Reciclajes del pasado

Por Carlos Martínez Márquez lunes 16 de septiembre, 2019

‘’El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado’’.- William Faulkner.

Caminando por las calles adoquinadas del Conde, paso justamente por el otrora local ‘helados imperial’, lugar donde de vez en cuando, mi madre solía llevarme a merendarlo, con mi hermana menor; eran tiempos donde las calles transitaban en doble direcciones. El Conde, fue la de mayor concentración de pedestres, que iban a realizar sus compras y de paso, acudían a la recreación, a la ciudad colonial. El parque frente a la catedral, nos remonta al viejo mundo, todo aquello me transportaba a un ‘’pedacito’’ de Europa en miniaturas. Ese tipo de arquitectura podemos notarla, en otro litoral caribeño, como Puerto Rico, por allá, por el ‘’viejo San Juan’’ y Cuba probablemente. De ahí, que tenemos, los mismos rasgos culturales y culinarios.

Aquellas imágenes, que guardo en mis recuerdos, tienen enormes contrastes con lo de hoy; el puritanismo de la época, se vestía de faldas largas y escotes que cubrían con discreción lo bien dotada que eran las damas. No había espacio para el doble sentido, apenas se abría una brecha a la imaginación. […] el party-watch (‘’pariguayo’’) era muy abundante; dicho sujeto, era el caldo de cultivo para quienes hacían ‘’bullying’’ por no ser alguien audaz y de poco arrojo para las conquistas  o encajar en el círculo variado entre gente de alto relieve. Eran otros tiempos, las fantasías, el amor platónico, la ‘’quema de muebles’’ en las casas, cuando se iba tras la pesca de alguna chica, en donde la gallina y el gallo tenían que estar a la vista del vigía de la casa. ‘’Era una sentencia segura, si eran atrapados con las manos en la masa’’; desde el corral de la sala o terraza, hasta casados salían, para salvar la honra de la familia.

Los boleros del ayer, con un sentido musical y enriquecida lírica, eran objetos de que lo romántico, acariciaba el alma y los corazones. Ensimismados en un laberinto de ilusiones y sueños de vitrales, donde el colorido despertaba, el más prolifero sentimiento de los besos y abrazos de acuarelas, como si fueran imágenes de avatar, traídas de un mundo visceralmente fantástico. Todo aquello era hermoso, aun en blanco y negro… se develaba el encanto de la ingenuidad, la sobriedad de lo potable, y la transparencia de las palabras que venían desde lo más íntimo del alma. La década de los años setenta y ochenta, eran de regocijos; entramos en una época de evolución musical por la innovación de la música anglosajona y popular, apéndice de la nueva creatividad de los tiempos.

El propio merengue, [nuestra música, vistieron de otros matices, las líneas musicales y liricas, que hoy día están en los catálogos de lo clásico-nada comparado- a lo que hoy estamos escuchando], la música afro-antillana (salsa y guaracha) sigue siendo atractiva de aquellos años donde surgieron los más prolíferos intérpretes, como la Fania All Star, que fue la gran escuela de todos, la universidad de la salsa, como se le llamaba al Gran Combo de Puerto Rico, pero ya venían con una carta de presentación, por los años sesenta, cuando ‘’cortijo y su combo’’ fue y seguirá siendo una referencia, para los que heredaron el estilo autóctono musical  de la isla del encanto y sus raíces africanas, que se extendió por Cuba.

Mis gustos por la comida criolla y la música del ayer- (con la que me identifico) desde siempre- me hacen sentir en mis aguas. La estridencia musical de ahora y su contenido lirico, me reducen a la humillación auditiva, doblegándome el paladar, para no detectar la calidad de lo que ingiero para nutrir mi espíritu.

El autor es graduado en Negocios, escritor y articulista.

Por: Carlos Martínez Márquez

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