disposiciones sanitarias, el Estado debería socorrerlos con préstamos a tasas cómodas como capital de trabajo para que el sector pueda realmente arrancar dentro de esta nueva normalidad.

A escasos metros, en la misma calle, se divisan las puertas encadenadas del bar “Cuchicheo”, propiedad de Edgar Alma, un joven de veinte y tantos que poco antes del virus había decidido emprender con ese negocio, que ya empezaba  a rendir buenos frutos.

“Yo abrí un tiempo, pero me volvieron a cerrar”, cuenta Alma sobre las vicisitudes que ha pasado durante todo el año y explica que lo que lo ha mantenido a flote son sus otros dos negocios, uno de comida (Tepetepe) y el de cigarrillos electrónicos, puesto que no ha percibido ninguna ayuda estatal más que FASE I, un subsidio que ya no recibe.

Por el estilo, la situación de Ame by Markesito, Cayena, las discotecas Coyote, Rise, The World y hasta la muy popular terraza del restaurante Mitre, en la que ya solo se contemplan los helechos silvestres y una jeepeta que será rifada a algún ciudadano con suerte.

“Yo me molesté mucho con el tema de los cien millones de pesos de los artistas urbanos”, continúa Edgar en referencia al regalo que hiciera el Gabinete de Políticas Sociales a los músicos a mediados de diciembre.

Edgar paga 2,200 dólares mensuales solo por el alquiler del local, mismo que previo a la crisis había decidido remodelar con una inversión de más de 20 mil dólares.

“Más que los empleados son los dueños de restaurantes, que deben pagar por ejemplo alquiler (…), los dueños del sitio me ayudaron, pero al final del día querían su dinero”, explica el muchacho desesperanzado, pero con todas las ganas de seguir hacia adelante.

Y no se refiere solo a su local, sino a gran parte del parque hostelero dominicano, como sus colegas de la discoteca La Gloria, que se extinguen poco a poco en una ciudad entreabierta con restricciones de aforo, horario, y hasta protocolos para bailar.

En la Zona Colonial, las cosas parece que no llegan ni a fin de año. En la entrada del viejo bar Cacibajagüa se divisa a un viralata famélico buscando qué comer entre la poca basura, y Mamey Librería Café no sabe si abre o cierra para siempre.

La Espiral 33, también en “La Zona”, dejó de ser bar para vender comida y la famosa esquina de Lulú Tasting Bar, en la Padre Billini, parece más un velorio que un refugio de entretenimiento.

Pierden los hookeros, los dueños de chimi, los valet parkings, las bailarinas, los Dj’s, los Uber… por enumerar algunos de los trabajos informales afectados indirectamente; con altos y bajos y con contadas excepciones, la situación es similar en todo el país para un sector que agoniza como ninguno la crisis de coronavirus.

Miles de establecimientos no sobrevivieron al confinamiento, y los que sí, ahora intentan resistir adaptándose a las nuevas restricciones, del miedo a contagiarse y de “la olla” generalizada.

Esto, mientras que las sociedades médicas critican que el Gobierno relajara las medidas  la semana pasada “cuando estamos en uno de los peores momentos” de la pandemia, que hoy acumula 215,058 infectados en República Dominicana y 2,688 fallecidos, de los cuales 272 se contabilizaron en enero, el mayor número registrado en un mes en el país.

“El Gobierno ha cedido a la presión empresarial y ha dejando la salud de lado (…). Es como tirar la toalla prácticamente”, opinó el presidente del Colegio Médico Dominicano, Waldo Ariel Suero.

Secundando el argumento, la Sociedad de Infectología consideró que la decisión estatal “no parece una medida justificada desde el punto de vista sanitario” que, a la vez, pone en peligro el sistema de salud.

Mientras tanto y en silencio las cocinas para deliverys continúan transformando la hostelería: no son negocios a la vista, con un local abierto al público, sino cocinas montadas exclusivamente para el reparto a domicilio, que para muchos, ha sido la salvación en medio del confinamiento.

Entre otras medidas, el Gabinete de Salud permitió la reapertura de los bares, restaurantes y colmados con un aforo de hasta el 60 %, que a estas alturas, nadie sabe cómo se va a controlar.

El “Teteo” tampoco se controla, extendiéndose por barrios populares y villas en Casa de Campo, mientras el Gobierno sigue dirigiendo una nación apostando a la prueba y al error, siendo la reacción de los ciudadanos el parámetro para sus decretos.