Reflexiones Semana Santa

Por Manuel Hernández Villeta viernes 7 de abril, 2017

La próxima llegada de la Semana Santa es un buen momento de reflexión. Al correr de los años esos siete días han dejado de ser fundamentalmente religiosos, para terminar siendo utilizados para la venta de ron y sexo.

Pero la semana dedicada a rememorar la vida, pasión y muerte de Jesucristo tiene que servir de reflexión, sobre todo para los que se sitúan de espaldas a los intereses de la gran mayoría.

Estamos en un país que luce acorralado, no por el destemple verbal de políticos oportunistas, sino por la exclusión social, la falta de oportunidades para los jóvenes que ya están en capacidad de trabajar y de ir tomando su posición en la lucha por la vida.

Las nuevas generaciones tienen el futuro castrado porque en su gran mayoría no tienen oportunidad de adelantar estudios universitarios o técnicos, y se quedan a mitad del camino haciendo lo que aparezca. Eso les condena a que siempre serán marginados. Punta de lanza en hecatombes sociales de las cuales solo forman parte cuando se trata de contar los cadáveres, o identificar a los presos.

Hay una sociedad de grandes desigualdades sociales, donde la ley del embudo es cada día más firme, con unos cuantos que atesoran toda la riqueza nacional, mientras una gran mayoría carece de recursos para poder desayunar al comenzar el día.

Hace tiempo que la tierra no es del que la trabaja, el campesino pasó a ser un paria en la gran ciudad, llenando los tugurios de miseria y siendo el soldado del micro-tráfico de drogas, de las pandillas y del crimen que atormenta a la sociedad. Hay que hacer un alto en el camino, para poder seguir el trillo. La situación de exclusión social y de marginalidad es asfixiante, y en su modorra las masas la aceptan.

La Semana Santa debe servir para la reflexión sincera de los que lo tienen todo, sea bien o mal habido. No es la meditación de darse golpes en el pecho, sino de dejar pasar agua por el grifo, de aflojar la cuerda, de dar aire a los que ahora mismo están con la guillotina en la cabeza.

Sin un programa de mejoramiento social seremos una sociedad fallida, donde la juventud terminará como soldado del crimen, con la muerte o la cárcel como punto final de sus andanzas. Para poder tener un país libre y democrático, primero hay que acabar con las injusticias sociales y esa violencia lacerante que es la miseria absoluta.

La paz se escribe con sacrificios, con amor, con ayuda al prójimo, con consenso y con realidades. Cuando la paz falla, todos caemos y sufrimos en la larga noche de la barbarie. Hoy los dominicanos podemos evitar dar un paso al despeñadero, pero se necesita limpieza de corazón y conciencia de sus dirigentes. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

 

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