Solo demos honra y gloria a nuestro Señor y Salvador Jesucristo

Por Enrique Aquino Acosta miércoles 30 de septiembre, 2020

Aunque muchas personas no lo creen, la libertad de cultos no la estableció Dios, sino, los hombres, quienes la han usado para la fabricación, representación, venta, exhibición, veneración  y adoración de  ídolos y que la Biblia llama “dioses ajenos”.

Los invito a reflexionar lo que enseña el Salmo 115, versículos del 4 al 7. Veamos. “Los ídolos de las naciones tienen boca, pero no hablan. Tienen ojos y no ven. Tienen orejas y no oyen. Tienen narices y no huelen. Tienen  manos y no palpan. Tienen pies y no caminan y  tienen garganta y no hablan”

También señala la semejanza que tienen con los ídolos las personas que los fabrican y las que confían en ellos. Estas últimas les hacen promesas, los visitan, se arrodillan  frente a ellos,  les encienden velas, los adoran  y  los veneran. ¿Por qué refiere la Biblia esa semejanza? La refiere, porque esas personas son, espiritualmente, como los ídolos: ciegas, mudas, sordas, mancas y paraliticas. Además, son víctimas de las “doctrinas de error” que enseña y mantiene la iglesia católica romana en el  mundo.

Por eso, si observamos los ídolos de la Virgen de la Altagracia, las Mercedes,  la Inmaculada, la Virgen del Carmen, la virgen de Fátima y otros, nos damos cuenta que tienen características similares a las que señala el salmo 115: no hablan, no ven, ni oyen, entre otras limitaciones. Sin embargo, la iglesia católica los utiliza como formas de endiosamiento a María, la madre de Jesús, en abierta violación a los mandatos de Dios (Éxodo 20:3-7)

Con el Papa Francisco a la cabeza, el liderazgo católico sabe que Dios prohíbe y condena las prácticas idólatras y que lo representen, mediante estatuas e imágenes. ¿Por qué las prohíbe? Porque Dios es Espíritu invisible y los ídolos son dioses ajenos a Él.

Otras faltas graves que comete el liderazgo católico son promover, organizar, patrocinar, permitir y tolerar la celebración de fiestas a los ídolos en todo el mundo. También es responsable de que millones de personas crean en Dios por vista y no por fe, como enseña la Biblia. ¿Por qué ocurre esto? Ocurre porque el liderazgo católicos da más importancia  a  sus pronunciamientos políticos, que a la predicación del evangelio.

Por otra parte, los medios de comunicación informaron que el Presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, asistió al Santo Cerro, el pasado 24 de Septiembre, a  cumplir una promesa al ídolo de Las Mercedes y  a  encenderle velones, como se observó a través de la televisión.

Probablemente, la promesa del Presidente obedeció a razones políticas, debido a la supuesta victoria militar que diera el ídolo de Las Mercedes a los conquistadores españoles sobre los indígenas insurrectos y a motivos religiosos,  por la influencia no espiritual, que mantiene la iglesia católica en el país.

En vista de este y otros hechos, se plantea la necesidad de que la comunidad evangélica nacional arrecie la difusión del mensaje del evangelio a través de todos los medios posibles, por ser un componente imprescindible del cambio que necesita el pueblo dominicano.

En particular, se debe denunciar, combatir y erradicar el pecado de idolatría con todo lo que abarca: herejías, fiestas paganas, politeísmo, ocultismo, brujería, hechicería, fetichismo, magia y  superstición. Además, se debe asumir una  actitud más  crítica frente a las actividades que realiza la iglesia católica dentro de nuestro país y en otras partes del mundo.

También hay que tener presente, que el Señor nos ha comisionado como sal de la tierra y  luz para el mundo. Por tanto, debemos esforzarnos, animarnos y ser  más valientes en levantar nuestra voz como trompeta para denunciar cualquier forma de pecado.

Asimismo, debemos hacer guerra espiritual contra los ídolos, por ser dioses ajenos, que no tienen nada que ver con Dios, pues, no tienen espíritu, vida ni poder. Por tanto, solo nuestro Señor y Salvador Jesucristo  tiene esas facultades, a quien debemos dar honra y gloria en todo tiempo y en todo lugar.

Por: Enrique Aquino Acosta

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