Semana Santa

Por Manuel Hernández Villeta lunes 29 de marzo, 2021

A Pleno Sol

La Semana Santa nos encuentra en medio de una gran crisis. Somos sacudidos por problemas de salud, la postración económica, el reflujo político, las instituciones que son de barro, la violencia descarnada que nos acogota, la corrupción siempre atenta y el acoso sexual.

Un país que no está a la deriva, pero si en medio de aguas tormentosas. La sociedad dividida por un proyecto de ley en torno a la legalización del aborto. Tema extemporáneo, traído por los cabellos y que es una punta de lanza de los principales organismos internacionales.

Antes que hablar de aborto, hay que tener preocupación por la desintegración de la familia. Hoy no existe, lo que los teóricos consideraban el núcleo básico de la sociedad. La familia ha sido suplantada por el peso, el dólar, el euro y el chapeo.

La excesiva cantidad de madres solteras, con una mayoría significativa de adolescente, indica a las claras y a la franca que hace tiempo la unidad familiar desapareció para dar paso a los hogares disfuncionales, que es el núcleo de creación de la mayoría de nuestros problemas sociales y personales.

Esta Semana Santa debe servir para una autentica meditación. Es dejar a un lado la etapa del ron y el amor libre en las playas. Ahora debe haber controles sanitarios, y una ley seca muy difícil de imponer. Aunque si debe haber prohibición de armas en los centros de diversión.

Y Cuando se habla de armas van las de fuego y las cortantes y punzantes, que la violencia se lleva a cabo con las dos. Pero hay que empoderarse de que la violencia no la genera el arma de fuego, sino las ideas obtusa del que la porta. Un arma puede ser utilizada para preservar vidas e integridad, pero también como un instrumento de muerte.

Una violencia totalmente ciega y sin formas. Lejos de los avatares de la lucha política, la misma se aureola en el atraco callejero, en los celos de las parejas y sobre todo en la prepotencia de una sociedad que no sabe de dónde viene, pero tampoco a dónde va. Nuestro Quo Badis tiene un rasgo de amargura, dolor, tristeza, y un dejo de esperanzas. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández Villeta

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