Pese a los atropellos, persiste la solidaridad

Por Manuel Volquez viernes 9 de junio, 2017

 

El odio de los haitianos hacia la República Dominicana, es evidente. Las razones son históricas. Los constantes atropellos y provocaciones de Haití al pueblo dominicano son viejos. Esa nación ha hecho de la provocación y el chantaje, un arte y un negocio, pues se pinta como víctima ante el mundo para obtener beneficios integrales, práctica a la cual le ha sacado sustanciosos provechos económicos y políticos.

Un ejemplo de esas provocaciones son las constantes actuaciones de policías e inspectores aduanales que se dedican a destruir a sus compatriotas los productos de origen dominicano que éstos compran en los mercados binacionales que cada semana funcionan en Pedernales, Elías Piña, Jimaní y Dajabón.

Haití ha vendido al mundo la idea de que supuestamente vulneramos los derechos de su gente, mientras por lo bajo incita a invadir de manera pacífica, a todos los niveles, el territorio dominicano. Esa realidad la vemos a diario en nuestras calles y avenidas con mujeres y niños haitianos pidiendo en los semáforos o con la entrada masiva de indocumentadas embarazadas que terminan pariendo y recibiendo asistencia médica gratuita en los hospitales dominicanos.

En el 2014, el Gobierno dominicano gastó 5 mil 280 millones de pesos al año en atenciones médicas para las parturientas haitianas, tanto las que viven en el país de manera regular como las que cruzan la frontera para ser atendidas en los hospitales nuestros.

La revelación la hizo en Washington, en noviembre de ese año, el senador Reinaldo Pared Pérez, quien además señaló que el Estado gasta mil 800 millones de pesos en la documentación de los haitianos que viven de forma irregular en el país. Esos datos demuestran el espíritu humanitario y solidario de la República Dominicana con Haití, ya que invierte millones de su presupuesto en mejorar las condiciones de esas personas, sacrificando la salud de los locales.

Esa receptividad no ha variado y todavía se les está brindando esos servicios a las parturientas haitianas, naturalmente bajo la reserva jurídica y constitucional de que las criaturas preserven la nacionalidad de ellas, que terminan residiendo en el suelo nacional. Siempre he dicho que la peor desgracia de República Dominicana es compartir la isla Hispaniola con otra nación. Es una realidad que también atormenta a otros países de la región que sobreviven con fronteras comunes.

Tal vez por estrategia de geopolítica, principios elementales de derechos humanos y razones económicas, no por miedo o debilidad, la República Dominicana siempre le ha dado la mano a la vecina nación en los momentos difíciles y ha tolerado las bofetadas provenientes de ese Estado fallido; pero Haití hace como los gatos: cierra los ojos para no agradecer ese gesto.

Veamos algunos hechos que demuestran la buena fe de nuestros gobernantes hacia ese país, y no odio o apatridia como nos quieren describir a escala mundial. El 12 de enero del 2010, un terremoto de 7 grados en la escala de Ritcher destruyó las zonas más vulnerables de Haití, devastando e incomunicando su capital Puerto Príncipe. Los edificios colapsaron, y dejaron incontables millares de heridos y muertos. La escena era severa, y para hacer las cosas peor, las réplicas sísmicas no dieron pie al descanso.

El gobierno dominicano y la sociedad civil cruzaron de inmediato la frontera de forma simultánea para ofrecer servicios médicos y labores de infraestructura. Envió alimentos, agua embotellada, y la maquinaria pesada para ayudar en la remoción de escombros. Los hospitales en la región suroeste del país fueron puestos a disposición, así como los aeropuertos para recibir las donaciones que serían distribuidas a Haití.

El personal del Centro de Operaciones de Emergencia (COE) atendió más de 2, 000 heridos, el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (Indotel) ayudó a restaurar los servicios de telefonía, en tanto la Cruz Roja Dominicana y la Cruz Roja Internacional coordinaron los servicios de atención a la salud.

En adición a los esfuerzos del gobierno, muchos dominicanos se unieron espontáneamente a la causa en centros de recolección, mientras que otros  ofrecieron planes privados y otros materiales destinados a esa nación.

Igual solidaridad fue canalizada en el 2016 cuando Haití fue azotada por el huracán Matthew dejando un trágico balance de decenas de muertos, destrucciones de los predios agrícolas, y sin hogar a miles de familias.

En esa ocasión, el gesto humanitario del gobierno dominicano volvió a sentirse allí cuando envió hacia el paso fronterizo de Jimaní 30 camiones con cargamentos de alimentos, agua, medicamentos, así como productos para la reparación y construcción de viviendas, además, varias cocinas móviles de los Comedores Económicos, raciones de alimentos, vituallas y enseres del hogar a través del Plan Social de la Presidencia, mientras la Armada Dominicana destinó uno de sus barcos con asistencia humanitaria a las zonas incomunicadas de ese país.

Y lo insólito del caso es que algunos líderes haitianos se opusieron a esas ayudas, aunque no así las que llegaban desde otras naciones.

Recordemos que el 12 de abril del año 2009, grupos vandálicos haitianos trataron de matar a tiros al presidente Leonel Fernández, durante su visita a Haití, trama criminal que causó una controversia en las relaciones entre ambos países. Si no fuera por la rápida acción de su seguridad y la protección de los soldados de la Minustah, lo habrían asesinado.

La visita oficial de Fernández al Palacio Presidencial en Puerto Príncipe tuvo que ser interrumpida por la presencia de jóvenes manifestantes quienes quemaron neumáticos y tiraron piedras para protestar por unas supuestas declaraciones despectivas que habría hecho previamente a su visita el mandatario quisqueyano.

Pese al intento de asesinarlo, el 13 de enero del 2012, Fernández retornó a Haití para  la inauguración de una universidad construida por ingenieros criollos y donada  a esa sociedad por República Dominicana, pero durante el acto, al que asistió el entonces presidente Michael Martelly, grupos haitianos despegaron las letras en bronce del nombre del profesor Juan Bosch puestas en el edificio del auditorio y pidieron que sea colocado el del emperador Jean-Jacques Dessalines (1804-1806). Se dijo que un senador haitiano encabezó la disidencia para que se quitara el nombre del ex mandatario dominicano y una foto colocada dentro del Auditórium de la universidad.

Por Manuel Vólquez

mvolquez@gmail.com

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