Un guerrero de acción y de palabra

Por Rafael Rodríguez Pérez miércoles 12 de septiembre, 2018

He conocido a Laureano Guerrero. Antes de verlo o tener en las manos algunos de sus libros, ya un amigo me había hablado de él, de su larga trayectoria política y de su “tardía”, pero prolífera vocación literaria. La admiración que había en la voz de ese amigo,  y el cariño profundo y reverente con que me describió, someramente, su vida; me dejaron pensando, en primer término, que Laureano debía de ser un hombre bueno; y luego, que debía de buscar sus novelas y empezar a leerlas. Un hombre bondadoso que escriba novelas es, para mí, un candidato perfecto a la amistad.  Por demás, se trataba de un cercano discípulo del profesor Bosch, ¡Mi admirado Juan Bosch! Pues bien, la vida me daría ese regalo: He conocido a Laureano Guerrero. Y no sólo eso: tuve el honor de conversar con él y tener en mis manos, finalmente, sus libros. Ocurrió en la Editorial Santuario, y puedo confesar sin ambages que aquella impresión inicial, hilvanada en mi mente, se convirtió en certeza y comenzó a crecer con su presencia, de tal modo, que he querido describirla en palabras, la más eterna y grata de las formas. Les ofrezco, pues, nuestra conversación…

A mí me gusta mucho la expresión de Ortega y Gasset que plantea que el  hombre es él y sus circunstancias; y también aquella de Martí sobre hacer en cada momento lo que en cada momento sea preciso. Con la literatura, creo que siempre tuve, quizás, el “gusanillo”, el deseo, la vocación. Siempre me gustó leer cuentos y novelas, especialmente a clásicos como Chéjov, Rulfo, y a todos los grandes cuentistas, incluido, por supuesto, Juan Bosch. Pero me quedaba solamente con el deseo de escribir; porque resulta que me enrolé muy temprano en las luchas políticas. El profesor Juan Bosch y sus ideas me sedujeron y me integré de lleno al Partido de la Liberación Dominicana. Apenas con 20 años ya estaba en el partido. Eran los tiempos de las grandes ideas, de las grandes pasiones, al comienzo de la década del 70. Entonces uno tomaba las cosas con gran ímpetu.

Era como irse a la guerra o como una especie de sacerdocio. Nosotros, los jóvenes peledeístas, teníamos que organizar el partido y sacarlo adelante adonde quiera que nos mandaran.  Era una labor absorbente. Muchos dejamos la universidad, las novias, la familia; y nos fuimos a trabajar como quien se va a la batalla, como los soldados de siglos pasados… Fue una labor de 20 años, hasta que el PLD llegó finalmente al poder. Entonces, iniciamos otro largo camino: el proceso de aprender a administrar el Estado, y en mi caso personal, las responsabilidades que comenzaron a pesar en mis hombros y con las cuales había que cumplir: senador, cónsul, secretario de Estado, director general, en fin… Pasaron otros 20 años.

Pero resulta que cuando cumplo cincuenta y tantos años y logro estar, digamos, un poco más desahogado, pues ya en el PLD somos millones y está perfectamente consolidado como institución, me digo: “Bueno, es hora de hacer, también, otras cosas”. ¡Y entonces empiezo a escribir! Termino una primera novela llamada Mi niño lindo; con tanta suerte que gustó mucho, fue bien recibida por la crítica y se vendió enseguida. Eso me dio gran satisfacción. Continué escribiendo y me doy cuenta de que puedo, y debo, desarrollar esa vena que en verdad siempre estuvo latente en mí. Algunos años después, trabajando duro, ya  tengo alrededor de diez obras escritas y todas muy bien acogidas. Llegan elogios, se me invita a programas de televisión y, de algún modo, voy consolidándome como escritor. No creo que lo sea aún. Pero sigo intentándolo. Vienen muchas ideas y escribo sin parar. He encontrado en la literatura, especialmente en la novela y el cuento, una manera de decir cosas que solamente así puedo decir ahí: desbordo mis sentimientos, denuncio, protesto contra las injusticias, digo lo que pienso sobre el amor, el deporte y el ser humano en sentido general.

Interrogado sobre sus maestros literarios, confesó:

En primer lugar, el profesor Juan Bosch. Me gusta su estilo de narrar. Siempre sobrio, conciso, cargado de idea. Tengo también gran admiración por el premio nobel de Literatura peruano, Mario Vargas Llosa. Considero que tiene una prosa totalmente limpia y magistral, siempre realista. Me identifico con ese estilo porque siempre escribo de cosas reales. Hay otros escritores que han sido insuperables creando ficciones imaginativas, fantásticas. Gabriel García Márquez es uno de ellos.

De cualquier modo, en literatura no importa tanto que los hechos sean reales o no, sólo es cuestión de gustos; y creo que toda historia parte de una realidad objetiva, de algo que el escritor vivió o le contaron; entonces él pone sus ideas, su talento y capacidad creadora para desarrollar la historia.

Poder contar historias a través de la palabra escrita es algo extraordinario. En mi caso aún más, pues en mi casa jamás hubo un ambiente literario ni nada parecido. Éramos muy pobres. Un contexto así, de cultura, de libros, o la misma costumbre de ir a la iglesia desde niños, por ejemplo, eran lujos para las clases altas. Mi papá era un obrero que hizo todo tipo de trabajos y que finalmente terminó siendo un buen barbero en La Romana. Pero el tener que buscar la comida a diario y mantener a los hijos le impedía tener ciertos hábitos que eran simplemente impensables en nuestro medio; por ejemplo, uno entre miles, cómo se toman correctamente los cubiertos para comer. Por demás, nadie puede enseñar lo que no sabe. Mi padre solo tenía músculos, sangre y corazón para su familia. Era analfabeto. Esas cosas “formales” las aprendimos después, en la escuela; porque eso sí, y se los agradezco infinitamente a ambos, mis padres se empeñaron en que fuéramos a la escuela y nos educáramos, aun a costa de grandes sacrificios. Fue un propósito que tuvieron siempre: que yo y mis hermanos nos hiciéramos profesionales. Y así fue.

Estamos sentados en un cómodo sofá de Santuario, rodeados de libros, de cultura, de voces. Laureano rememora su niñez, pobrísima, y es difícil conciliar aquella ruda imagen con la de este señor de pulcro traje y dicción impecable que tengo frente a mí. No hay dudas: los padres de Laureano son triunfadores absolutos. Su hijo es la prueba mejor. Esa es la gente que sostiene naciones y las hacen crecer. Pienso que debe haber mucho en él, también, de su mentor Juan Bosch. Se lo menciono, y entonces su cara se ilumina, y una tierna emoción palpita en su garganta:

Conocer a Juan Bosch fue uno de los grandes premios de mi vida. Al principio, en el PLD, éramos muy pocos, y esos pocos tuvimos la dicha de conocerlo y tratarlo personalmente. La mía fue mayor, porque llegué a tener una relación muy cercana con él. Al principio, porque tuve la suerte de que estudiaba periodismo  y el profesor Bosch entendió que la organización tenía que contar con un periódico como medio legítimo para llegar masivamente al pueblo, de modo que formé parte de la organización de ese periódico. Eso me permitió trabajar muy cerca de él, en su misma mesa, junto al resto de los intelectuales que laboraban a su alrededor. Así me hice fotoperiodista y viajé por todo el país con el Profesor y el resto de su equipo. En una ocasión, ya con toda la confianza ganada en la cotidianidad, un día me atrevo a decirle que tenía el cabello muy largo, que necesitaba recortarse. Me respondió que era cierto, pero que en realidad no le alcanzaba el tiempo para eso. Tenía demasiadas ocupaciones y no podía ir a una barbería, tomar un turno y esperar… Le dije entonces que yo sabía recortar. “¿Tienes trastos?”, preguntó él. “Sí”, le respondí. “Pues anda a mi casa y vamos a probar”, me dijo. Así lo hice, y cuando terminé se paró frente al espejo y me dijo: “¡Es un recortada de concurso!”

Fue así como me convertí en su barbero personal. Iba semanal o quincenalmente a recortarlo. Para mí fue maravilloso, pues estrechamos nuestra amistad y podía verlo en un ambiente más informal y relajado. También agradezco eso a mi papá, pues fue él quien me enseñó el oficio, a mí, y a mis otros cuatro hermanos varones; por si acaso no podíamos llegar a la universidad supiéramos hacer algo para ganarnos la vida honradamente.

Estar tan cerca del profesor Bosch fue una dicha. Me alimenté mucho de su intelecto, de su personalidad. Se ha hablado mucho de sus dotes personales, de su liderazgo e inteligencia. Era un ser excepcional; y un simple episodio de mi relación con él lo muestra con creces: Cuando salí electo como senador    por La Romana, el primer senador del PLD en la historia de la República en esa provincia, él me dijo: “Laureano, ya no puedes seguir recortándome”.  Asombrado, le pregunté por qué. “Porque ya nadie puede verte más como el barbero de nadie, sino como el senador Laureano Guerrero. Búscame tú  mismo a algún barbero que te sustituya”. Entonces le busqué a mi propio padre, que ya vivía en la capital y seguía ejerciendo su oficio. Así era de noble y de grande Juan Bosch.

Laureano Guerrero suspira, y por unos segundos su mirada se pierde en el vacío. Deben desfilar por su mente escenas memorables vividas junto a Bosch. Guardo respetuoso silencio. Sé muy bien lo que es necesitar y extrañar a diario a un Maestro. Pero Laureano vuelve, y me sonríe. No es añoranza inútil lo que expresa su rostro, sino satisfacción. Pienso: Él ha seguido los pasos de su líder, y es digno de evocarlo. Además de asumir su legado político, lo sigue también en el literario. Tiene ya siete libros publicados, seis novelas y un cuaderno de cuentos, y otros originales en camino… ¿Cómo lo logrará?

Escribo donde quiera, sobre todo si estoy entusiasmado con la historia y llego a un momento interesante. Lo hago incluso en el auto, entre semáforos, mientras el conductor espera por el cambio de luces. Normalmente, cuando empiezo a escribir una novela lo hago como me lo enseñó Juan Bosch: cuando me siento a escribir ya sé cómo va empezar la novela y cómo va a terminar; de manera que siguiendo esa idea me es relativamente más fácil. Eso no quiere decir en modo alguno que en el trayecto uno encuentre elementos nuevos en los cuales no habías pensado y que se van presentando solos. A veces, en esas disyuntivas, no encuentro qué hacer, pero finalmente tomo un decisión y sigo adelante, porque sé hacia dónde voy, al margen de que tenga que borrar o agregar cosas en el camino; pues una novela no es una vía recta, sino que tiene muchas curvas y vueltas y uno tiene que avanzar, retroceder  o aguantar el paso.

Generalmente, escribo en mi casa, en un estudio que he acondicionado para ello y en el cual tengo también mi biblioteca. Ahí me encierro a escribir en mis horas tranquilas. Pero a veces, cuando quiero avanzar, me llevo el proyecto a la oficina, y entre despacho y despacho, órdenes y demás, escribo algunos párrafos y hasta páginas. No me gusta perder tiempo ni el hilo de lo que voy escribiendo. Sólo me detengo cuando acabo. Es un consejo que aprovecho para darles a quienes quieran escribir: cuando empiecen una obra, no la dejen a medio camino. Hay momentos que falta la inspiración y el tedio te arropa y hay que parar un momento; pero nunca la dejen por vagancia o falta de voluntad. Si lo hacen, luego es muy duro retomar el proyecto, pues los personajes se han perdido y la secuencia trunca obliga a releer todo de nuevo para poder retomar la atmósfera y todo lo demás.  Hay que hacer el esfuerzo y escribir todos los días.

 

Actualmente, trabajo firme en mi octava novela. Se llamará La Costa, Apartheid dominicano. Se desarrolla en La Romana, que como sabes es mi pueblo natal. En ella estarán descritos sus bateyes, sus barrios, calles y ríos, y por supuesto, su gente. La historia tiene que ver mucho con la presencia en La Romana de una empresa fundada allí en 1912; y que primero se llamó South Porto Rico Sugar Company, luego Gulf+Western y ahora Central Romana Corporation. Lo cierto es que independientemente de su nombre, la empresa siempre se ha manejado con criterio norteamericano: ha sido avasallante. Es dueña de toda La Romana, algo que jamás he podido entender o concebir: cómo una empresa de origen extranjero tiene la propiedad de toda una provincia, de sus tierras, ríos, playas y hasta del aire que respiramos. La novela abordará cómo impacta tal situación en el sentir de la juventud y de las diferentes generaciones, y cómo ese sentimiento de indefensión e impotencia se convierte muchas veces en aberraciones sociales, pues, sobre todo los jóvenes, aspiran a ser de la clase social a la que pertenecen los dueños, ejecutivos y sus descendientes de Central Romana;  que gozan de privilegios excepcionales y viven rodeados de lujos inimaginables. La Costa, Apartheid dominicano, no será una novela complaciente, ni una biografía, al contrario, será más bien una protesta sobre este estado de cosas.

Cuando la publique, se incorporará a mis novelas como otra hija más; pues como a los padres buenos, al preguntarle a cuál quiere más de entre sus hijos, siempre responde que los quiere a todos por igual, aunque tenga siempre un espacio especial en su corazón para alguno de ellos. En mi caso, no puedo negar que tal vez ese sitio lo ocupe mi novela Mozura, esencialmente por su carga emotiva, pues es una historia novelada de mi familia y un libro que ha hecho reír y llorar a mucha gente. Hay múltiples elementos en ella que, como en toda creación literaria, fueron enriquecidas por la imaginación; pero eso no le resta  autenticidad. En esa novela está mi padre y su lucha a brazo partido con la vida para sacar adelante a los suyos. Siempre creí que su vida era perfectamente novelable, por eso la escribí. En Mozura está toda esa historia, y muchas de las claves que me convirtieron en lo que soy y me han traído hasta aquí, hasta este instante en el que hablo contigo.

Hay pasión en la voz de Laureano. Es evidente que la literatura lo ha ganado del todo. Conozco de sobra el sentimiento. Los avatares políticos y administrativos, en los cuales Laureano sigue activo, han encontrado al fin un rival digno, y tendrán que medirse a cada paso con este fortísimo deseo de contar historias. Con suerte, muchos de estos combates quedarán en tablas, o se fundirán sabiamente como hasta hoy; pues Laureano tiene mucho que hacer aún por su país, y mucho que escribir. Ambas vocaciones se complementan y se funden en un solo hombre, que ha sabido llevarlas tanto a la práctica como a los predios mágicos de la imaginación. Ellas lo transfiguran y convierten, como al amado Bosch, en un guerrero de la acción y la palabra. ¡Adelante, Laureano!

 Laureano Guerrero Sánchez, es político, abogado y periodista. Como político tuvo una activa participación en la construcción del Partido de la Liberación Dominicana y una cercanía especial con el profesor Juan Bosch, su líder y fundador, de quien recibió las influencias políticas y literarias.

A través de Laureano Guerrero Sánchez, el partido dio sus primeros pasos en el Senado de la República, cuando en representación de la provincia de La Romana, ocupó la posición de senador en el período 1986-1990, desempeñando luego diferentes cargos en la administración pública tales como Director del Departamento Aeroportuario, Presidente de la Comisión Nacional de Espectáculos Públicos y Radiofonía; Cónsul en Puerto Rico; Cónsul General en Madrid, España, Secretario de Estado, Enlace entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo y Director General de la oficina de Custodia y Administración de los Bienes Incautados y Decomisados.

Como periodista ha colaborado en los principales periódicos del país con sus artículos de opinión y por alrededor de 25 años ha mantenido el programa televisivo “Hablan los líderes” en dónde ha ganado el respeto de la unión pública por la forma profesional y sin discriminación de colores con que dicho espacio se conduce.

Ha publicado, entre otros textos, las novelas Mi niño lindo, Mozura, Cheché, El estudiante ciego, La sentencia, Amores extraños y el volumen Cuentos y relatos.

 

Por  Rafael J. Rodríguez Pérez

 

 

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