Políticos y redes sociales alientan el preocupante auge de los antivacunas

Por EFE lunes 31 de diciembre, 2018

EL NUEVO DIARIO, GINEBRA.- Los escépticos de las vacunas parecían condenados a ser una minoría extravagante tras siglos en los que éstas frenaron epidemias letales, pero el movimiento antivacuna ha resurgido cuando menos se esperaba, alentado por la difusión de bulos en las redes sociales que algunos políticos creen y abanderan.

El gran aumento este año de los casos de sarampión en el mundo, del 30 % hasta 173.000 casos en 2018 según la Organización Mundial de la Salud, da una señal de alerta sobre los negativos efectos de este movimiento, renacido en los últimos 20 años y que para la OMS es clave en la reaparición de la enfermedad en países de Occidente donde se consideraba cosa del pasado, como Alemania o Italia.

Sólo en los primeros seis meses de este año hubo en Europa 41.000 casos, más que los 24.000 registrados en todo 2017, y 17 fallecidos por una enfermedad que, pese a su bajo nivel de mortalidad, puede causar secuelas crónicas a los que la padecen, como ceguera.

El auge de estos casos no puede atribuirse sólo al movimiento antivacunas, pero coincide en el tiempo con éste, y con su repercusión en celebridades y gente con capacidad de influir, en un momento idílico para la expansión de rumores a través de las redes sociales y la llegada de políticos que quieren sacar partido de ello.

Argumentos ya refutados de los antivacunas, como que éstas producen autismo o contienen niveles de mercurio dañinos para la salud, han producido por ejemplo que en Rumanía el número de niños inoculados haya bajado del 90 al 80 % en apenas un lustro, y que el sarampión causara allí en 2016 y 2017 una treintena de muertes.

En Rumanía se pasó de 15 infecciones declaradas en 2015 a más de 9.000 entre 2016 y 2017, y similares situaciones podrían llegar a países cercanos como Italia, donde el vicepresidente Matteo Salvini es un reconocido escéptico de las vacunas y el Gobierno intenta frenar leyes que quieren obligar a inocular a todos los menores.

Pese al alarmante aumento de casos de sarampión en el país transalpino, miembros del Gobierno siguen siendo reticentes a que siga adelante una iniciativa legal que requeriría a los padres de cada niño presentar certificados oficiales de su vacunación para poder escolarizarlo.

En España, donde la OMS considera que enfermedades como el sarampión están totalmente erradicadas por ahora -salvo casos puntuales llegados del exterior- preocupa sin embargo ese 3 % de niños cuyos padres no los llevan a vacunar por razones religiosas o ideológicas, que equivale a entre 80.000 y 150.000 menores.

En Estados Unidos, el presidente Donald Trump mencionó en su polémica campaña electoral la presunta relación entre vacunas y autismo, y en las redes sociales del país muchos promotores de esas ideas son “bots” (códigos maliciosos) rusos con el objetivo de desestabilizar, según defendía un informe de la revista American Journal of Public Health.

El escepticismo hacia las vacunas nació casi con el comienzo de la aplicación de éstas en Occidente en el siglo XVIII, cuando las campañas de inoculación que inició el padre de la inmunología, Edward Jenner, no fueron adecuadamente controladas ni los vacunados fueron debidamente aislados, lo que produjo resultados adversos.

La mejora de las técnicas de vacunación, sobre todo en el siglo XX, permitió erradicar o controlar eficazmente en regiones enteras enfermedades antaño altamente contagiosas y a veces mortales como la viruela, el tétanos, la tos ferina, la difteria, la polio, la rubéola o las paperas, reduciendo los argumentos de los antivacunas.

Pero la desaparición de estas enfermedades en algunos países desarrollados produjo el mismo abandono de campañas de vacunación con negativos resultados, como ocurrió en Suecia, donde un 60 % de los niños tuvo tosferina entre 1979 y 1996, periodo en el que las autoridades decidieron dejar de inocular a menores contra ella.

Y el escepticismo renació en 1998 a raíz de la publicación de un artículo del médico británico Andrew Wakefield en la revista The Lancet que establecía una relación entre el autismo y la vacuna triple vírica (sarampión-paperas-rubéola).

La misma publicación refutó el artículo al considerarlo fraudulento, pero no lo hizo hasta 2011, y las ideas de Wakefield -que dejó el Reino Unido para vivir en EEUU, donde sus ideas tenían mayor apoyo- son rescatadas de vez en cuando por políticos y usuarios de redes sociales.

Cifras aportadas por la OMS que hablan de 40 millones de vidas salvadas de la viruela, o 16 millones de personas libres de la parálisis que crea la polio, no convencen a los escépticos de todo signo político, desde libertarios que creen en el derecho a no ser vacunado a izquierdistas que consideran que las inoculaciones son sólo un gran negocio de gigantes farmacéuticos.

 

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