Tres lesbianas cuentan su historia de abusos, frustraciones y traumas

Por Melisa Gomez lunes 29 de noviembre, 2021

Entrevista lésbica: 1 de 3

EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.- “Con el simple hecho de decir que eres lesbiana, es un peso difícil de cargar”. Así inicia una conversación por más de dos horas de camino a Santiago de los Caballeros con cuatro chicas que, por distintas razones, se inclinaron por el lesbianismo. En el largo trayecto, tres de ellas se deciden a contar su historia y experiencias; la otra es más reservada.

Ana María Solís (nombre ficticio), de 27 años y quien llevaba una relación heterosexual cuando apenas tenía 15 con un hombre de 35, hoy habla del tema con resentimiento y dolor.

Ha estado marcada por el desprecio de su madre, quien, dicho sea de paso, no acepta su preferencia sexual y le advierte sobre el “castigo de Dios” en todo momento.

En el trayecto a Santiago, Solís cuenta que estaba muy enamorada de ese hombre 20 años mayor que ella, y pecando de inocente complacía sus fantasías sexuales.

“Cuando estás enamorada solo quieres complacer, y no tienes límites y te olvidas de los valores y principios, no sabía decirle que no”.

El hombre, con astucia y manipulación, la llevó a probar lo que era “mente abierta” (éxtasis, tríos, orgías y demás”). Sin embargo, nunca le pasó por la cabeza que en uno de esos encuentros sexuales le iba a gustar y optaría por esa preferencia.

“En el 2014, empecé a relacionarme con la ‘pajarería’ en lleno, pertenecía a grupos lésbicos; en ese entonces, él estaba fuera del país y allí duró varios años, cuando regresó ya yo era otra, mi preferencia sexual eran las mujeres, y esto a él lo frustró”, explica la joven.

Aunque sostiene que seguían con una relación a distancia, pero sin compromiso alguno, cuando regresa al país “ya no quiero nada con él”, pero su abuela le había encargado cuidarla, “se lo tomó muy en serio y quería quitarme a la mala, lo que él había sembrado en mí”, pero le fue imposible.

Sigue el relato, como si fuese sacado de una novela épica, su insistencia la llevó a mudarse con él. “Fue mi calvario”: lo hizo solo por complacer a su progenitora, quien es cristiana evangélica y la lucha con los “demonios” de su única hija no la deja convivir.

Se convirtió en “frío y calculador”, le hackeó todas sus redes sociales y hasta el teléfono que usaba para trabajar; tenía que controlar todo lo que hacía, escuchaba y respondía mensajes por ella, en complicidad con la madre, quien la aborrece por ser de “ahí”.

Manifiesta que nadie elige ser homosexual o lesbiana, “hay días que uno se arrepiente hasta de haber nacido, la sociedad te encasilla, te aíslan, y ni qué decirte de los familiares, eres el tema de conversación, están pendientes de cada detalle, para juzgarte en el primer tropezón”.

Cuenta que un fin de semana, él la llevó a una discoteca de la avenida Venezuela, Santo Domingo Este, pero había contactado a una pareja de esposos para hacer un intercambio sexual, sin embargo, ella en esa ocasión no quiso acceder a unos juegos habituales y su insistencia no logró convencerla.

“Cuando salimos de la discoteca eran las 2 de la madrugada, pensé que iríamos a la casa, pero no, me llevó a una cabaña, allí cuando empezó a enseñarme todas las conversaciones que sostenía con las mujeres, videos y demás, por primera vez lo vi balbuceando y sudoroso, tenía mucho miedo, fue al carro a buscar la pistola, pero no la encontró, porque yo la había sacado”.

Continúa relatando la odisea que vivió aquel día gris. Aunque dice que Dios la llenó de sabiduría y fuerza para enfrentarse al hombre que quería acabar con su vida.

Mientras él rebuscaba en el carro lo que podía usar para lograr su cometido, ella le imploraba al Todopoderoso que intercediera por ella, cuando al regresar a la cabaña, con un machete, ella se había envuelto las toallas en las manos para defenderse.

“Me tiró más de 100 machetazos, me decía todos los improperios que le llegaba a la mente, hasta que le dije todo lo que pensaba y se desplomó en llanto, pero a pesar de lo que había hecho, no se arrepintió y después quería tener relaciones íntimas”.

Cuatro meses después, la relación terminó sin pena y sin gloria, aunque el hombre muestra resentimiento, ella vive su preferencia sexual a plenitud, a pesar del rechazo constante de su madre.

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