Sin doblar las rodillas

Por Manuel Hernández Villeta

La delincuencia no pondrá al país de rodillas. El. Presidente Luis Abinader ha señalado con claridad que se va a enfrentar a como dé lugar el fenómeno de la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones. También  formularon  señalamientos acordes los dirigentes de los principales partidos.

Hay que modernizar los programas de detección del crimen, para hacerlo más efectivo ante delincuentes motorizados y que en muchos casos saben manejar las redes electrónicas. Se imponen hoy cuerpos de investigación con tecnología del siglo 21.

Pero en la praxis, no son  los investigadores que han fallado, sino que al delito se le trató durante mucho tiempo como algo secundario, que no pasaba de ladrones de cartera, o una pandilla de jóvenes desalmados de los barrios. Hoy se ha diversificado, y atormenta tanto a la ciudad, con sus  centros residenciales exclusivos, hasta a los campos remotos.

En ocasiones se siente el peso de que el delito va a doblar las rodillas de los dominicanos. Esta percepción se luce cuando la mayoría de  las casas hoy están dotadas de  cámaras y verjas especiales. Aparte de la pandemia y la reapertura, solo los bohemios salen  en la noche, o a caminar sin rumbos. Muchos ciudadanos temen hasta de su sombra.

Pero el país tiene las fuerzas suficientes para no caer de rodillas, aunque el temor sea colectivo. Las palabras del presidente Abinader son reconfortantes, y hacen renacer el optimismo y la esperanza de que se va a enfrentar la ola de violencia, ligada al narcotráfico, los atracos y las extorsiones.

Un camino que conduce al fracaso de cualquier plan para controlar la violencia criminal, es sencillamente pensar que con solo acciones policiales, revólver en mano, se van a solucionar las violaciones a las leyes. No es así. Ni la etapa de los intercambios de disparos, ni la incursión de los cirujanos, acabaron radicalmente con las pandillas.

Cierto es que redujeron la violencia en el tiempo de aplicación de la medicina de plomo, pero luego todo volvió a la terrible realidad. No puede controlarse la delincuencia sin programas sociales y reinserción a la sociedad de los jóvenes excluidos y desclasados.

El soldado del crimen es ese joven que en un barrio marginado está desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche parado en una esquina. Sin estudios, sin trabajo, con familia disfuncional, es una bomba de tiempo plagada de vicios y necesidades.

Por sus limitaciones, la única forma de él  poder conseguir dinero es con la pistola por encima de las costillas. Hay que trabajar con el hambre de los barrios para buscar correctivos  colectivos. El plomo es parte del tratamiento, pero el más importante tiene que ser caminar hacia el mejoramiento de las condiciones de vida  de los que tienen una existencia digna.  ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández Villeta

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