Retrato para los que no llegaron…

Por María Palitachi lunes 28 de septiembre, 2020

Desde la ventana de mi patio en busca de sal y yodo llegan en caravana los matices de sombreros, trajes de goma y lycra; el estilo hilo dental en cuerpos de las Barbie dejan las vitrinas de los malls desoladas. Los pregoneros se pelean por vender sus mercancías.

Es otoño en el Norte y las hojas caen de los arboles en los abrigos de los transeúntes. Las ardillas trepan las ramas desnudando su hábitat y en medio del llanto un camión de bomberos y una ambulancia cruza Central Park sin frenar.

Aparentemente en el caribe la única corona en mente es una chela ceniza mientras que en el norte la corona es la plaga de un virus plasmado en la mueca oculta de una mascarilla.

 

El presidente dominicano decreta que los turistas enfermos de la corona les cubrirán la estadía del hospital e insumos; el ministerio de turismo vela el descuento de los hoteles que lloran su retorno. Y que van a decretar por los nieto de Mamá Tingo o los que nacieron antes de matar a Trujillo.

Esos sin seguro medico y con remesas reducidas ¿Quién los cubre? Ellos pagan más impuestos al año que una estadía de un turista que llega a una empresa privada por una semana. Y cual es el plan para las compañías de seguro que sacan a los de la cuarta edad. Este péndulo huele a quebrado. Veremos cuantos se atreven a llegar.

El sol marca las 12:00 sin una nube que lo ampare. El sonido del mar pelea perdido entre reggaetón, bachata y un bum-bum no identificado.

El observatorio plagado de aromas de Hookah, cigarro, lociones de coco, papaya y un perfume de jazmín se juegan en la brisa marina; comen y beben entre arena y sal mientras los del norte velan los números de los infectados soñando estar en este paraíso lleno de cocoteros y mariscos frescos.

 

Termine vía Whatsapp las vivencias de este retrato donde se toca el mercado del mundo.

El hielo derretido, las botellas llenas de aire y los platos de cartón acompañan a los basureros al final del día. Hasta el sol se fue.

El espacio es de los mosquitos. Ahora toca cerrar esta ventana. Lo demás como la muerte, siempre pendiente.

 

 

Por María Palitachi

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