Rótulos, cursitos, aranceles y espejitos (1 de 2)

Por Rodolfo R Pou

Cuando no sabes cómo corresponderle a alguien a quien le agradeces infinitamente o con quien sientes tener compromiso, lo mejor es fijarlo en palabras y por escrito, no en trances insensatos y vacíos que no trascienden ni están a la altura del acto que lo ha motivado.

 Pero para que ello sea noble y franco, es preciso que el receptor conozca su valor. Y que entienda el porqué del decoro. Solo así podrá reconocer si lo que está recibiendo está a la altura de lo que merece o si el gesto es uno obrado con el solo hecho de justificar que ha cumplido.

 

En noviembre del 2018 publiqué un artículo de opinión en los periódicos dominicanos, el cual luego fue reproducido en otros medios latinoamericanos, titulado: “El precio de todo y el valor de nada”. Allí, tomando las palabras de Oscar Wilde como ensayo de una conversación de luchas ideológicas, donde se burlaban de los valores convencionales y estereotípicos del hombre de su época y el doble código que la sociedad le aplicaba a la mujer (a quien se le visualizaba como una ciudadana de inferior categoría), noté la similitud de la época en la que fue escrito con la que actualmente agotamos. Una donde nuestras sociedades, a pesar de en momentos de lucidez, ser expertas del valor de las cosas, continuamente opta por el inestimable determinante de ver sentido en saber el precio de todo.

Traigo esa experiencia a colación porque paradójicamente en ese artículo y su título, acopio la misma “ligera” impresión que justo ahora estoy guardando en las cupulas sociales y las dirigencias políticas de República Dominicana, las cuales, por ignorancia o desidia, no terminan por valorar la diáspora dominicana en su justa dimensión. Veo que se nos cita siempre con cifras, nunca con calidades. “Que los dominicanos en el exterior son tantos y que envían tanto”. En sus acciones e interpretación de nuestro lugar en la sociedad y porvenir dominicano, es evidente que su visión es una más atenta a determinar el precio con el que pueden justificarse como cumplidos, que disponer del esfuerzo necesario para corresponder al valor que poseemos.

Los dominicanos residentes en el exterior han llegado a un punto donde el poder político y comercial alcanzado en las naciones donde radican, su potencial incidencia sobre las elecciones dominicanas futuras y los acreditados aportes económicos vía la remesa, lo colocan como el mayor y más influyente capital y recurso socioeconómico y hasta político, de la República Dominicana. Todo eso, sin aun estar plenamente incluido en los planes de desarrollo de la nación.

Por años utilicé el término “reserva”, cuando me refería a la viabilidad de los dominicanos en el exterior, pero desde el pasar de la pandemia, las diásporas, y en especial la nuestra, han pasado de ser un pasivo a un activo. Fundamentales para sus naciones de origen y sus planes de desarrollo.

Citar cifras actuales sobre concentración poblacional o fijar tendencias participativas o montos de remesas, resulta absurdo y tan solo serviría para fechar este escrito y limitar la relevancia del argumento, a lo que ya he establecido como el acto desconectado de las cupulas sociales, económicas y políticas del país dominicano. Las evidencias que confirman el impacto de las diásporas sobre sus naciones de origen van desde África hasta el Caribe, y trascienden los titulares de publicaciones de medios electrónicos y los estudios elaborados por técnicos de organismos internacionales. Por ello encuentro innecesario citar lo evidente. Lo que ya todos saben. Prefiero aludir a la falta de políticas públicas y privadas reales, las cuales han sido incapaces de visualizar la inclusión de los capitales de la diáspora por su valor e insisten en limitarlas a lo que consideran su precio.

La capacidad de impacto que el dominicano en el exterior pudiera tener sobre la realidad de su nación de origen es una tan latente, que más que ser vista como oportuna y digna de bienvenida, por cómo reaccionan y proponen los líderes y estamentos privados y públicos, parecería que la misma es un inconveniente.

Y utilizo ese término de “inconveniente” también de manera ligera, pero con un tono tajante. Durante décadas, las deudas y obligaciones contraídas por el país dominicano por vía de las desinteresadas contribuciones económicas y democráticas hechas por la diáspora dominicana, y las cuales debían ser liquidadas en el futuro que ya les llegó. Estas solo pueden ser resueltas y saldadas si ese pasivo es asumido como un activo real. Un beneficio o rendimiento presupuestable social, participativo y económicamente a favor del desarrollo de la nación dominicana. Y no el placebo que se nos está recetando.

Parecen ignorar el movimiento internacional que existe con el tema de las diásporas y la docena de estudios y proyectos de inclusión social, económica y política que se han forjado con las naciones en vía de desarrollo. Incluso, informes que se han elaborado juntamente con las mismas autoridades técnicas de Republica Dominicana a lo largo de la última década. Consultas, congresos y conferencias, estudios y propuestas, todos forjados con nuestros técnicos especializados en cooperación internacional y planificación, los cuales se encuentran frustrados, viendo que luego de laboriosas y creativas sesiones de trabajo durante años, para crear mecanismos y espacios de inserción e inclusión, mediante la innovación y la inversión, que estos se vean engavetados porque a primera vista no ofrecen elementos que puedan prestarse para ser utilizados de manera proselitista y política. Optando entonces, por lo típico. Y ahí el enfoque de este escrito.

Rodolfo R. Pou

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