Restauremos la República rindiendo cuentas

Por Luis Vargas viernes 18 de agosto, 2017

Es emocionante conocer en detalle los acontecimientos que precedieron los recién celebrados 154 años de la restauración de la República Dominicana. Pues a pesar de que transcurrió un siglo y medio, vemos que la historia honra uno de sus principales criterios, y se repite.

Basta con rebuscar los anales de nuestros historiadores para darnos cuenta del flaco servicio que dominicanos han hecho a la patria, poseídos de ambición desequilibrada y de un interés personal desmesurado. Son esos, cabalmente, los intereses que sumergen a la clase política dominicana, en una generalizada crisis de descredito que, como joven, me llama a preocupación.

El perjurio de Santana coexiste entre nosotros cuando se debilita la municipalidad y no se rinden cuentas claras, de cómo se maneja el dinero de los contribuyentes. De igual manera, conspiran los llamados a legislar que parasitan sus curules, negándole la oportunidad al relevo y la evolución que representa.

Afortunadamente, los pueblos han despertado, siendo Venezuela un cercano referente, de que las prácticas antidemocráticas finalmente convulsionan, evidenciando que las formas actuales no son las de 1863, pero que el fondo no ha dejado de ser el mismo, la libertad.

Las sociedades se están empoderando, forzando la transición a una ciudadanización de la política que persigue entre otras, la vigilancia de los actores públicos, la priorización de las necesidades comunitarias en los planes de gobierno y las ejecutorias transparentes de los presupuestos.

Necesitamos nuevos marcos legales, que penalicen la no rendición de cuentas y por consecuencia ordenen “Ratificación de Mandato”, mecanismo democrático que funciona como palanca para fortalecer el escrutinio de la población sobre sus representantes populares.

Suiza, Estados Unidos, Canadá, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y México son referentes de esta práctica y bien pudiésemos tomar lo mejor de su experiencia y aplicarlo en la tierra de Gregorio Luperón y Santiago Rodríguez.

Twain afirma: “La historia no se repite, pero rima”, nuestro grito de capotillo es el relevo político.

 

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