Quisqueya en trocitos

Por Carlos Martínez Márquez Lunes 10 de Abril, 2017

‘’Todo lo que puedas imaginar es real’’. Pablo Picasso

Como la legendaria canción, en la que una de sus líneas describe, que somos un país bañado de mares de blanca espuma… y por ahí seguía la canción, como todo un poema acorazado en arroz blanco, frijoles y estofado de carnes hecho en casa. Sus costas rodeadas de gélidas brisas con sabor a piragua de fresa y tamarindo. La Quisqueya de siempre, que todavía conserva su sonrisa de esperanza, en la que cada quien rinde tributo al abrazo y a la hermosa mirada del cocuyo con destellos de luces y buenos presagios.

Nuestra quisqueya es símbolo de avatares, de bares en las esquinas, de romo y bachata; el anciano, el pedigüeño, el niño limpiabotas, quienes comparten las mismas aceras y avenidas, transitan libremente desafiando los destinos del viento hacia donde los lleve.

Un malecón de acuarelas y grafitis con sabor a agua de coco y fragancia de almendras; los viejos amigos formados en peñas, intercambio intelectuales, rememorando la época de travesuras, discutiendo un tanto de política y cultura local. Somos una expresión singular. No la hay en ningún otro lugar. Somos sencillamente, Quisqueya, la bella.

Deploro que hayamos de sobrevivir a tantas cuestiones absurdas, como la de ser una gran isla de hermosos paisajes, riquezas naturales y tierra bendita que nos da el fruto de poder estar de pies… y no tengamos líderes que sepan manejarnos con pulcritud y sensibilidad, como para ser un gran ejemplo de nación, que nos llene de orgullo de haber nacido en ella; pero a pesar de todo desacierto ideológico, seguimos estoicamente esperando un día prominente, en la que podamos rescatar el amor genuino por preservar nuestra identidad, de esa cruenta realidad, con la que estamos doblegados ante el flagelo de la violencia, de la delincuencia y la corrupción paquidérmica. Somos más que eso. Nada de esos retorcidos adefesios que hoy día nos afecta, son equiparables al gran poder y voluntad que como pueblo laborioso que somos, podrán mancillarnos y debilitarnos.

Tenemos una gran isla donde se cultiva la paciencia, donde sabemos meditar con inteligencia, pese a nuestra ingenuidad y al engaño a que nos someten los dueños de la aldea; hemos tenido la suficiente energía para soportarlo. La carga no será tan pesada para nosotros, como la de aquellos que se han echado el saco de la inmoralidad sobre sus hombros, dejándoles cuadripléjicos sin que puedan exhibir por el resto de sus días, el decoro y la honra que brillaran por su ausencia.

¡Que viva nuestra quisqueya, la bella!