Recuerdos de Abril

Por Manuel Hernández Villeta lunes 24 de abril, 2017

A los 52 años solo quedan los recuerdos de una revolución inconclusa. La revolución fue un gesto heroico, pero fracasó en lo político y militar. No consiguió sus objetivos de institucionalizar el país. Valió la pena tomar las armas en defensa de la democracia, pero se tiene que reconocer que no hubo avances después que sonaron los cañonazos. Todo se esfumó con la humareda generada por el tronar de las metralletas.

La Guerra Patria del 1965 es un accionar de esencial importancia en nuestra historia. Se puede escribir que las tres gestas que edificaron el pedestal del patriotismo dominicano son la Independencia, la Restauración y la Guerra y ese abril distinto y distante. Los tres tienen puntos de coincidencia en el heroísmo, en las travesuras de las coyunturas sociales, y en que se quedaron sin conclusiones.

La lucha por la independencia logró echar a los haitianos, pero dio pie al gobierno de fuerza de Pedro Santana, que se inició fusilando a los Trinitarios y entregando la recién lograda soberanía a España.

Con la Restauración pasó casi lo mismo, se sacó a los españoles, pero fuerzas intestinas terminaron en guerras civiles regionales que posteriormente darían formación al gobierno de Lilis, uno de los más sangrientos dictadores que ha tenido el país.

Luego de la muerte de Trujillo se celebraron elecciones democráticas, que fueron ganadas por el profesor Juan Bosch. La respuesta de los perdedores fue el golpe de Estado que congeló el gobierno Constitucional, y tiró al fango las esperanzas de los dominicanos de vivir en paz.

Lo mejor de nuestra juventud se lanzó a las montañas, en una afiebrada concepción de la lucha popular que no pasó del sacrificio heroico y el abonar con sangre las escarpadas montañas de Quisqueya. La preparación de un golpe de Estado cívico-militar para el retorno a la constitucionalidad sin elecciones, nos lanzó a un baño en sangre.

La revolución no estaba planificada. Son los acontecimientos que tienen su punto central con la proclama de José Francisco Peña Gómez a que el pueblo se lance a las calles en defensa de los militares constitucionalistas, que da pie a un rompimiento sangriento de las fuerzas armadas, y a la creación de los comandos populares.

Pero con toda su heroicidad, la revolución quedó inconclusa, no pudo triunfar. La Constitución quedó hecha añicos. Los militares no volvieron a sus cuarteles. Fueron expulsados, muertos o exiliados, mientras que en lo político se dio el ascenso al poder del doctor Joaquín Balaguer, para su gobierno de fuerza de doce años.

Tenemos que meditar sobre la revolución. No tan solo que el patriotismo de los dominicanos se hizo manifiesto enfrentando a la intervención militar norteamericana, sino en rechazo ayer, hoy y mañana al golpe certero a la libertad y la democracia con una violación del orden constitucional .

Como se demostró en la Guerra Patria nadie tiene derecho de estrangular los principios fundamentales sobre los que se asienta el derecho a la vida de los dominicanos. La libertad, la independencia económica, el respeto a los derechos humanos, respeto a la Constitución y a las leyes son anhelos y conquistas fundamentales, que muchos creen poder violar cuando les venga en gana.

Pero el derecho del pueblo a tener una Constitución e instituciones fuertes, llevó a miles de dominicanos a empuñar las armas, para derrotar a un gobierno despótico, y luego enfrentar a 42 mil marines norteamericanos. Es parte de nuestra historia, pero también tiempo de nuestro presente y de nuestro futuro. Mientras haya un dominicano en pie, siempre habrá un patriota que esté dispuesto a luchar por la libertad, la independencia y la soberanía. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

 

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