Un merecido Premio Nacional de Literatura 2017

Por Francisco S. Cruz jueves 23 de febrero, 2017

Federico Henríquez Gratereaux es, en mi humilde opinión, el mayor y mejor -¡libra por libra!, como se diría en el argot boxístico- ensayista vivo que tiene el país. La calidad y hondura de su producción ensayística, literaria, periodistica, histórica y cultural habla – ¡y se defiende!- por sí sola, pues se pasea por lo nacional, como fuente inagotable de nuestra idiosincrasia, que a la vez eleva a lo universal con impecable manejo lingüístico y solidez intelectual. Y algo muy cierto en él: no es vitrina de saberes indemostrables –vale decir, que no pueda demostrar- ya en coloquio cotidiano, en artículos periodísticos o en la exquisita cátedra televisiva (¡aquellos Trialogos inolvidables!).

Leerlo, desde sus libros (la patria histórica-cultural, folklórica y sociológica), o más diariamente, desde sus artículos periodísticos, es una aventura maravillosa hacia un viaje infinito que nos convoca al deleite de la historia universal, la literatura, la filosofía y hasta lo esotérico, sin dejar de asomarse, por supuesto, a la política vernácula u universal desde la retina iluminada de un libre pensador que pinta, con genio sin igual, humor o sarcasmo, los derroteros de ese oficio, mitad cordura, mitad locura, que es la política y su ejercicio. Y en ese terrero -o tierra movediza- es un acuarelista de primera, pues sabe dejar sus trazos de siluetas multicolores y fisonomías que se bifurcan en hazañas –por ejemplo, la de Danilo Medina que, en su decir “…naufragó [airoso] en una canoa…” (Gráfica del recorrido histórico-político de su proyecto presidencial, con énfasis en el 2007- y piruetas de políticos inverosímiles o macondianos.

Hay, en su impecable prosa, la búsqueda constante del humor, la ironía y la historia, unas veces para hacer reír, y otras para edificar sobre el porvenir y sus desafíos en lontananza: por ejemplo, Haití y el trujillismo sutil, pero persistente, que aún, en algún recodo de nuestra realidad socio-política-cultural y periodistica actual, respira y aspira.

Se diría que don Federico quisiera que, como país, saltemos –no como “saltacocote”- a otro estadio de civilidad política-cultural, pero, al mismo tiempo -lo sabe e intuye-: el subdesarrollo nuestro no es solo material, si no, y más que todo, mental y politiquero (si no, cómo explicar el juego de Ping Pong –de nuestra clase política- con la ley de partidos políticos, la reforma a la ley electoral y la ley de Garantías Electorales). Ese jueguito, de conveniencia reciproca entre esos “aparatos” y sus jerarquías o caciques, es demasiado ostensible. Es más, es pura burla (pues, de ellos –de esos partidos de dedocracia, nadie las quiere, quizás, por camisa de fuerza).

Y no hay argumento ético, válido o no, que roce, siquiera mínimamente, la justeza y la oportuna adjudicación del premio a un hombre público y escritor cuyas únicas herramientas -de sustento y presentación- han sido la palabra –bien escrita- y la dedicación a un oficio, el de escritor y periodista, que lo ha ejercido sin mácula y apegado a una ética ciudadana a toda prueba. Entonces, ¿qué más que calidad ensayística, fino humor e ironía para desentrañar y exorcizar los demonios, los prejuicios, los complejos y el mosaico étnico-cultural de un ente social, folklórico y político –el dominicano- tan bellaco, indomesticable y bullanguero? ¿O acaso, su obra ensayística no es, en parte, un retrato fiel de esa mescolanza étnica-socio-cultural que nos define?

Yo no sé si exagero, pero don Federico Henríquez Gratereaux es referente intelectual doble: la que él mismo se ha labrado –sin amuleto de ningún ancestro, y por la calidad de su obra- y el legado biológico-cultural de su estirpe familiar que se esparce, desde don Francisco Henríquez y Carvajal y su vástago Pedro Henrique Ureña- por todo el continente con prístina clarividencia, excelsa poética, filología, pedagogía y presencia histórica-nacional. Sin duda, una conjugación multifacética de difícil y escasísima coincidencia.

Por último, felicito al merecido escritor que acaba de recibir, en buena lid, el Premio Nacional de Literatura 2017, al jurado, por la justeza y justificación de su elección, al Ministerio de Cultura y de Educación; pero, sobre todo, al país por haber sido cuna y cobijo de un hombre universal que nos distingue y enorgullece a todos: Don Federico Henríquez Gratereaux. ¡Enhorabuena!

 

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