¡Raro eso! Sobre el uso del “de”, nada han dicho las féminas modernas

Por Rolando Fernández jueves 8 de noviembre, 2018

A veces hay cosas sobre las cuales asaltan inquietudes, que, aunque quizás algunos las consideren necias, o curiosas, de que son pertinentes, ¡lo son!, quiérase o no,

Por ejemplo, en estos tiempos en que las féminas de nuevo cuño han estado insistiendo tanto con los reclamos sobre los derechos que creen les corresponden; en que se les deben ceder, entre esos, los espacios requeridos a nivel de las actividades sociales, políticas y laborales, en cantidad suficiente; que no tiene que haber discriminación alguna; en que son iguales que los hombres.

Y que, por consiguiente, pueden competir de tú a tú con los mismos – no hay pensar más ilógico que ese -, se reporta como algo chocante, el hecho que, no hayan fijado su atención, y pronunciado al mismo tiempo, con relación a ciertas cosas que vienen de antaño en torno a ellas, y que, si a haber vamos, chocan bastante, con respecto a sus cacareadas e impetuosas actitudes dentro de la llamada “liberación” hoy.

Una de esas, verbigracia, en que no reparan, preguntándose cualquier pensante, ¿por qué?; y claro, procurar el que se descontinué con una práctica cultural tan vieja, es aquella, de que, cuándo las mujeres se casan, se les tenga que ver como propiedad de los maridos; y que, por tanto, pasen a llamarse de otra manera, al reducir sus apellidos paternos, y agregar los de aquellos hombres con que se contrae matrimonio, conjuntamente con el famoso “de”. ¡Fulana de!

Es algo que, se entiende no denota otra cosa, que no sea más que, el otorgamiento de su posesión al hombre por parte de la mujer; y, al mismo tiempo, que el varón la represente en todo momento. Además, el ella ostentar su nuevo status social adquirido: señora casada; que, se podría considerar como una señal que se está mandando a la sociedad, para hacerse respetar por tal condición.

Son tres aparentes razones que, ponderadas con sosiego e imparcialidad, sobre el motivo de usar el “de”, lucen no tener sentido en realidad. En torno a la primera, es obvio que, el hombre no se convierte en amo (dueño) de ninguna dama por el mero hecho de contraer matrimonio con ella; que se asumen ciertos derechos, deberes u obligaciones mutuas, incluso, eso sí. Segundo, la mujer se puede bastar por sí misma, en términos de representación; claro, cuando en verdad es tal, por supuesto, no una cosa cualesquiera de esas que usan “panties y brasieres”, cuando es que suelen llevarlos.

Y, tercero, con relación al asunto del respeto que la mujer siempre requiere, lo impone el comportamiento debido que ésta observe. De lo demás se encargan, como el caso de lo económico distributivo, entre otros, las normativas legales.

Luego, si el uso del “de”, ha venido estando dirigido y aceptado, en procura de concederse en pertenencia al hombre, y buscar representatividad en él, principalmente, tras la firma de un contrato matrimonial, a qué se debe la aguerrida aspiración de competencia con respecto al sexo opuesto, en el marco de la concepción liberacionista que ahora mueve a tantas mujeres, “troquelas” a moderno, y alienadas por las más destacadas representantes dentro de las organizaciones inherentes que se han creados al efecto.

Es por ellos que, más que contradictorio resulta, el que se estén obviando esas concepciones a que hemos hecho referencia, dentro de la nueva corriente de pensamiento actual feminista, y con relación directa a lo expuesto anteriormente respecto al uso del “de”, cabría agregar.

Máxime, antes esos impulsos con ahínco que emanan desde los diversos movimientos relativos que existen, bien organizados, e influyentes no cabe duda, y que capitanean personajes de valía económica, y las selectas ONGs, financiadas en su mayoría por organismos internacionales, que procuran inducir a pensares muy distintos de los que regían otrora, relativos a los representantes de los dos sexos encargados de la expansión y conservación de la especie humana.

En ese orden, muy extraño se reporta, cabe recalcar, el que las promotoras del actual “feminismo enfermizo liberador competitivo” de hoy, no hayan procurado la eliminación de esa cultura en cuanto a la utilización del “de”, a raíz de las mujeres contraer nupcias, aun se entienda como optativo u obligatorio el hacerlo.

Eso, sin importar, cuál fuera el origen en verdad de dicha costumbre, sobre el cual se tienen distintas versiones.  Algunos ubican la práctica en el marco del régimen esclavista pasado. Además, las opiniones diversas que se externan, en cuanto a los porqués se inició en aquellas épocas remotas; y, las razones por las cuales se haya mantenido como algo muy recurrente a través de los tiempos.

Qué el uso del “de”, sea optativo u obligatorio por parte de las mujeres cuando se casan, no se considera como lo más importante.  ¡Lo cierto es que se mantiene!; no se protesta, y las féminas se acogen a él sin problema alguno.

La “optatividad sutil que se aduce, se deja de lado”; ¡el “de” siempre va! ¿Por qué?  Se pueden inferir dos razones destacables: debilidad sentida, aunque se disimule; o, conveniencias que se procuran. ¿Cuál de las dos será? ¡Tarea!

Innegable es que, el uso del “de” ata suficiente.  Amén de eso, elimina parte de los apellidos paternos de las féminas, por un lado, se debe repetir; y, por el otro, les hace aparentar, como que, se pertenece a todos cuántos los lleven; verbigracia: de Rodríguez. Un sinnúmero se apellida así.

Si no usan el “de”, y lo que hacen es eliminar su primer apellido, y sustituirlo por el del esposo, como sucede en algunos países, entonces pasan a formar parte de la familia de ése, que no le corresponde en verdad – no pertenecen a esa tribu sanguínea -, mientras se deja la de ella.

La verdad es que, esa praxis, o hábito del uso del “de”, o el  del agregado, solo al nombre del apellido del marido por parte de las mujeres, luce tener muy poco sentido. Son de las cosas en que los movimientos feministas modernos deberían fijar su mirada, y procurar que se vayan dejando de lado, cabe repetir, en vez de estar insistiendo con el uso de términos separatistas de sexos como: miembra, ministra, presidenta, entre otros que son considerados como disparatados e incorrectos, en términos de la lengua propiamente, ya que, al expresarlos en masculino, se generaliza. Milagro no estén hablando de que se les debe llamar “estudiantas” y “habitantas”.

Sobre el particular, una pensante entrevistada que aparece en la red de la Internet, y casada por 15 años, señaló: “Para mí no es necesario. Yo quiero mucho a mi esposo, pero primero fueron mis padres. Yo soy y firmo como Gisella Plúas y mi esposo lo acepta. Solo en casos extremos utilizo su apellido, como es en los documentos del colegio de mis hijos”.

¡Esa tiene sobrada razón!, al expresarse así. Las feministas de nuevo cuño, qué hablen. ¡De eso no!, ¿verdad? De esgrimir los “disparatajes” modernos asociados de estilo, ¡sí!

Quedarse tal cual; aceptar conforme cuánto ha dispuesto la Madre Naturaleza, en lo concerniente a ambos sexos; y, asumir las actitudes, como los roles que impone la nueva condición social adquirida: compañera del varón, conforman el “libreto” más razonable a seguir. ¡A darle cráneo!, mujeres de aventureros pensares modernísimos mal fundados.

 

Autor: Rolando Fernández

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