Relación entre machismo y lengua

Por José Santana Guzmán

“No estoy aceptando las cosas que

no puedo cambiar, estoy cambiando

las cosas que no puedo aceptar.”

(Angela Davis)

Por demás es alto sabido que el machismo no es un fenómeno nuevo en las sociedades. Sin embargo, hay que reconocer –siendo honestos– que, aunque este mal continúa latente en la sociedad actual, de alguna manera hemos ido avanzando a través de los tiempos. El concepto machismo pertenece al masculino y se refiere a la actitud o forma de pensar que poseen quienes se apoyan en la falsa premisa de que, por naturaleza, el hombre es superior a la mujer; sin embargo, este tipo de pensamiento lo que hace es confundir los roles entre un sexo y otro. Asimismo, cabe señalar que, aunque resulte paradójico, esta forma de pensar también se presenta en muchas mujeres; es lo que en teoría del discurso se denomina alienación, lo cual se refuerza por medio a la publicidad, los medios de comunicación, las redes sociales, la “música” urbana, entre otros factores exógenos que inciden de manera directa e indirecta en la conducta humana.

Sin embargo, el machismo, a su vez, se manifiesta también por medio de la lengua de forma directa –la lengua lo permea todo– ocasionando que se imponga un lenguaje marcado por esa falsa premisa que establece que el hombre es superior a la mujer, como ya señalé anteriormente. En consecuencia, vamos a mostrar en esta ocasión cómo la falta de conocimientos gramaticales empuja a la comunidad hablante a hacer uso de manera inconsciente, si se quiere, del llamado lenguaje machista.

Para hacer mucho más comprensible mis argumentos, procederé al uso de la paremia (refrán) como una forma más llana y sencilla a la vez de hacer digerible y comprensible esta postura. En consecuencia, vamos a utilizar como modelo un refrán que resulta archiconocido por la inmensa mayoría de las personas de habla hispana, este proverbio establece que:

“Al que madruga, Dios lo ayuda”

No resulta en modo alguno una condición sine qua non ser una o un lingüista, ni mucho menos, para saber que en este discurso subyace una amplia carga machista, que soslaya gramaticalmente de plano la existencia misma de la mujer. Por tanto, este manido adagio desde su inicio hasta su final alude de manera directa al sexo masculino como ente social, veamos:

AL”, aquí funge como artículo contracto (y pronombre personal a la vez), es decir, que su formación es el resultado de la preposición A y el artículo EL (por ley de la economía y el menor esfuerzo), de manera que resulta sencillo y práctico comprender que este pronombre siempre indica masculino dentro de cualquier oración o enunciado. Por otro lado, tenemos la palabra “LO” que también funge como pronombre masculino en este enunciado.

Sin embargo, al realizarle un análisis estructural a nuestro ejemplo, obtendremos como resultado un cierto equilibrio en cuanto al género, el cual se podría catalogar, sin exagerar de cuasiperfecto, veamos:

A quien madruga, Dios le ayuda

En este segundo caso vemos a simple vista cómo se produce un cambio extraordinario al alterar los dos pronombres que componen este discurso, aunque se advierte que esta alteración no cambia en modo alguno el contenido del mensaje, ni el acto de habla (intención) del mismo. Por tanto, en este asunto, la preposición “A” que antecede al pronombre relativo “quien” equilibra el significado en cuanto que comprende, tanto al género femenino como al masculino; función que lo convierte en elemento neutro. Asimismo, en lo que respecta al pronombre personal “LE” que preside al verboide “ayuda” se produce aquí el mismo efecto que en el anterior.

En definitiva, conocer más a profundidad sobre las categorías gramaticales y sus funciones dentro de la oración o enunciados es lo más importante para mejorar, no solo el dominio de las reglas gramaticales, sino, además, que se puede lograr disminuir parcial o totalmente a futuro el machismo expresado a través del uso de la lengua tanto en el aspecto oral como en la escritura.

Por José Santana-Guzmán

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