Sólo la muerte es perfecta

Por Jeovanny Terrero lunes 2 de septiembre, 2019

Cuando viajé por primera vez a los Estados Unidos de América en la década de los noventa, en mi equipaje tenía varios libros. Dentro de ellos estaba el del padre Mateo Andrés, titulado Puedo ser otro y feliz, me gustó tanto que después de haberlo leído, era parte de mi equipaje.

Es un libro que produce en muchos un segundo nacimiento o el verdadero nacimiento hacia el vivir. También estaban unos trabajos del periodista español Vicente Verdú, que en ese entonces escribía para el periódico El País de España, donde también nos habla entre otras cosas de la perfección.

Ojeando esos libros sobre cómo ser feliz y, entre los dictámenes, apareció la fascinante frase:” Hay que eliminar la necesidad de ser perfectos.”

El libro cita un seminario, auspiciado por la Universidad de Stanford que investigó exhaustivamente durante años, sobre qué clase de circunstancia vitales, hábitos y rasgos de la personalidad, correlacionan con la oportunidad de ser felices.

¿Son por ejemplo más  felices los que tienen más carros, más dinero, más casas, más  amantes, más hijos, han triunfado en la profesión, duermen más horas, viven cerca de los ríos, van al cine, al gimnasio, creen en Dios, comen mejores que los demás ?

Aparte de que la felicidad no parece conectarse fielmente con ningún elemento de estas series, si correlaciona, entre otras cosas, con aquella actitud personal que se afana en alcanzar la perfección.

Muy al contrario de lo que ha predicado el proyecto cristiano, destinado a procurarnos obstinadamente el cielo, los psicólogos  concluyen que las ansias de perfección desencadenan un íntimo infierno permanente.

Y no solo aparece como dañina esta clase de ética; en lo estético, la perfección puede hacer lindar con lo feo y, en su extremo, con lo monstruoso y lo siniestro.

Una serpiente o una rana, son por ejemplo, perfectas según sus planes, pero no puede decirse que simbolicen el clímax de lo muy hermoso.

La atracción irresistible, en cambio, viene a hospedarse en uno o en varios pliegues de la imperfección.

La persona que se considera perfecta no puede admitir un error en su vida. Necesita siempre verse perfecta, intacta. Admitir un error equivaldría a aceptar conscientemente la duda de sí  misma que lleva en su interior.

Atrapada en un fallo, esta persona lo primero que haría es tratar de excusarse; si no lo logra, acusará a los otros; y  si tampoco esto resulta, se enfadará o se deprimirá, lo que no va a aceptar es simplemente que ha fallado. Es por eso que hay que eliminar la necesidad de ser perfectos.

Por el contrario, la imperfección acoge al ser humano, convalida, descarga su vida y es una señal de libertad.

Gracias a asumir la imperfección nos libramos de la gran barrera de ser mejores o incluso de volcános a morir. Porque sólo, en verdad, la muerte es perfecta, imperfectible, mientras nuestra mayor felicidad radicaría, precisamente, en lograrla evitar

El Autor es diplomático y periodista.

Por Jeovanny Terrero

Anuncios

Comenta