Revolución de la hipocresía del político ejercitante al político profesionalizante

Por Jorge Eligio Mendez

“… Los que hacen revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas”.

La Psicología es de esencia filosófica. Lo demuestra David Ortiz Fargas en “Psicología de la Hipocresía”; la cual es digna de análisis especial en Ciencia Política cuando en la “real politik” el “político ejercitante”, no el “político profesionalizante”, se nutre del “fingimiento” para menoscabo con fina vulgaridad del más valioso pedestal del noble sentimiento.

Por qué un político tiene que ser hipócrita? Por qué su catálogo de credibilidad cada día cae en fragilidad ociosa? Qué conduce a que con frecuencia a que la hipocresía sea socialmente aceptada?

El político hipócrita no vive lo que predica porque padece “pseudología fantástica”; llegando incluso a creerse su propia mentira con “naturalidad pasmosa” sobre una mínima nimiedad.

El Psicólogo Juan Moisés de la Serna ha enfocado que que “el mitómano busca con sus engaños la aceptación de los demás”. “El mitómano no tiene un plan, no va buscando nada a medio o largo plazo más que la admiración inmediata. La clave para detectarles es descifrar la intencionalidad de sus bulos”.

Es tarea ardua de los especialistas de la Salud Mental determinar si la hipocresía y la mitomanía son trastornos curables, si son pasajeras, se solucionan con el reposo o con terapia cognitivo-conductual ante una persona con autoestima perturbada.

El político hipócrita, demagogo y mitómano termina su vida sólo, “rechazado por familiares y amigos que se cansan de su comportamiento”, si se hace cómplice de las enseñanzas del “Gran Impostor” estadounidense Ferdinand Demara.

El político hipócrita y mitómano se construye su propio infierno porque “se cree sus mentiras, inventa un mundo alternativo donde es el héroe, todos le quieren, y aborrece el mundo real, del que se aleja más y más cada día, hasta que se hace casi imposible regresar”.

“La personalidad del mentiroso compulsivo” es patológica; pero cuando la hipocresía se combina con el cinismo el engaño es simulación intencional; y si es vanidoso y presumido el político es “más malévolo y torcido”.

La batalla de las ideas no puede transgredir la norma que encierra la verdad, que está por encima de la razón.

“Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura siempre lo que un pueblo quiere”. José Martí.

La justicia social es algo tan profundo en su axioma que no debiera caer en los sesgos ni trasiegos de la mentira porque “el fin no justifica los medios”. La demagogia es el arte de gobernar con “mediocridad filosófica”.

Lo advierte Abraham Lincoln al proclamar que “… los poderes del dinero están sobre la Nación en tiempos de paz y conspiran contra ella en tiempos de adversidad. Es más despótico que la monarquía, más insolente que la autocracia, más egoísta que la burocracia”.

Don Alfonso J. Palacios Echeverría lo sintetiza: “El cinismo, la hipocresía, la desvergüenza, la desfachatez, el descaro, la impudicia son los ingredientes corrosivos en el accionar político y son parte de la escuela filosófica socrática. Cuando el cinismo se junta con la corrupción. Entonces el deterioro afecta el cuerpo y el alma de la República”. “Todo puede defenderse en democracia, pero con sinceridad y honestamente. No con engaños ni imposiciones, de ‘iure’ o de ‘facto’. No atribuyéndose la representación de todos, cuando sólo se cuenta con la de una parte, dividiendo así a una sociedad plural. Esto contradice el principio democrático de la buena fe y el respeto al otro. El mismo fundamento de la convivencia”.

Por Jorge Eligio Méndez

Comenta

Apple Store Google Play
Continuar