Por un celeste manto de vida

Por Víctor Corcoba Herrero lunes 7 de septiembre, 2020

“Aborrezco esas partículas invisibles contaminantes que nos dejan sin aliento”

 Reconozco que me ensimisma ese celeste cielo que vierte versos en cada esquina, recreándome en mil sueños, alegrando todas las atmósferas existenciales, hasta entusiasmar toda vida y hacer que despunte la emoción de renacer por dentro y por fuera. Sin embargo, confieso de igual modo, que aborrezco esas partículas invisibles contaminantes que nos dejan sin aliento y, en ocasiones, sin fuerza para proseguir el andar.

De ahí, lo importante que es el aire limpio para tejer y destejer los movimientos, cada cual desde su misión, haciendo de la cotidianidad el más sublime abrazo viviente. Por tanto, cuesta entender la necedad de algunas gentes, que sabiendo que la contaminación atmosférica es el mayor riesgo ambiental para la salud humana y una de las principales causas de muerte y enfermedad en todo el mundo, continúen con sus hazañas destructivas y no hagan nada por evitarlas, con mejores prácticas, a fin de proteger la robustez humanitaria que todos nos merecemos y que, entre todos, hemos de propiciar.

Acostumbrados a dejarnos atropellar, tenemos que decir con rotundidad ¡basta! En la actualidad, la comunidad internacional es muy consciente que la apuesta por un techo nítido, ayuda a reducir las consecuencias del cambio climático y que las medidas de mitigación de éste, contribuyen a mejorar la particularidad de la corriente del viento. Confiemos que la sociedad, en su conjunto, despierte y tome ese manto celeste como parte de sí, entrando en sintonía con esa sabiduría innata ancestral que nos enraíza a la comunión de latidos, pues todo está interconectado; y, como tal, debe ser respetado.

Hoy advertimos, por ejemplo, la ineptitud de muchos individuos, algunos formadores de opinión, que apenas toman contacto directo con el problema ambiental. Ojalá aprendamos a escuchar tanto el clamor de la tierra como el lamento de las familias recluidas en su miseria y sin apoyo alguno. Es un ejercicio vital que hay que ponerlo en práctica continuamente, el de la escucha; sobre todo, si en verdad queremos llegar al abecedario de la sabiduría, nuestra mejor brújula.

Nada es tan fácil ni tan útil como poner oído y mirada, como lenguaje del corazón, en las palabras. Este tipo de visión auténtica se recuerda siempre. Así, la estampa de este verano 2020, con sus altísimas temperaturas por todo el mundo, no se nos borrará y lo que nos indica, es que tenemos que mejorar nuestro ecológico comportamiento colectivo, haciéndolo más sensible para no alterar los equilibrios naturales. No se puede justificar el actual sistema de vida, donde prima la renta financiera, en lugar de la poética dignidad humana y el medio ambiente.

Esto es intolerable. Hemos de tener la valentía de pararnos, de tomar pulso y de repensar sobre caminos recorridos, este de producción y consumo nos degrada, creemos otro sistema menos corrupto y menos contaminante, más de todos y de nadie en particular, abramos bien los ojos, reconozcamos que estos vicios autodestructivos, aparte de adormecernos con su injustas doctrinas, nos dejan sin capacidad de amarnos; y, lo que es peor, de querernos a nosotros mismos.

En consecuencia, reivindico adentrarnos en esa mística del universo, donde el amor, que es lo que nos mueve el corazón a todo ser vivo, adquiera la ternura precisa para contribuir a ese ánimo armónico al que todos hemos de contribuir. Por si mismo nada es nadie, todo es frágil, inclusive la propia naturaleza de la que formamos parte. Se requiere la unión y la unidad de todos, máxime en un momento de decadencia como el presente, de nuevas causas de sufrimientos y de verdaderos retrocesos.

Me niego, por tanto, a que los poderosos del planeta continúen endiosados como señores absolutos, todos hemos de bajar del pedestal, cuando menos para que cese este podrido efluvio irresponsable, que para nada mejora la calidad del aire; y, por ende, tampoco puede fortalecer la atenuación del cambio climático. No perdamos el sueño celeste, aunque nuestro lugar sea el infierno. ¿Será docente y decente el señor cielo, que hasta aquel morador de la tierra que le escupe, en la cara le cae? Pues sí, es público y notorio que una excesiva arrogancia es causa también de justo castigo. Hasta nuestro mismo Creador se deja conquistar por el humilde y rechaza la soberbia del vanidoso.

Ciertamente, cuando no hay humildad, las personas se degeneran y corrompen. Observando y teniendo presente que una mala calidad ambiental, incide negativamente en todo, incluso en nuestra propia alimentación, nos conviene reconsiderar las iniciativas cooperantes y darles faena. La colaboración es esencial con acciones recíprocas. Nadie quede excluido de cooperar. Al fin y al cabo, no hay mejor hoja de ruta que el intercambio de información y el auténtico diálogo.

Sea como fuere, el tiempo apremia y ya no sirven las meras palabras, se requieren acciones concretas, si en verdad queremos logar un cauce común de prosperidad para todos, haciendo realidad que un verso junto a otros, es un alma junto a otras almas, y todas, son las que puedan dar vida a ese oda interminable, que nos enternezca y eternice, hacia esa naturalidad que nos adhiere en una maravillosa andanza, entrelazados por el vínculo pensante, junto al hermano sol que nos pone en camino, junto a la hermana luna que nos resguarda con su luz, junto al hermano manantial que nos purifica y junto al hermano río que nos ríe de músicas, en esta Madre Tierra en la que todos cohabitamos, al ser nuestro verdadero hogar, y al que hemos de volver a diario como poema  radiante y no a llenarlo de penas que nos apaguen.

 

Por Víctor Corcoba Herrero

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