Populismo, el destructor de mundos

Por HERNÁN PAREDES viernes 23 de octubre, 2020

Antes que la actual crisis sanitaria global, un enemigo mayor venía azotándonos durante años cual Atila a los romanos, un enemigo cuyo impacto negativo ha sido tan potente que ha llegado a poner en jaque a países desarrollados, especialmente en lo que se refiere a retrancar políticas públicas de envergadura, así como a la implementación de otras muy desastrosas.

Tal es el caso de la guerra comercial que declaró Estados Unidos de América contra China, que provocó el desplome de los mercados internacionales, hasta la aprobación del controversial Brexit o salida del Gran Bretaña de la Unión Europea, una decisión que esa nación tomó en el año 2016 y que probablemente no le beneficiará mucho cuando se concretice.

Pero ¿Qué es exactamente el populismo? Marc Lazar, en su artículo del periódico El País titulado “El desafío de la Populocracia” dice que “el populismo, en general, es un estilo basado en unos preceptos que constituyen un sistema de creencias bastante coherente. Afirma la existencia de un antagonismo irreductible entre un pueblo supuestamente unido, bueno y virtuoso y una élite homogénea, diabólica y perversa que conspira contra el primero”.

Independientemente de desambiguaciones sobre el término populismo, actualmente se utiliza de manera despectiva contra líderes demagogos que buscan a toda costa el favor de las masas o de la opinión pública. Dice Nadia Urbinati, profesora de la Universidad de Columbia, que “Un líder populista que llega al poder está ‘obligado’ a estar permanentemente en campaña para convencer a los suyos de que no es y nunca será el establishment”.

Pero el populismo no parecer tener ideologías, los hay tanto de izquierda como de derecha, pareciera ser una enfermedad que se expande en toda la clase política mundial, sin que se avizore alguna manera de detener su expansión por todo el planeta, lo cual es preocupante, puesto que incluso crisis como la de la pandemia del COVID-19 han golpeado mucho más duro precisamente a esos países liderados por populistas.

República Dominicana no es la excepción, podemos encontrar indicios de populismo en el liderazgo local, y en prácticamente todos los partidos políticos, aunque hasta ahora las decisiones de política pública del Estado que son más relevantes se han estado tomando en base a criterios objetivos, y una evidencia de esto lo es la confirmación del gobernador del Banco Central por parte del reciente Gobierno del partido que desplazó al PLD del poder después de 16 años ininterrumpidos, el PRM.

Indudablemente el populismo representa un alto riesgo para el progreso de las naciones, pues su práctica tiende a tratar de definir decisiones de políticas públicas que definen sus destinos en el mediano y largo plazo, por lo que educar a la ciudadanía para que sepa identificarlo es una tarea imprescindible, puesto que el populista pierde todo su encanto cuando la sobreexplotación que hace de emociones humanas como el miedo y el odio es desenmascarada.

La historia está llena de líderes populistas que alcanzaron el poder a través de medios legales y sus discursos de encantamiento a las masas para luego convertirse en gobernantes autoritarios, llegando posteriormente incluso a exportar el caos fuera de su fronteras, como fue el caso de Hitler en la Alemania de 1933. Por otro lado, el caso de Jair Bolsonaro en el Brasil es digno de estudio, pues nunca habría llegado al poder si la clase política tradicional no se hubiera empeñado en suicidarse.

Noam Chosmky, lingüista y filósofo norteamericano, dice que actualmente la clase trabajadora tiende a apoyar a líderes populistas porque las élites llevan una generación lastimándoles, más aún, dice que los partidos de centro-derecha y centro-izquierda en Europa y Estados Unidos se han movido a la derecha abandonando a la clase trabajadora, lo cual es una realidad palpable también en nuestro país.

Las organizaciones políticas dominicanas deben volver a ser fieles a los principios que las originaron o podrían estar cavando su propia tumba, al tiempo que dan cabida a que gane espacio alguna aventura populista que capitalice el descontento fundamentalmente de la clase media y se den la condiciones para una tormenta perfecta y sucedan aquí situaciones parecidas a países como Chile, Venezuela, Argentina o Brasil, por mencionar algunos.

No obstante, es preciso aprovechar estas líneas para advertirle al político tradicional que usa el populismo para llegar a un puesto electivo, cosa muy común en estos tiempos, que solo se está poniendo una trampa a sí mismo, pues sus mismas palabras serán utilizas para destruir la imagen que tiene ante la sociedad, por lo que lo único que garantiza sostenibilidad del éxito es la coherencia y la racionalidad al emitir juicios públicos, dentro o fuera del poder.

La oligarquía también debe comprender que el delicado balance del ecosistema socio-político debe mantenerse, la voracidad del capitalismo salvaje no puede cegarles sobre una realidad que nos dice no son solo los políticos los culpables de todos los males sobre la faz de la Tierra, sino que los poderes fácticos también juegan un rol preponderante para configurar un sistema socio-económico más justo.

Lamentablemente, la radicalización de las rivalidades políticas impiden ver a los confrontados que destruir la confianza en el sistema de partidos nos perjudica a todos, y esto evita que puedan pactar en lo básico, en lo fundamental, derivando la lucha política en una especie de juego de suma cero donde el aparente vencedor a la larga también perderá, y ante un enemigo más poderoso: el populismo, el destructor de mundos.

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