El PLD del orgullo a la vergüenza

Por Susy Aquino Gautreau viernes 9 de junio, 2017

Ser político, y más aún peledeísta, es sinónimo de ser un ladrón según los planteamientos que he escuchado últimamente en diversos lugares  públicos donde ciudadanos comunes tocan el tema del escándalo de Odebrecht. Si bien es cierto que la culpabilidad o no de los implicados es tema de la justicia el juicio mediático ya está hecho. Estas opiniones deben llamar a reflexión a toda la clase política del país pero sobre todo al partido morado.

La falta de credibilidad en el sistema de partidos no sólo nos afecta a los dominicanos sino que se ha convertido de un fenómeno de carácter global que no podemos ignorar.  En nuestro caso local y particularmente en el Partido de la Liberación Dominicana se están viendo las consecuencias que acarrean alejarse de sus principios.

Ser peledeísta era ser un soldado consciente, valiente y disciplinado pero esta consigna no puede ser válida cuando se ha confundido la disciplina con sumisión dejando de lado la valentía e ignorando lo que dicta la conciencia. Digo esto porque se ha perdido la capacidad de disentir, contradecir y ser críticos a lo interno de la organización aceptando y aplaudiendo todo cuanto hagan dirigentes de superior rango.

Y no es que se irrespete a los miembros del comité político o central pero no se pueden presentar cambios donde no se permite el aporte de nuevas ideas. Hace unas décadas atrás ser peledeísta era un orgullo y se distinguía por ser diferente mientras que ahora es sinónimo de vergüenza y al igual que los demás partidos son tildados de ser todos iguales.

La realidad es que no hay nada más incierto que la generalización. No son todos iguales ya que hay mucha gente honesta, profesional y capaz pero ha sufrido la exclusión de quien no tiene los medios económicos o relaciones de poder que les apalanquen hacia posiciones donde puedan dar el ejemplo y hacer la diferencia.

Hemos permitido que se perpetúen los dirigentes más convenientes que casi siempre son los peores. Esta es una oportunidad de oro para el gobierno y los partidos de rescatar su popularidad dando espacio a quienes lo merecen y no a quienes les convienen.

 

 

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