Te perdono, Pastor de Moya

Por José Luis Taveras

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Pastor de Moya hizo pública su renuncia a la Comisión de Cultura del PRD y pidió perdón al país cultural por haber apoyado a Miguel Vargas y al presidente Medina. Algunos pensarán que fue una decisión resentida, motivada por su destitución arbitraria del Ministerio de Cultura, pero ese no es el caso ni la impronta de Pastor.

Quien lo conoce sabe que el poeta no es un hombre de sumisiones serviles ni de credos prestados. Pastor es tan libre como su vuelo poético y en ese ejercicio, siempre auténtico, le suelta un coño a cualquier arrogancia. Es más, dudo que su inmensidad quepa en algún cargo.

Su carta de renuncia no me rebate: sin amagos ni titubeos tomó la palabra como quien empuña una navaja filosa para hendir la carne más sebosa del poder; así, al elogiar al ministro Eduardo Selman y a su viceministro Morales usó esta luminosa apología poética: “dos personajes nominales, inoperantes y odiosos en el proceso cultural dominicano… que han caído como un baño de mierda al ya rebosante estercolero de la cultura dominicana”. Ese sí es Pastor.

Pastor no es un burócrata inorgánico; es un cruzado furibundo de la vida, fraguado en sus más crudas intemperies. El poeta nunca ha habitado otro mundo fuera del arte; se ahogaría inútilmente; conoce sus honduras, respira sus esencias y se trasnocha en sus fantasías.

Cuando Pastor tomó la decisión de prestar sus ideas al Ministerio de Cultura, lo hizo por convicción y no por servilismo político; eso no entra ni por pujo coital en la mentalidad de un artista. En su momento entendí que fue una idea ingenua y que una vez dentro intuiría su desatino al ver el estrecho espacio que le esperaba a su sensibilidad cultural.

Le bastó conocer las intimidades de esa burocracia para darse cuenta de que, según sus palabras, el Ministerio de Cultura es “un aposadero de amantes, hijos y esposas de funcionarios”.

El Ministerio de Cultura encarna la negación más descarada de la gestión cultural. Para empezar, no tiene políticas de grandes trazos atadas a visiones, presupuestos ni planes llevaderos. Sin esas rutas, quien lo dirige interpreta instintivamente sus funciones. Por eso cada titular calca e impone su carácter, lleva a su gente y quita a la que quiere. Apenas se sabe dónde empieza el funcionario y termina el Ministerio.

Eduardo Selman es la coronación de esa degradación; otro traspiés en la cadena de tumbos de un órgano residual y perdido en su identidad. Es posible que como político Selman cargue con una agenda de reparaciones físicas y monumentales amarradas a préstamos internacionales y nos dé cátedras sobre la cultura de los buenos negocios.

En esa visión operaria y utilitaria de la gestión cultural se turban los artistas y los verdaderos estrategas culturales, mucho más los poetas, tildados como pájaros, bohemios y holgazanes por un pasado viceministro cuya mención nominal me resulta repulsiva. Para ese trabajo son buenos los buscavidas y gente de baratas gratitudes, esa que se pega al poder con silicona y lameduras.

¿Sabrá Eduardo Selman quién es el poeta? La respuesta mediría por pulgadas su visión cultural. Como presumo que no, entonces le invito a descubrir a Pastor y a su alucinado relato poético.

Señor ministro, Pastor es un explorador impenitente de submundos inversos de donde extrae negras esencias para iluminar con sus sombras una poética de dimensiones inabordables.

Pastor es un domador de instintos estéticos. Su visceralidad artística es cautivante. En él, la inspiración es lacerante, tanto que quiebra con un leve suspiro la piel del lenguaje domesticado. Dudo que usted entienda lo que le digo, por eso más francamente hablando le pido que consulte a tío Google para que esté consciente de la persona que destituyó sin dar más razones que su autoridad. Es posible que cuando descubra la laureada talla del poeta confirme que obró acertadamente por aquello de que la ignorancia siempre es atrevida.

Te acepto el perdón, poeta. Más temprano que tarde era una decisión que aguardaba. Sabía que tu olfato se iba a resentir de esa vaharada. Era duro convivir con tanta mediocridad. El PRD devino en un partido trasero, y Miguel Vargas recibió lo que buscaba: la heredad de la Cancillería, una botija que años antes usufructuaba el PRSC en virtud de un negocio similar.

Desde tiempo atrás el Ministerio de Relaciones Exteriores, gobiernito de Vargas, ha sido la más grande agencia del empleo político en la historia dominicana.

En su promiscua nómina se mezclan intelectuales, diplomáticos de carrera, estudiantes becados, activistas, amantes, gente de farándula, negociantes, hijos de familias ricas y una caterva de vagos. Esa política barata de carguitos y recomendacioncitas cimenta las bases del llamado gobierno compartido cuyas propuestas esperamos desde las pasadas elecciones.

El PRD ha sido la gran víctima de la enajenación política del PLD y no volverá a alzarse en vuelo hasta que Miguel Vargas lo deje en el bagazo, porque, más que partido, es una de sus tantas haciendas o como diría Guido Gómez Masara: “un partido pequeño para grandes negocios”.

Tu decisión fue acertada, Pastor; con ella perdió la cultura del poder, ganó la dignidad del arte: agua y aceite. ¡Te felicito, poeta!

 

Por José Luis Taveras

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