Se va Nadal y nace la deidad

Por Roberto Reynoso martes 12 de junio, 2018

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Cuando el talento, el espíritu y las manos se juntan, lo hacen para aquilatar las escalinatas del empíreo.
Lo único que queremos es que de cuando en vez baje a jugar una que otraz partida de tenis, aquí donde los terrícolas.
Ahí está tu irrefutable reinazo en tu trono de arena parisino.

Ahora el Sena ruye las rocas milenarias con furor, en la ciudad de las luces y las contiendas heróicas; la torre Eiffel se yergue en tu honor y desde el Museo del Luvre, la Gioconda nos deslumbra con su rostro angelical ante la alegría de tu gloria.

En tu despedida a la gloria humedeciste tu trono con tus lágrimas jarta de emociones interminables.
Solo nos sirvió para recordarnos que los grandes también lloran.

Príamo lloró ante el cadaver de Pratoclo en la ilíada; y Aquiles lloró en Troya ante el cadaver exánime de Héctor; César, cuyos nervios no se alteraron en el rubicón, también lloró en Alejandría cuando Teodotes se presentó ante él con la cabeza de Pompeyo en sus manos; y el arquitecto de lo hecho y de lo pendiente por hacer, lloró en el huerto de los olivos, ante el beso de Judas, más doloroso para él que el lanzaso de Longino.

Si Napoléon te encontrara en los campos Elíseos de pie, de seguro que te contemplaría absorto con su mechón entre cejos y su túnica Cesárea.
Si París bien vale una misa, también París y el mundo se inclinaría frente a tus 11 batallas invictas al costado de los campos Elíseos.

OH LALA

SALVE CESAR

SALVE RAFA NADAL

Por: Roberto Reynoso

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