Reflexiones en campaña #13 Las dos Repúblicas

Por JOSÉ FRANCISCO PEÑA GUABA miércoles 20 de enero, 2021

Solo los políticos y uno que otro acucioso turista que visita nuestro país se da cuenta qué hay dos Repúblicas Dominicana, dicho así por los contrastes de nuestra realidad. Basta mirar con atención para reconocer de inmediato las profundas desigualdades sociales y económicas que hacen la diferencia. Es suficiente con andar por las avenidas Lincoln o Churchill y después, visitar cualquier municipio de la lejana Región sur. Eso les hará entender que estamos en dos países totalmente diferentes.

No ha valido el crecimiento anual del país, sostenido por décadas por encima de un 4% del PIB, para que el progreso nos llegue a todos de igual manera. Las taras que ha producido tanta inequidad social han creado una franja amplísima entre el 15% de ricos, un 43% que se dice ser de clase media y un 42% que se mantiene en pobreza.

No hay forma de avanzar en un crecimiento sostenible e inclusivo mientras no se produzca una transformación productiva, que fortalezca la generación de empleos de calidad a través de la transformación tecnológica.

Tenemos un país con grandes desigualdades, con una falta real de protección social, con una elevadísima informalidad laboral donde permanece una estructura productiva baja y heterogénea.

No ha valido tener un PIB de 80 mil millones de dólares y un ingreso per cápita de 8 mil dólares al año. Esas estadísticas no se sienten en los bolsillos de una nación de 10 millones 700 mil habitantes. Lo que sí sentimos es la inmensa deuda que tenemos y pagamos todos, que alcanza hoy un 55% del PIB nuestro, y digo que lo sentimos por los altos impuestos que pagamos en los combustibles y en ITBIS, que es de donde se sacan los recursos para pagar los servicios de la deuda externa.

Para colmo de males nos llegó en el 2020 la pandemia del Covid 19, que contrajo las economías de la Región en -7.7%, en la peor crisis económica, social y productiva de los últimos 120 años, generada por las políticas de confinamiento, distanciamiento físico y cierre de actividades productivas, lo que aquí se está traduciendo en una pérdida masiva del empleo, de los magros ahorros familiares, del aumento de la desnutrición `y del endeudamiento en la mayoría de los hogares dominicanos.

Los números hablan de la dura realidad nuestra. Según Latino Barómetro, solo a un 38% de los dominicanos le alcanzan sus ingresos, a un 60% no les da para vivir y, de estos, un 42% no tiene suficiente comida. Tenemos un déficit habitacional de más 900 mil casas y el 20% de nuestra población come gracias a las remesas, que básicamente envía nuestra diáspora a sus familiares.

Los gastos promedios de un hogar dominicano rondan los 30 mil pesos y el promedio salarial del Estado solo llega a 20 mil. Según la última Encuesta Nacional de Gastos e Ingresos de los Hogares, los dominicanos gastábamos el 22% de nuestros ingresos en alimentos, el 15% en transporte, el 12% en alojamiento y servicios del hogar, un 11% en hoteles y restaurantes, un 10% en bienes y servicios personales, un 8% en salud, y un 5% en educación y el mismo porcentaje en prendas de vestir, bebidas y tabacos, en mobiliario y en comunicaciones.

Nuestras profundas inequidades tienen también un componente racial, que ha influido sustancialmente en la idiosincrasia de nuestro pueblo. Somos un país de mulatos (73%) y negros (11%), pero el 70% cuando menos de la riqueza nacional la detentan el 16% de blancos que tiene nuestra patria.

Es cierto que existe un gran emprendurismo nacional, que, sumado a la potencialidad turística de nuestra tierra, está convirtiendo a esta media isla en el Singapur del Caribe, pero de qué nos valen todas esas estadísticas de crecimiento si al mismo tiempo aumenta cada día más la brecha que separa a los ricos de la clase media, y no decir de los que subsisten en la más abyecta pobreza.

Es que tenemos una República donde la gente vive en marginalidad, sin el consumo de calorías suficientes para gozar de una buena salud, sin agua potable, con pisos de tierra o de cemento, con letrinas, en hacinamiento y subsisten el día a día por “la gracia de Dios”.

No tienen ni una bicicleta, ante cualquier percance médico solo pueden asistir a los hospitales públicos y lo único que les aliviana la carga es recibir algún tipo de asistencia de los programas del gobierno.

Esa es la República de más de 2 millones de trabajadores informales o las más de 500 mil dominicanas que son o trabajadoras sexuales o chapiadoras, muchas de ellas hasta menores de edad según estudios realizados por el Centro de Orientación e Investigación Integral (COIN).

Los que nacieron sin abolengo han tenido que buscar cómo tratar de no ser parte de esa “República del Hambre”, en la que todavía permanece la mayoría de nuestro sufrido pueblo.

Cómo es tan difícil salir del círculo de la miseria, muchos han tenido que ingeniárselas para salir de ella y ahí están más de 150 mil dominicanas que ejercen la prostitución  en el exterior, colocándonos cómo uno de los países con mayor exportación de trabajadoras sexuales del mundo, o los más de mil grupos musicales que al son de diferentes ritmos se abren camino para ganarse la vida, y ¿por qué no?, la suerte de haber tenido más de 800 peloteros dominicanos o descendientes en las grandes ligas, que han salido de la trampa de la pobreza, invirtiendo en su país y ayudando sus comunidades.

Mientras, hay otra República del lujo y el boato que hace confundir a miles de ciudadanos del país en que vivimos. Son los del 15 %, que en oropel y pompa les restriegan su abundancia a sus humildes compatriotas, esa afición a lo mejor, a las marcas, a lo más caro, a lo exótico es su tinte distintivo. En casa de potentados he visto baños que son un insulto al pueblo, porque cuestan más que una casa; carros súper lujosos, que cuestan más que todas las casas de una comunidad.

En esa república hay apartamentos de cientos y mansiones de miles de metros, villas que no tienen que envidiarle a las mejores del mundo. Es que en este paisito nuestro hay más de 3 mil vehículos con un precio que oscila entre 160 mil hasta 1,300,000 dólares, estamos hablando de Rolls Royce, Porsche Carrera, Aston Martin, Lamborghini y hasta Enzo Ferrari, entre otras marcas de súper lujo.

Todas las tiendas y franquicias de lujo están aquí y es porque hay clientes. No hablemos de aviones y helicópteros privados, que se cuentan por cientos. Es por ello que el empresariado dominicano es el más poderoso de Centroamérica y el Caribe, por lo cual la “Revista Forbes”, edición mexicana, informa que, de los 25 individuos más ricos de la Región, 8 son dominicanos.

Nuestros excéntricos restaurantes, hoteles y casas que vemos muchos de ellos que poseen nuestra oligarquía en La Romana, Punta Cana y en Samaná nos hace parecer que estamos en New Jersey y no en una isla del Caribe.

Los que no salen del Centro de la Ciudad se llegan a creer de verdad que esa es la República Dominicana, y no se dan ni por enterados de que tenemos comunidades en el interior que nos ubican en cualquier país pobre de África, donde la miseria y el olvido es total, donde no hay de nada, donde ni las señales de celulares ni de la televisión entran, como es el caso del Distrito Municipal José Francisco Peña Gómez, en la Provincia de Pedernales.

Somos “dos repúblicas” enclavadas dentro de 2/3 parte de esta isla, ocupando ambas estos 48 mil Kilómetros: una en la que parece que estamos en Haití, donde campea la miseria extrema, y otra en la que creemos estar en un “New York chiquito.”

Esperamos que algún día, en el futuro, deseando que sea pronto, el Estado y los sectores dominantes se sienten a buscar solución a la problemática de la desigualdad, la pobreza y la exclusión persistente en nuestro país, poniendo énfasis en ir en ayuda de los grupos más vulnerables, reconociendo sus luchas, sus formas de vida y sus formas de resistencia. Esta “cohabitación de la inequidad” de estas dos repúblicas terminara el día en que una de las mismas, la de la mayoría se hastíen de hambre y miseria y salgan obligados a la conquista de la otra, ¡¡no importándoles, sacrificios, consecuencias ni sangre!!

Por: José Francisco Peña Guaba

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