República Dominicana, un pueblo enano con voluntad gigante

Por Camila García Durán jueves 14 de mayo, 2020

Por: Camila García Durán
Publicado en: Revista Región Humanista, edición: “Protestas sociales”

EL NUEVO DIARIO; SANTO DOMINGO.- Cuentan los abuelos que solo después de la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo en 1961, cuando el pueblo opreso le dio rienda suelta a su dolor y se lanzó a las calles sin miedo a la muerte, la República Dominicana contempló un despertar social similar al que se vivió este febrero, en que miles de Quisqueyanos hastiados de un sistema inservible, florecieron con la “Primavera Panamericana”.

Hacía décadas que ya primaba no solo el desencanto, el cansancio, ni una respuesta a la inevitable fatiga de materiales que conlleva la vida, o la abulia por la tardanza de los cambios, más bien, empezó a prevalecer en la ciudadanía el hartazgo del desasosiego.

Los indicios del disgusto se empezaron a evidenciar allá por el 2012, durante estas protestas y bajo un sol candente, el color amarillo se impuso en la prensa escrita, las calles y los centros educativos, en reclamo de que el gobierno presidido por Danilo Medina aprobara el presupuesto de un 4% para la Educación, como manda Dios y establece la Ley 66-97.

Las agresiones de la Policía Nacional contra los huelguistas no fueron en vano, tras forcejeos y empujones en reclamo de una educación digna, un año más tarde, en 2013, el Consejo de Ministros aprobó un presupuesto por un monto de RD$516,799 millones, destinando RD$99,600 millones para Educación, lo que representa el 4% del Producto Interno Bruto (PIB).

En 2017 el amarillo cambió de tono con las grandes ‘marchas verdes’, una oleada de protestas contra la corrupción, desatadas con el destape del caso Odebrecht, que salpicó a varios políticos dominicanos, sin que, como de costumbre y hasta el sol de hoy, hayan sido condenados.

Pero no fue hasta el pasado 16 de febrero cuando vino el descalabro: a tres horas de iniciados los comicios municipales, la Junta Central Electoral (JCE) suspendió el proceso alegando “problemas técnicos en el sistema del voto automatizado”, cosa que ya había sido advertida por varios líderes de oposición, meses antes.

Al lunes siguiente, los dominicanos despertaron con la resaca electoral de una fiesta que no fue, del mal sueño de saber que le habían arrebatado el instrumento de soberanía más poderoso que pudiese tener un ciudadano y, con ello, el último ápice de voluntad democrática que le quedaba.

Difícil no adoptar una posición cínica ante el reiterativo espectáculo de mala calaña de las elecciones criollas, imperio de la ley y separación de poderes, tres pilares pensados para garantizar el equilibrio de un sistema en tensión constante en Latinoamérica.

Mas lo ocurrido aquel domingo en la media isla no tuvo precedente en los anales de la inmoralidad, cuando el órgano electoral anunció la suspensión de unos comicios que dejaron cerca de 7,5 millones de electores perplejos en las filas, o con el dedo pintado de una tinta indeleble que se convirtió, más bien, en una mancha de ignominia.

De ahí que la juventud, que erróneamente los mismos abuelos tildaban de “indiferentes y sin ideales”; que creían aletargada por el opio de la modernidad y el buen vivir entre placeres y costumbres extrañas, de repente se envalentonara contra la injusticia y a favor de los intereses patrios.

Lo que inició con ocho personas sentadas frente a la Junta en la capital, terminó con miles y miles de manifestantes en el país completo y en todos los rincones del planeta donde existiese un dominicano en cuyo interior bullera la llama del sentimiento patrio; esos que dijeron presente con su inherente jolgorio, estremeciendo al pueblo, al Gobierno y al mundo.

El desasosiego, pero al mismo tiempo la fe en el porvenir, no solo se vio reflejado en arengas, en cacerolazos y pancartas en las principales plazas, también en la avalancha de memes que, además de ponerle humor y sátira a la tragedia democrática, llevaron una cuota de reflexión.

La Plaza de la Bandera en la capital había sido escenario de grandes conquistas, pero probablemente no de una más hermosa que esta reivindicación que no esgrimió la violencia, ni permitió que los avivatos de la clase política de siempre empañaran su verdadero sentir.

Ellos solos, gente joven, pensante, de todos los niveles, demostraron como Mahatma Gandhi que se puede cuando se tiene la voluntad; cuando lo motiva una causa justa que no promueve desórdenes ni muertes, logrando marcar, desde este pobre pueblo enano, un hito en la historia del mundo.

Los hijos aprendieron de sus padres

Empezando por el principio y de vuelta al fin de la tiranía, hace 59 en la calle El Conde, con los famosos policías “Cascos Blancos” montados a caballo pateando a los que protestaban, el parque Independencia y la calle Espaillat en la Ciudad Colonial fueron testigos de la valentía de un pueblo que, a sabiendas de que era carne de cañón, seguía adelante exigiendo la libertad.

En aquella protesta murieron diez estudiantes y más de cincuenta resultaron heridos, tan solo por reclamar el derecho de ser, ese que habían perdido por treinta y un años o que, ni siquiera habían disfrutado en sus cortas vidas.

“Recuerdo la huelga que promovió el sindicato de choferes Unachosin”, cuenta la abuela. “Y que, pese a la represión de la maquinaria trujillista, con las consabidas muertes, apresamientos, y torturas bestiales, al final fue una de las armas contundentes para la salida de los Trujillo”.

Asimismo, la Unión Cívica Nacional (UCN), el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el Movimiento 14 de Junio (1J4) y demás organizaciones políticas junto al pueblo enardecido, todos a una, oyeron el llamado a huelga y la ejecutaron, cuando el Dr. Viriato Fiallo, pronunció su último “¡basta ya! exigiendo la expulsión del fiel servidor del régimen, Joaquín Balaguer.

Durante diez días el país se paralizó totalmente y este grito memorable, provocó su huida del país, pues luego de refugiarse en la Nunciatura Apostólica, el exmandatario tuvo que salir hacia el exilio el 8 de marzo de 1962.

Un año más tarde y a la caída del gobierno del Presidente Juan Bosch, en 1963, un Triunvirato compuesto por Emilio de los Santos. Ramón Tapia Espinal y Manuel Enrique Tavares tomó el mando de la República.

Con esto, el sublevamiento de Manolo Tavárez Justo, Fidelio Despradel, Pipe Faxas, “Piki” Lora, la única mujer de los combatientes y un grupo más de valientes que subieron a Las Manaclas en demanda de la reposición del gobierno legalmente constituido.

De estos jóvenes, la mayoría fueron capturados vivos y luego asesinados, provocando la renuncia del Presidente del Triunvirato (de los Santos), quien fue sustituido por Donald Reid Cabral, inefable personaje que para algunos fue un señor y para otros, un aprovechado del poder.

1965.- A luchar soldados valientes, que empezó la Revolución

La vida continuó, pero el caos, la improvisación y el descontento de un pueblo que no aceptaba ni se conformaba con el gobierno de facto desembocó en la Revolución de Abril de 1965, como protesta al golpe de estado orquestado por los militares junto a la élite dominicana y la Iglesia, en connivencia con los gringos.

Francisco Alberto Caamaño Deñó, aquel que junto a los Cascos Blancos, había dejado profundas huellas de dolor y crueldad en la calle El Conde y después en Palma Sola, donde fue asesinado su General Miguel Rodríguez Reyes, nació de esa penuria.

La leyenda, “el Coronel de Abril”, encabezó el Gobierno Constitucionalista, alabado y recordado por su intransigencia ante los yanquis invasores y su arrojo, para llevar la Revolución al plano de dignidad con que se terminó, junto a otro hombres que con su arrojo y decisión escribieron las más importantes páginas de la historia dominicana.
“Recuerdo la madrugada, después del 24 de abril, cuando Rafael Estévez, nuestro vecino revolucionario, llamó y pidió un alicate para reparar un ametralladora 50 atascada”, continúa la abuela.

Y es que en esta Revolución, los militares jóvenes, encabezados por el coronel Rafael Fernández Domínguez, tomaron la histórica decisión de distribuir armas entre la población civil, miembros de los Partidos de Izquierda y del Partido Revolucionario Dominicano; así se alinearon los llamados comandos, forma de organización militar, propia de las guerrillas urbanas.

Mientras que del otro lado de las Fuerzas Armadas, y la Base de San Isidro surgió la “Operación Limpieza” en la que los aviones de la Fuerza Aérea ametrallaban el Puente Duarte y los tanques de Wessin disparaban a los revolucionarios y éstos, a su vez, respondían sin tregua, enfrentándose como David a Goliat, en una batalla en la que los tanques retrocedieron desmoralizados.

Toda la dotación militar de la Fortaleza Ozama huyó, se tiraban sin uniforme y cruzaban a nado el río, descalzos y desnudos; este Fuerte, que desde la Colonia fue cárcel de opresión y que en su llamada Torre del Homenaje hizo prisionero al general haitiano Toussaint L’Ouverture, y otros opositores a la tiranía, se quedó sin custodias militares, ni presos.

Tanques y armas largas contra piedras y corazón

El 28 de abril de 1965 llegaron los Marines gringos disfrazados de Fuerza Interamericana de Paz (FIP) y otra vez, la bota del soldado extranjero, mancilló nuestro suelo, apoyando al “Gobierno de Reconstrucción”, presidido por Antonio Imbert Barreras.

Nos invadieron sus tanques y cañones enormes, cerraron las calles con alambres de púas; crearon un corredor en el que los locales tenían que sufrir el vejamen de ser requisados por la llamada FIP, que nunca pudo avasallar nuestro deseo de ser, nosotros.

“Noches largas y apasionantes discutiendo el destino del país en compañía de amigos que, al igual que nosotros, no tenían ni experiencia política, ni cultura de revolución, solo el deseo de salir adelante y la osadía del dominicano, de creernos expertos en todo”, sigue la abuela.

Muertos de un lado y de otro, una cifra que jamás se sabrá, pues los cadáveres, eran quemados al no poder ser enterrados y era tal el caos con dos gobiernos y una ciudad dividida, que no hubo cuantificación ni un registro organizado de esos fallecimientos.

Después de ingentes batallas, y horribles meses de escasez y penurias, aunque el poderío de la fuerza Yankee inclinó la balanza en contra de los combatientes criollos, se dio por terminado el conflicto bélico y se llegó a un acuerdo sin vencidos ni vencedores.

Lo único que prevaleció fue la dignidad que enfrentó a los foráneos a “mano pelá”, con el valor y coraje de los constitucionalistas junto al pueblo que clamó y defendió su derecho a escoger sin claudicar.

Y es su escudo invencible: el derecho; y es su lema: ser libre o morir.

En su memoria histórica, la abuela recuerda muchas huelgas, como “La Poblada del 84”, una serie de protestas durante el gobierno de Salvador Jorge Blanco del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), ante los altos precios de los alimentos de primera necesidad, la corrupción política imperante, la devaluación del peso dominicano y la firma de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

“Me conmovió tanto que escribí un poema”, dice desde su mecedora entre risas y lágrimas.

Aquellas manifestaciones, todas sangrientas, desordenadas con la consabida muerte de “Juan Pueblo”, que siempre termina pagando las consecuencias del impulso juvenil y su fe ciega, en el mandato de los políticos taimados, que se quedan en sus casas mientras mueven los hilos de muertes para los participantes de mentes febriles que se lanzan con el corazón, esgrimiendo como estandarte, a la Patria.

Pero de todas, “Siete Días Con el Pueblo”, fue la protesta más similar a la que vivimos en febrero, durante el segundo mandato de Balaguer.

En 1974 un grupo de inquietos jóvenes decidieron organizar un espectáculo que trajera a estas tierras lo que se cantaba en otras latitudes y lo que se conformaba como un movimiento que tuvo carácter político y luego se convirtió en un estilo o manera de abordar la música: la Nueva Canción.

Los niveles de represión en la República Dominicana, era fuertes y las persecuciones de corte político estaban a la orden del día. En América del sur había un clima de insurrección urbana que luego dio paso a las dictaduras militares que originaron esos grandes éxodos de la década del 70 en países como Argentina, Uruguay, Chile y Brasil.

Esas circunstancias hicieron posible que muchos cantantes y artistas desarrollarán la nueva canción o canción protesta, como se conocía dicho fenómeno artístico y social.

Lo que nunca se hubiese imaginado la abuela es que 46 años más tarde, miles de dominicanos se vestirían de negro el día de la Independencia en señal de duelo por la democracia.

Al tiempo que el presidente, Danilo Medina balbuceaba su último discurso de rendición de cuentas, desde tempranas horas de la mañana, los ciuda

danos, algunos procedentes de fuera de la capital, fueron arremolinándose en la Plaza de la Bandera de Santo Domingo para protestar en una especie de concierto que denominaron “Trabucazo 2020”, en alusión al disparo que dio inicio a la independencia dominicana en 1844.

Entregados a la causa, los asistentes aguantaron estoicamente durante horas el sol caribeño, y antes de que se pronunciaran decenas de discursos reivindicativos, se dejaron los pulmones haciendo sonar sus bocinas o coreando consignas como “Es pa’ fuera que van”, en referencia al nefasto gobie

rno de Medina, que está supuesto a terminar en mayo.

“Todos estos movimientos han sido justos, pero la mayoría de las veces es excesivo el costo y sólo se queda en protesta, sin resultados reales que satisfagan las demandas que se pretenden”, concluye la abuela mirando a la nada.

Y es que en República Dominicana los gobiernos siempre ha hecho caso omiso a la voluntad popular, simplemente esperan que la marea baje o que, como en este caso, la suerte les caiga encima y llegue una pandemia que apacigüe a un pueblo que sigue pregonando su gloria inmortal.

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