Trump no aparece por ARCO, pero sí el grito contra el feminicidio

Por El Nuevo Diario jueves 23 de febrero, 2017

EL NUEVO DIARIO, MADRID.- En esta edición de ARCO no hay mucho arte político o de denuncia, ni siquiera se ha colado un eco de Donald Trump, pero sí que hay un enorme mural de la mexicana Teresa Margolles con el rostro de 30 de las mujeres desaparecidas o asesinadas en Ciudad Juárez (México) desde los 90 hasta hoy.

Una obra que ha sido comprada hoy por un coleccionista japonés en la galería Peter Kilchmann. Se trata de una intervención en los carteles que se pusieron en las calles, que fueron apareciendo con los rostros de estas mujeres, y que, con el tiempo, se fueron "desvaneciendo" y ya forman parte del paisaje urbano con toda naturalidad.

Otras de las obras más políticas o de resistencia las presenta la galería ADN con Eugenio Merino, quien el año pasado rescató la figura de Franco en una nevera, y en esta edición ha rehecho con el papel dorado de las mantas térmicas de rescate de inmigrantes los pasaportes de sirios o libios.

Está también la propuesta, realizada en telas, a favor de los refugiados del artista azerí Babi Badalov, en la galería parisina Jèrôme Poggi.

Pero esta edición, con Argentina como país invitado, es todo un río infinito de propuestas entre pintura, dibujos, fotografías, esculturas, instalaciones y pocos vídeos, en un año "excelente" para los coleccionistas y para los galeristas españolas más importantes, como Juana de Aizpuru, que precisa que esta edición marca "un antes y un después".

"ARCO está ya entre las ferias más importantes del mundo por dos razones: la primera de ellas, porque han vuelto grandes galerías que se habían ido y han llegado otras nuevas muy buenas; y la segunda, porque el número y la calidad de los coleccionistas han subido", explicó una de las galeristas más veteranas y primera directora de esta feria.

Aizpuru subrayó, asimismo, que los coleccionistas de Latinoamérica aportan "ganas y un gran poder adquisitivo" y los españoles "están dando también una respuesta muy buena".

Ahora están en ARCO los hijos de los coleccionistas de los 80, gente muy bien preparada que compra "sin pestañear" obras valoradas en 80.000 o 100.000 euros (de 84.000 a 105.000 dólares), mientras que las instituciones están comprando "muy poco", añade la galerista.

De las misma manera, se explicó Helga de Alvear, que ha vendido ya cuatro obras de artistas internacionales: sendas fotografías de Cándida Höfer y de la pareja formada por Elmgreen y Dragset, una escultura grande de la española Ana Prado y una pintura de José Pedro Croft.

"No me lo puedo creer" exclamó De Alvear, en referencia a la buena marcha de las ventas. "La feria está muy consolidada gracias al impulso de (Carlos) Urroz -el director de ARCO- y va para adelante". La galerista también comentó que "por fin" la fotografía "ha entrado en firme".

"No así el vídeo, que en España aún no cuaja, a diferencia de Alemania", subrayó la coleccionista.

También los representantes de la mítica galería Lelong, que ha vendido una escultura de Plensa por 280.000 euros (294.000 dólares), se mostraban "muy contentos" y "satisfechos" con el arranque de esta edición. "La feria respira bien. Tiene una buena organización y este año han traído a muchos y buenos coleccionistas de fuera, algo que es muy interesante".

Y, si ayer se creía que las dos piezas más caras de ARCO eran una escultura de Juan Muñoz, de 1,5 millones de euros (1,57 millones de dólares), y un óleo de Dalí, por 1,4 millones (1,47), hoy la estrella era un móvil de Alexander Calder, "The Red Base", en la galería Mayoral, donde se ofrecía por dos millones y medio (2,6 millones de dólares).

"Todavía no tiene comprador, aunque preguntan mucho", explica la responsable de la galería barcelonesa, que se estrena este año.

Esta galería está al lado de la argentina Barro, donde el músico Albert Plá participa dos veces al día en una "performance" titulada "No soy tan joven como para saberlo todo", en colaboración con los artistas argentinos del colectivo Mondongo.

Una pieza que es una pintura viviente que reproduce en una choza la Sala de los Espejos del Palacio de Versalles miniaturizada, donde un pinocho contemporáneo (Pla) canta o toca un minipiano, mientras la gente le observa desde el otro lado y a través de unas rejas.