Ponerle juicio político-programático al “movimiento verde”: ¿será posible?

Por Francisco S. Cruz viernes 24 de marzo, 2017

César Pérez (sociólogo urbanista, perremeista y teórico de la “izquierda” mediática y de sobaco), ha expuesto que ha llegado el momento de que “La discusión sobre la relación partidos movimiento debe hacerse ya, y de manera franca, debe hacerse antes de que el inexorable tiempo del calendario político avance y con el mismo, la siempre latente amenaza de que el cansancio se haga presente en muchos de los actuales participantes del movimiento”. Esta propuesta pone de manifiesto el interés -de sus organizadores e ideólogos ocultos, al menos de su ala política-mediática- de que el “movimiento verde” pase a otra fase orgánica-política, sin dejar de “…utilizar la energía en otra cosa que no sea en la organización y ampliación de la lucha contra la impunidad y contra los esfuerzos de este gobierno y su partido para capear el temporal en que se encuentra, pero es necesario debatir sobre el tema de las relaciones partido movimiento “. Magnifico!

Sin embargo, es bueno subrayar -y César Pérez lo sabe- que más que crisis de los partidos políticos tradicionales (PLD, PRSC, PRD y PRM) lo que hay en nuestro obsoleto sistema de partidos políticos es una crisis de los gerentes-líderes de esas organizaciones política cuyas cúpulas han suplantado-monopolizado la vida orgánica-institucional de esos “aparatos” (como le llamaba Narciso González) en una dinámica cuasi de empresa privada en donde la democracia interna, los estatutos (vale decir, las constituciones de los partidos políticos donde se consigna, entre otras directrices-reglas, la definición ideológica-doctrinaria, las funciones de los organismos y órganos y las instancias jerárquicas superiores de Congreso en Congreso –que, en el caso del PLD, es el CC no el CP-) y los mandatorios procesos eleccionarios (primarias o convenciones) han sido sustituido por el dedazo, acuerdos o transacciones arriba y un sinnúmero de subterfugios baladíes -plebiscitos, “asambleas”, reuniones de Convidados de Piedra, conferencias, y demás liturgias- para ellos perpetuarse-prolongarse hasta el hartazgo o hasta el natural declive biológico, pero con la vista puesta en una suerte de relevo, si se quiere, de castas y satélites. Lógicamente, semejante esquema de partido-franquicia o maquinaria electoral, terminará emulando-coronando la concepción-negación de partido político en que siempre creyó-operó nuestro “Padre de la Democracia” -por obra y gracias de esos gerentes-líderes-, el Dr. Joaquín Balaguer.

Pero si difícil ha sido que los discípulos -aventajados y formados- de Bosch, Balaguer y Peña-Gómez hayan obtemperado a algún tipo de consenso en materia de reforma política-institucional (Ley de Partidos Políticos y reforma a la Ley Electoral, que, dicho sea de paso, llevan 32 años engavetados en el Congreso) para adecentar y transparentar el ejercicio de la actividad política y del poder, cómo será posible ponerle juicio político-programático, primero, a una oposición disloca cuya fijación política-generacional es Leonel Fernández, Danilo Medina y el PLD (y no una propuesta programática que trascienda lo electoral); y por el otro lado, a un “movimiento verde” en apariencia liderado por la sociedad civil (otro partido político) financiada por una camada de empresarios eléctricos que, con Punta Catalina -independientemente de cualquier cuestionamiento- se le acaba su agosto y un “situado” de agencias extranjera que en el caso de los Estados Unidos ha sido reducido a su mínima expresión (dejando a la USAID, entre otras agencias, con pírrico presupuesto).

No obstante e independientemente de esas dos realidades o escenarios, los partidos políticos tradicionales siguen siendo referentes electorales, pues en nuestro país, contrario a Venezuela, Ecuador y Bolivia, no se ha dado -ni se vislumbra aún- el fenómeno político-electoral que desalojó y prácticamente desterró a los partidos tradicionales por líderes populistas de izquierda, por supuesto, sin obviar que a pesar de ello, esos líderes, no dejaron de hacer reformas y encarar falencias históricas-estructurales (monopolios y oligopolios nacionales y trasnacionales) y deudas sociales acumuladas de innegable valor. Hablamos de Hugo Chávez, Rafael Correa, Lula y Evo Morales.

En el caso nuestro, las aspiraciones presidenciales irrenunciables, los sueños redentores y, sobre todo, la irracionalidad política de la oposición -que más que de partido, es mediática y de su periférica intelectual-periodistica-, a lo mas que han llegado –por dos o tres sindicalistas políticos: Guillermo Moreno, Minou Mirabal y Max Puig- es a ponerse dizque de acuerdo después de cada derrota electoral y de aspirar a una segunda vuelta.

Por ello, insisto, que ponerle juicio político a ese abanico -variopinto- de oposición (tan visceral-personalista) es tan difícil o más remoto que sacar de su confort-realidad a los regentes-líderes de los partidos políticos tradicionales que, aunque están en crisis, y a veces enfrentados en la definición o redefinición de proyectos presidenciales, no dejan de fijar-marcar los tiempos en sus maquinarias electorales (sus “partidos políticos”) que consiste en: zafras electorales, clientelismo político y construcción de mayoría electorales a cualquier precio.

Entonces, es muy evidente que para ponerle juicio político-programático a la oposición y al “movimiento verde” –vale decir, ponerlos en la perspectiva política de victoria electoral-, lo que César Pérez quiere (y dado la gravitación de esos multifacéticos actores políticos), le será harto difícil, pues: ¿cómo domesticar y someter, por ejemplo, a Hipólito Mejía? ¿Cómo hacer que Guillermo Moreno, Minou Mirabal y Max Puig, renuncien a sus sueños-delirios presidenciales y no le disputen a Luis Abinader (o a Hipólito Mejía) la oportunidad de ser candidato del “movimiento verde” -digo, si el proceso mismo -en su dinámica dialéctica-, de ese movimiento, no pare un líder que, seguramente, los presidenciables de la “oposición”, en lo adelante, le harían la vida imposible-?

Y del lado de los partidos tradicionales, los escenarios son otros (tampoco fáciles): ¿cómo sortear, pactar u administrar las crisis de los gerentes-líderes de esos partidos suplantados por sus cúpulas -digo, si no es que ellos mismos entran en contradicciones antagónicas e irreconciliables por apetencia de poder, imposturas de hegemonía partidaria o turbulencias -de grupos- de impredecible desenlace? O menos predecible: que sus bases y liderazgos medios se rebelen y generen un tsunami de redefinición orgánica-ideológica que arrebate hegemonía a esas jerarquías. Esto último (si los CC se rebelaran), algo, en mi opinión, muy remoto dado el clientelismo y la ausencia de corrientes o tendencias de raigambre ideológicas-doctrinarias en los partidos políticos, pues lo que coexiste, en esos aparatos políticos, son grupos satélites de proyectos presidenciales, de aspirantes a ser candidatos, de jerarquías o de figuras. O lo más difícil: ¿cómo revertir la pésima percepción ciudadana sobre los políticos, los partidos políticos, la clase política y las cúpulas de los partidos políticos tradicionales?

Y entonces, ¿qué hacer?

Lamentablemente, la sociedad dominicana está atrapada: en unos avances -de los últimos 20 años- que, diga lo que se diga, lo ha regenteado-realizado el PLD en el poder –vía sus dos liderazgos-Presidentes: Leonel Fernández y Danilo Medina, una crisis de valores que manda madre, una inseguridad ciudadana que va –¡si no se le mete mano, rápido y sistemáticamente!- vía la que vive México y Centroamérica, una oposición política que no es capaz de pactar o proponer nada que no sea su fijación de llegar al poder, sobre todo, para “sacar del poder al PLD” y ellos a administrar la cosa pública (¡un simple –y ya fracasado- quítate tú para ponerme yo!), una sociedad civil de gerentes vitalicios -igualitos que sus pares de los partidos políticos- financiados por agencias extranjeras, el Estado -ver presupuesto 2015, 2016 y 2017- y estratégica-coyunturalmente, por una franja del empresariado (la que saldrá del negocio eléctrico con Punta Catalina), un sistema judicial compuesto, en su cúpula e instancias decisorias, por figuras cooptadas por la clase política y sus líderes, una clase política –turnada en el poder- que lleva ¡32 años! posponiendo y engavetando en el Congreso y en la Cámara de Diputados: Ley de Partidos Políticos y reforma a la Ley Electoral; y por último, y de reciente irrupción, un “movimiento verde” contra la corrupción y la impunidad -de ciudadanos bienintencionados-; pero también, filtrado por politiqueros, otrora corruptos, oposición e intelectuales y periodistas (políticos de la “secreta”) que ya anuncian que hay que discutir el asunto de “la dirección política” y la relación partidos/movimiento. En otras palabras, que está cerca el momento en que, la dirección política del movimiento verde, pase a una –fase o momento de…- dirección política de partidos políticos o colegiada; tal cual lo ha planteado César Pérez.

Sin embargo, y desde mi punto de vista, la coyuntura política actual que se nos presenta –y que tiene como telón de fondo-presión el mega-escándalo hemisférico Odebrecht- es quizás la más propicia, aunque, probablemente, gobierno y oposición no se enteren, para pactar-consensuar una serie de reformas políticas-electorales y judiciales (y por fin, adecentar la actividad política y el ejercicio del poder desde una institucionalidad pactada-consensuada con todas las fuerzas políticas, empresariado y actores sociales), pues me temo que si no se hacen esas reformas -¡ahora!- entraremos en un “luchismo” político-electoral cuya definición-desenlace no tendrá otro momento que mayo-2020. Ello así, porque los movimientos revolucionarios están en reflujo y la crisis de ingobernabilidad -a la que algunos apuestan- no le garantiza a nadie acceso al poder ni mucho menos que vía el caos se llegará al paraíso de la redención social.

De modo que el dilema es sencillo: o nos degastamos en un “luchismo” político-electoral de cara a mayo-2020 (que, probablemente, es el objetivo político-estratégico de la oposición y su periferia política-mediática) o mejor y más realista-constructivo, pactamos-consensuamos una serie de reformas políticas-electorales y judiciales (aprobación Ley de Partidos Políticos y de Garantías Electorales, reforma a la Ley Electoral, Sistema Judicial, Cámara de Cuentas, etc.), sin que ello implique, bajo ninguna circunstancia, dejar de exigir y demandar, castigo y sanción para los que resulten involucrados en el caso Odebrecht.

Ahí están las opciones. Otra cosa, será, a corto, mediano o, a largo plazo, medición de fuerzas políticas-electorales (probablemente, en dos bloques o frentes), o peor, una apuesta, soterrada y solapada, a la ingobernabilidad del país. Pero, con eso último, ¿quién gana?

O tal vez, quién sabe, estamos en la antesala de la “Revolución inminente” que el ex comunista Rafael -Fafa- Taveras vislumbró (fallidamente) en los 80s.

 

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