Nuestros presidiarios comunes, ¡no son animales!

Por Rolando Fernández Martes 20 de Junio, 2017

Magníficos escenarios para comparación, es ese del traslado, como la reclusión de presos comunes en la cárcel de La Victoria, respecto de las mismas acciones judiciales, pero con aquellos escogidos, y destinados hacia “Cárcel Modelo Najayo” – Hombres,  que les llevan como turistas, y en que les esperan acomodadas cerdas dispuestas de antemano, para privilegiar a los connotados actores del sistema económico-político regente en el país, que probablemente siempre habrán de incurrir en infracciones penales más gruesas que los primeros. Otros, que allí guardan prisión, pero de menos clase, ¡qué se conformen con mirar!, aunque se irriten. Por lo que se observa, a los presos locales de esa clase, se les considera como tales desde hace ya gran tiempo en este país. Si, como seres no pertenecientes a la raza humana, sino a la especie inmediatamente inferior. Es obvio que, de ordinario se deja de lado la Ley 224-84, Sobre Régimen Penitenciario. Su aplicación en el tenor de lo que aquí se trata, luce muy selectiva.

Claro, esa concepción de animalidad atribuible va a depender bastante, aun siendo presidarios comunes los individuos envueltos, de la capa socio-económica de que se provenga, o casta más bien. A veces influye hasta lo racial, en términos de distingo.

Se es muy inhumano con los presos comunes en nuestro país; se les dispensan por lo regular tratos deprimentes, despectivos, abusivos, tanto en su manejo de traslado hacia los tribunales de la República, cuando se requiere, como en las prisiones mismas en que se encuentren recluidos, lo cual resulta más que improcedente, sin importar las infracciones que hayan cometido, como las condenas judiciales impuestas. A pesar de que puedan ser criminales, o ladrones, que no es el grueso comúnmente, es gente, y de esa forma se le debe tratar.

Además, hay cárceles a nivel nacional en que se les tiene hacinados, apiñados en extremo, como animales en cautiverio, sin una hospitalidad decente y apropiada; sin importar que dentro del grupo se encuentren seres en delicado estado de salud, con afecciones físicas diversas, y sin que se les ofrezcan las atenciones médicas requeridas.

Son personas esas últimas que evidentemente se deterioran con rapidez, como semillas plantadas en malas tierras, sin cuidado alguno ¡Cuánta inconsciencia! Se rompe incluso, con el sentido primario de estar en prisión: regenerarse cada cual.

Hace un tiempito, tuvimos la necesidad de visitar la Penitenciaría Nacional de la Victoria, quizás el mayor ejemplo del deterioro carcelario en esta nación, en procura de ver a una persona conocida, que se encuentra en el lugar cumpliendo una medida de coerción que le fuera dictada (tres meses).

Ni siquiera se conoce si en realidad ese señor es culpable o no del hecho que se le imputa; pero, mientras tanto, se le mantiene allí junto a personas condenadas a largas penas, por infracciones de consideración ya comprobadas, viviendo en condiciones infrahumanas también.

No hay distinción respecto a las clases de estadías en tan deprimente lugar, lo cual es hasta injusto. Y, no es que los segundos (recluidos a 20 años, y 30 años, por ejemplo), no deban ser objeto de mejor trato y respeto por sus vidas. Pero, sí debe hacerse algún tipo de separación, con relación a los presos preventivos propiamente.

¡Penoso escenario general ése que se observa! Aquello lo que parece es un cementerio de hombres vivos, tratando de enfrentar las adversidades presentes; colmados de precariedades extremas, y recibiendo malos tratos, podría decirse, de parte algunos miembros del personal de seguridad allí destacado; haciendo lo indecible para sobrevivir.

Conversando con uno de los oficiales que prestan servicios en el lugar, éste nos manifestó, al comentarle sobre algo deprimente observado por nosotros, ¡y eso, qué usted no ha visto nada! Este recinto está superpoblado; la cantidad de presos desborda ampliamente su capacidad física, con condiciones sanitarias deplorables en adición, y cada día mandando más reclusos.

Aquí los traen como animales amarrados, transportados en vehículos enrejados, dispensándoles durante el trayecto un trato que deja mucho que desear; y, cuando llegan a este recinto carcelario, es que la cosa se les pone difícil; a pasar más trabajos que un forro de catre, como se dice popularmente, y aguantar.

Solo aquellos ya veteranos en el lugar, son los que pueden campear un poco el temporal de su estadía; pues se adaptan al calvario, y hasta hacen pequeños negocios con los demás presos, para poder subsistir, obteniendo así algunos centavitos para algo poder comprar.

Recordando aquel paseo poco deseado hacia aquella famosa cárcel precitada, dispuesta no cabe duda para los desheredados de la fortuna entre nosotros solamente, las imágenes grabadas, como el conversatorio que tuviéramos con aquel gentil oficial de la Policía Nacional, que evidenció tener además algún sentido de humanidad, al tiempo de observar hoy aquello que pareciera un transporte de gira, en un cómodo autobús, con aire acondicionado seguramente, en que fueran llevados a la cárcel de Najayo, en San Cristóbal, los encartados hasta hora en el escandaloso caso Odebretcht, como huéspedes, sin grillete alguno, para la prisión considerada como un hotel de lujo, con espacios selectos y preparados de antemano, para recluir temporalmente a determinados personajes pudientes de esta sociedad, nos puso a reflexionar sosegadamente.

Pensar que, solo en este país se vale por el segmento social al cual se pertenezca; por la clase que se ostente, con principalía la política, en cuyo marco, la corrupción e impunidad hacen ser poderosos a los ladrones de cuello blanco; y, a la vez les permite colocarse en lugares privilegiados, como gozar de tratos muy diferenciados con respecto a los demás ciudadanos, cuando se debe procesarles por cualquier acto reñido con la ley, aun se haya producido de manera involuntaria.

Se deja muy de lado al momento de aquilatar, la seriedad que se haya tenido, como los apegos a los cánones morales establecidos, no obstante, cualquier circunstancia legal adversa por la que se esté súbitamente atravesando.