Torpezas en los partidos

Por Manuel Hernández Villeta

Los partidos políticos le fallan a la sociedad dominicana, cuando se convierten en simples maquinarias para la lucha electoral. Un papel trascendental e insustituible de los partidos, es constituirse en el instrumento para conseguir cambios sociales y lograr el desarrollo de un país.

Pero con el correr de los años los líderes de los partidos dominicanos olvidaron ese predicamento, lo tiraron a la basura, y convirtieron sus organizaciones en simples catapultas para conseguir posiciones  individuales,  que  provocan un salto social.

El mayor ejemplo de práctica anti-democrática se da en los partidos. Los que encabezan,  con el dedo seleccionan por capricho a seguidores  para los cargos, sin tomar en cuenta los índices de popularidad o la capacidad. Si internamente se cercena el espíritu de igualdad y oportunidades, es seguro que esos dirigentes tampoco respetaran las normas civilizadas de conducta comunitaria.

Las ambiciones de poder han llevado a que todos los partidos dominicanos han sufrido la división interna. Los grandes y los emergentes. Esa división es fruto de las flaquezas de liderazgo, donde dos o tres tienen el mismo rango, y rehúsan entrar en diálogo y concertación.

Lo ideal sería que los partidos serán dirigidos por  su comité ejecutivo, su comisión política, o su núcleo de mando,  y no por una sola figura con autoridad total. Hay líderes que sin tener estatura se consideran caudillos, y no pasan de ser enanos amplificados por la difusión de los medios de comunicación.

El caudillismo hoy está muerto en los principales partidos. Lo que hay son líderes momentáneos que han conseguido fuerzas, y con su accionar desplazan a la opinión colectiva, para ser ellos los únicos que opinan. Estos dirigentes con poder tienen la obligación de reordenar su conducta.

La época de los grandes caudillos ya se terminó, es un período de la historia dominicana que luce difícil de repetir. Los caudillos metieron en su bolsillo trasero los estatutos de sus partidos, y pobre de aquel que lo enfrentara o quisiera  alcanzar posiciones sin contar con su visto bueno.

Los efectos colaterales de la  revolución de abril consolidaron a tres grandes caudillos de la política naci8onal: Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez. Manejaban sus partidos como si fuera un instrumento personal, sin permitir más libertades que la aplicación de sus pensamientos.

El fin de la lucha ideológica en su versión dominicana ha lanzado en los últimos años a los partidos a ser integrantes de una carrera para conseguir cargos elegibles o administrativos, sin tomar en cuenta la situación nacional. Hay que superar esta forma de hacer trabajo colectivo. El pueblo quiere, necesita y exige cambios en la forma de hacer política partidista. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández Villeta

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