Política y humor

Por Francisco S. Cruz viernes 20 de enero, 2017

He dicho –y escrito- miles de veces que política y humor van de la mano, aunque el que ejerce la primera quiera presumir que ni siquiera ríe. Eso es mentira, pues no hay un ente social que haga más reír, maldecir u odiar que un político cuando trasciende el anonimato y se hace figura pública. De esos comediantes u humoristas –buenos y malos-, el país está repleto.

Una prueba palpable de lo antes dicho, lo expresa -con nítida originalidad- el ex presidente Hipolito Mejía y Guillermo Moreno. El primero, es un repentista fuera de serie (que digo, ¡buenísimo!); y el segundo, una caricatura (¡pésima!) fiel del político-comediante circunspecto que ni siquiera se ríe pero que él mismo y su delirio grandilocuente de líder, hace reír cada vez que aparece en público a pontificar sobre una redención social, ética y política que está –según él y en cada coyuntura política- a la vuelta de la esquina.

Sin embargo, la cima del político-humorista, en extremo circunspecto y académico, es el vate Andrés L. Mateo. Su prédica-perorata ética-filosófica ya es cátedra pública-lapidaria que debería ir directo al Archivo General de la Nación como registro o crónica insobornable de una época putrefacta (la de hoy). El único problema es que el vate no se entera (ni huele) que él también –por ese dilatado ejercicio- es parte del folclor político nacional, precisamente por sus posturas políticas-electorales, su rol –casi patriarcal- en el periodismo de oposición política (sin confesar bando o de la “secreta”); pero, sobre todo, por la cara dura de su crítica de una sola vía –o de fijación (¡Leonel, y ahora Danilo!)- que pone en entredicho sus dotes histriónicas y seriedad de comediante y proletario intelectual (con énfasis en su frase de conjuro: “¡Oh Dios..!, que algunos leen, por maldad o gana de joder, como: ¡Odio!). E incluso, no niego que hasta yo mismo, una que otras veces, he caído rendido y convencido de la justeza de algunas de sus críticas e identificado con algunos de sus desengaños públicos (sobre todo, cuando escribe -o polemiza-, con rabia y encono, de ex amigos intelectuales).

Sobre mi es mucho lo que los comentaristas de mis artículos o gabatos –que sospecho, por mi intrascendencia pública, vienen de los mismos compañeritos –y no tan compañeritos- peledeístas, básicamente, porque no pueden narigonearme, y de otros conocidos que no me pasan por mi independencia de criterio e irreverencia) escriben y opinan -con desparpajo, acusaciones e insultos- lo que les da la gana. La diferencia es que yo sí creo que la política y el humor van de la mano, si no, ¿cómo sería este mundo? Además, en sociedades subdesarrolladas como la nuestra, humor y política tienen sus encantos, pues sirven de escape y desahogo; aunque a un alto precio, a tanta falta de institucionalidad y hazmerreír público. ¿O no?

Y si alguien lo duda, que vaya al registro histórico de las ocurrencias públicas de nuestros líderes políticos –en campaña- idos y de estos tiempos. Para muestra estos botones: ¡Se oye, o no se oye! ¡Se hizo… fuera del cajón! ¡Si toca esa tecla, te hunde! ¡Metió los dos pies en un mismo zapato!, ¡El que le pone la mano en la barriga a otro hombre o es médico, o es…! , ¡Si la calle esta dura, tírate por la acera! ¡Tú sabes lo que cacarea una gallina para poner un huevo! ¡Cuando la yuca es grande hasta la tierra se abre!, “¡Tengo una sierra…!”, “…en las olimpiadas hay reglas que cuando un atleta se pasa del tiempo y la distancia con la antorcha se la quitan”, el “hombre del bacalao, porque ese lo conocemos aunque venga disfrazao”, “el hombre del serrucho”…, etcétera, etcétera…

Finalmente, y en lo que a mí respecta, gozo muchísimo los comentarios e insultos que algunos “amigos lectores” –me imagino de marcada afiliación política o malhumorados- dejan debajo de mis garabatos semanales. A ellos las gracias (por leerme, si es que lo hacen, porque tampoco soy pretensioso), por sus ocurrencias y malas palabras, pero, les aseguro, que ni soy tan malo ni nada encubridor como piensan…

Ah, se me olvidaba decirle –a los amigos lectores- lo más importante, al menos para mí: ¡que aunque no lo crean, no soy bocina de nadie ni escribo por encargo!

 

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