Por los futuros ciudadanos y ciudadanas

Por Ramón Antonio Veras lunes 29 de julio, 2019

1.- Por una u otra razón se observa en muchos de nuestros paisanos una actitud que no refleja la parte bonita del ser humano, aquella que nos distingue como personas sensibles. Lo que estamos viendo es a individuos que expresan el proceder de los malvados, réprobos y desalmados. Las expresiones de odio, inquina y desprecio son lanzadas a cualquier alma de Dios; al bonachón que no ofende ni con la mirada; al ser humano que se compara, por lo buenazo que es, con un pedazo de pan. Debemos liberarnos del pérfido que solo aporta maldad.

2.- Hay que hacer todos los esfuerzos posibles por formar a hombres y mujeres de buenos sentimientos; que respiren paz y transmitan alegría, felicidad y plena bondad; necesitamos compartir con entes sociales de buena pasta y una sola pieza. No debemos continuar alimentando a personas censurables, dañinas y deplorables por completo; el avieso no debe tener el más mínimo espacio social porque trae pesares y maldiciones. Cambiar la junta con quien daña, por aquel que nos motiva paz, nos hace mejor personas porque entonces estamos libres de infecciones.

3.- Es una necesidad espiritual procurar estar en compañía de aquellos que nos hacen el grato momento porque los temas que abordan son de componente social y humano. Es de sabio no juntarse con los resentidos e insanos porque siempre están cargados de inconvenientes, de deterioro, menoscabo, quebranto y estragos. Quien anida en su mente cuestiones malas solo piensa en crear revés y agravantes a las personas nobles.

4.- El medio donde estamos viviendo hoy los dominicanos y las dominicanas impone la creación de personas que sirvan para avanzar, desarrollar y contribuir con su ejemplo a tener un mejor país. El hogar y la escuela deben convertirse en los centros adecuados para la formación de esa mujer y ese hombre de nobles sentimientos. Los modales de los futuros miembros de la comunidad dominicana deben ser de solidez ética, moral y humanista.

 II.- Misión de buenos educadores

5.- La formación que una persona recibe la acompañará en todo el curso de su existencia; será la guía de sus actividades laborales, familiares, intelectuales, sociales y morales. De las instrucciones que asimilamos va a depender nuestra actuación en el medio donde desarrollamos distintas acciones ante los demás. Los sólidos conocimientos adquiridos hacen posible desenvolvernos y llegar a ser formales, conscientes y cumplidores con responsabilidad de aquello a que nos dedicamos.

6.- Formar a ciudadanos y ciudadanas para que en el futuro actúen apegados a principios y normas de decencia, de correcto comportamiento, es moldearlas a los fines de que ejecuten sus actos en base a como han sido configuradas para el buen actuar. Darle forma al cerebro del ser humano partiendo de la instrucción, es prepararlo para que materialice luego lo aprendido durante el aprendizaje.

7.- Todos aquellos que nos formamos conforme la instrucción escolar de la década del treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta del siglo pasado, somos testigos de los métodos utilizados por nuestros maestros y maestras para que, con ejemplos prácticos, sacados de la cotidianidad, nos formáramos la idea de cómo actuar; la forma de conducirnos en cualquier actividad. Ellos nos aconsejaban, señalaban un modelo y la forma de manejarnos.

8.- En los centros escolares de ayer, los instructores nuestros se preocupaban para que tuviéramos una formación integral, lo más completa posible, con el claro objetivo de que adquiriéramos conocimientos no solamente teóricos, sino también prácticos. Nuestros orientadores se las ingeniaban para que nos acostumbráramos a razonar, partiendo de una realidad objetiva, que fuéramos mujeres y hombres portadores de ideas con referentes a los cuales podíamos señalar para no caer en lo especulativo.

9.- Los maestros y las maestras de ayer, en las aulas nos mantenían cautivos, capturaban nuestra atención con prédicas que prendían de inmediato en nosotros. Es verdaderamente fascinante escuchar a un profesor o a una profesora en un lenguaje sencillo explicando la forma como debe actuar una persona en el arte u oficio que ejecuta. Siempre resultaban edificantes las motivaciones que nos daban nuestros instructores para que, en el mañana, actuáramos como personas hechas para hacer las cosas a la perfección o lo mejor dentro de lo humanamente posible.

10.- El niño o la niña aprende con suma facilidad si en la explicación que se le da se conectan los principios generales de la materia que se le ofrece con un ejemplo. Las ideas se fijan en la mente cuando se articula lo narrado con la estructuración de un objeto que las enlaza. El que recibe la instrucción en forma natural y sencilla, no tiene que hacer mucho esfuerzo para acoplar espontáneamente en su cerebro lo que se ha querido que comprenda.

11.- Aquel que ha tenido una buena formación educativa la expresa en la actividad habitual que realiza, sin importar que sea como triciclero, médico, abogado o payaso. El hombre o la mujer formado correctamente debe actuar para hacer sentir bien a los demás, no para sembrar cizaña, discordia y prejuicio; no como el cizañero que prueba disfrutar el chisme, y las palabras hirientes que lanza cuando comprueba que con sus actuaciones daña, estropea y perjudica a quienes son de nobles sentimientos. La maldad es de la esencia del malévolo, del perverso que se siente realizado haciendo diabluras, murmurando y echando maldiciones a los buenos, a los bondadosos.

12.- Las educadoras y los educadores deben interesarse por entregarles a la comunidad personas eminentes; excelentes ciudadanos y ciudadanas preparados para servir con calidad en cualquier actividad. La orientación recibida por un estudiante proveniente de un maestro capaz, jamás da demostración de mediocridad, exhibe vulgaridad, ni cae en ser insignificante. La fanfarronería, jactancia y presuntuosidad que observamos hoy en muchas personas demuestran estar formadas para ser fantoches, huérfanas de modestia y sencillez.

13.- La persona educada para el buen comportamiento desarrolla su actividad laboral en los marcos de la decencia y la prudencia. En el seno de la sociedad cada quien actúa acorde con la instrucción recibida, de donde resulta que el limpiabotas, el abogado o el periodista debe estar preparado para ejecutar su oficio o profesión sin convertirse en un individuo fastidioso, detestable, intolerable, pesado y de mal gusto. Es penoso tener que reconocer que en nuestro medio sin elegancia alguna el caradura, desvergonzado y fresco ha llegado a atraer con majaderías, pamplinadas y sandeces.

14.- Es una necesidad comenzar a crear conciencia en el seno de nuestro pueblo en el sentido de que se impone formar ciudadanos y ciudadanas que procedan en forma cuidadosa para que den demostración de ser escrupulosos y se desempeñen con absoluto esmero. No podemos continuar aplaudiendo, haciéndole gracia a aquellos que tratan a los demás como si en este país para todo predominara la chapucería. El ser humano hay que orientarlo para que todo lo que haga sea bien hecho, y no ejecute como el charanguero.

15.- A la niñez dominicana hay que educarla, formarla, advertirla para que lo que decida hacer lo realice con elegancia; que demuestre estilo, dandismo en lo que haga; enseñarla que es de mal gusto accionar fuera de tono, de medio pelo, con vulgaridad. El país necesita contar con personas prestas a afanarse, a remirarse para que no siga destacándose el negligente, el que actúa con dejadez y sin formalidad alguna.

16.- Es menester convencer a lo mejor de nuestro pueblo que no debemos continuar aceptando como bueno y válido, acoger como si nada, que cualquier descalificado se imponga con un estilo, una forma de actuar que desdice mucho de lo que es una comunidad de personas civilizadas. La vulgaridad, la chabacanería y la ramplonería, no deben motivar ovaciones, sino reprobación, total censura.

17.- No debemos seguir aceptando que un afrentoso cualquiera pueda estropear nuestra alegría y tranquilidad irrespetando las formas del normal comportamiento que se impone en cualquier actividad. Se hace necesario poner en su puesto a los necios que con sus actuaciones de mal gusto dañan y nos impiden reír, procurando con sus majaderías hacerse los célebres; con expresiones de mal gusto, arrebatarnos el disfrute de los pasatiempos que nos sacan del aburrimiento.

Reflexiones finales

 18.- La mutua correspondencia está tan ausente en el sentir de muchos de los nuestros, que en su mente les resbala, que es algo así como una pifia al actuar. Creen que ejecutar la reciprocidad es una necedad que pasó de moda en el trato personal; un  asunto de añeja cortesía cuyo destino es el olvido.

19.- Relacionarse con alguien debe tener como objetivo llegar a comprenderse de tal forma que con el tiempo de la mutua bondad resulte la tolerancia y condescendencia. En la persona es necesaria la capacidad de entendimiento porque le permite penetrar en la conciencia de aquellos con quienes se codea.

20.- El amigo que dispensa buen trato se hace merecedor de ser bien cuidado. Asistir con gracia a quien se ha esmerado en hacerte disfrutar el momento, es tener sentido de la reciprocidad. Hay que dar atención con delicadeza a aquel que fue diligente demostrándote gran amabilidad.

21.- Aquel que no da lo que recibe es un presuntuoso que tiene la falsa creencia de que solo él es merecedor de atenciones. La petulancia impide al engreído comportarse con elegancia con quien humildemente le hizo sentir distinguido. La arrogancia nulifica al que debe correspondencia al que modestamente, con sencillez, le dio trato de excelencia.

22.- No tiene la menor idea de lo que significa corresponder, la persona que habiendo sido objeto de un trato afectivo, luego se comporta fría frente a quien le demostró calidez. La concordancia de trato solo es posible entre aquellos que son sensibles y educados; los insensibles y patanes no pueden comportarse demostrando reciprocidad.

23.- El  ser humano con sensibilidad y sano de juicio no le es difícil proceder con reciprocidad, pues le basta actuar de la misma forma como fue tratado. Ni más ni menos; simplemente servir como fue servido. La asistencia que presta el que fue asistido se convierte en un camino de dos vías, por el que se transita para ir y venir

24.- Lo que se practica voluntariamente tiene que partir de nuestra forma de proceder, de la actitud que tenemos de actuar porque así nos lo dicta la conciencia. La conducta nos manda a comportarnos ante aquel de la misma forma que nos atendió; quien nos hizo sentir amado.

 25.- Lo agradable que te sentiste por haber sido bien recibido y con gusto atendido, de igual forma debes hacer sentir a quien fue tu anfitrión que merece percibir que le has dispensado la misma atención de que consideró  ser tú merecedor. Si no devuelves el gesto que te dio aquel que te hizo feliz con su trato afectuoso, puede pensar que no eres más que un inconsecuente engreído, privado de sentimientos tiernos.

26.- No es más que un aprovechado aquel que goza con sentirse altamente atendido, pero escurre el bulto cuando está en el deber de devolver  las atenciones que en su momento recibió. El ventajista no tiene las más mínimas condiciones humanas para la reciprocidad; su ausencia de escrúpulos le impide corresponder atenciones. El desaprensivo vive para ser servido, pero no sirve para servir.

27.- En el medio social dominicano ha ido desapareciendo la amabilidad en la misma medida que se ha agrietado la sociedad, la cual resulta adecuada para convivir los atrevidos, desvergonzados e insolentes. Es algo imposible lograr que proceda con correspondencia el caradura que no conoce nada de prudencia, y le da lo mismo ser considerado un fresco que un ente social lleno de humildad.

28.- El diario vivir nos está diciendo que está en extinción la persona con sentido de solidaridad, y que su lugar lo está ocupando la que procede en forma insolente, aprovechada, necia e impertinente. No es fácil encontrarse con el hombre o la mujer juiciosa, templada, dominada por prudencia y comedimiento. El entrometido se considera una figura de primer orden allí donde está ausente el decente y mesurado.

29.- Aquí se cultiva muy poco el buen trato porque abundan los sinvergüenzas, que no se molestan si son objeto de justificados temas o motivos de murmuración; muy pocos se sienten en el deber de comportarse bien  ante aquel que lo hizo sentir halagado. El deber, la obligación, la misión de tratar como fuiste tratado, desapareció aquí el código de la afabilidad y la elegancia.

30.- Una sociedad como la nuestra, en la cual la educación y el sistema educativo dejan mucho que desear, ser cortés, delicado y obsequioso es mucho pedir, y menos reclamar la cortesía, que encierra mucho de afabilidad, cordialidad y caballeroso proceder.

31.- A una comunidad humana que se mueve en un medio degradado social, ética y moralmente, es casi imposible demandar de sus miembros entrega, que tiene mucho que ver con formación familiar, buena orientación escolar y sensibilidad en los actores sociales. La elegancia en el trato a los demás no se obtiene por procuración ni a patadas; se necesita formación para ser atento, y estar curtido en buenos modales de civilidad.

32.- Aunque resulta incómodo acostumbrarse a compartir con personas de proceder diferente al suyo, hay que hacer un esfuerzo para soportar a aquellos que solamente saben ser bien atendidos, pero no tienen el más mínimo sentido de lo que es dar igual trato. Por más finas atenciones que recibe el inconsecuente, nunca llegará a unir sus sentimientos con los de quien le ha dado trato fino.

33.- Aquellos que creen y practican la reciprocidad por convicción, no deben sentirse aprovechables por quienes no sienten ni conocen la mutua correspondencia. Debemos seguir teniendo la cualidad de útil, sin que nos importe que de ella se beneficien los que anteponen la utilización a cualquier otra cosa.

 

Por: Ramón Antonio Veras

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