Personajes relevantes en la historia cultural y literaria de Jánico (4)

Por Miguel Collado

Ana Dolores Infante de Rivero (1919-2004):

Poetisa y educadora hostosiana

 

Preámbulo

 

Hasta muy avanzado el siglo XX los maestros que enseñaban en las escuelas dominicanas se formaron bajo el influjo del pensamiento hostosiano en el período 1879-1950. Asimilaron el amor por las letras y el sentido crítico propios de la visión hostosiana. Y es a esa corriente de pensamiento a la que responde, con su ejemplo como educadora y con su vocación literaria puesta de manifiesto a través de la poesía, Ana Dolores Infante de Rivero, mentora de muchos de sus discípulos iniciados en el cultivo de las letras. El autor de esta serie de artículos es uno de ellos.

 

Destacamos en este artículo las dos facetas más sobresalientes de Infante de Rivero desde nuestra perspectiva de investigador microhistórico: la de educadora hostosiana y la de poetisa, aunque no son las únicas en las que ella descolló. Además de oradora de verbo encendido, fue una entusiasta gestora cultural, animando grupos y participando en actividades orientadas a la preservación y divulgación de la cultura janiquera en todas sus manifestaciones. Sus ideas e iniciativas siempre gozaban de una positiva valoración. ¡Era una líder en su pueblo!

Su nacimiento tuvo lugar el 28 de julio de 1919 en la sección Loma del Corral del municipio de Jánico. Sus padres fueron Juan Infante  y Juana Ramona Collado. Toda su vida transcurrió en su amado Jánico, donde expiró el 27 de julio del año 2004, faltándole solo un día para cumplir 85 años. En ese mismo año de su deceso también fallecen dos poetas dominicanos importantes en la historia literaria dominicana: Ramón Francisco (1929-2004) y Rafael Abreu Mejía (1939-2004).

 

La educadora hostosiana

 

Tuvo su primera experiencia magisterial en 1935, es decir, a los 16 años de edad. El paraje de Boca de los Ríos —de la sección de Baitoa, hoy municipio perteneciente a la provincia de Santiago— fue el escenario de esa primera experiencia. En esa comunidad, caracterizada por la ruralidad, dirigió una pequeña escuela-hogar, tipo taller escolar. Su empeño por enseñar y la pasión y entrega con que asumía su labor docente, le merecieron el respeto y la admiración de los habitantes de aquel poblado y el cariño de sus infantiles discípulos.

 

 

Inicialmente estudió en la escuela urbana de Jánico en los años 20 y 30 del siglo XX. Aquí tuvo a tres de los educadores con mayores méritos en la historia de la educación janiquera como sus maestros en los niveles primario e intermedio: Juan Antonio Collado, Zaida María Collado y Antonia Fernández de Concepción, sobrina del patriota Fernando Valerio. De ellos aprendió las técnicas pedagógicas que habrían de convertirla en la maestra ejemplar que fue, poseedora de una gran capacidad didáctica, puesta de manifiesto en su facilidad para darse a entender y en la forma de interactuar con sus alumnos. Era la maestra orientadora con una evidente vocación hostosiana: formaba jóvenes para que fueran útiles y rectos ciudadanos. Luego continuó sus estudios en la Escuela Normal «Emilio Prud’Homme» de la ciudad de Santiago de los Caballeros, donde se graduó de Maestra Normal. Esa escuela, oportuno es decirlo, fue fundada en enero de 1881 por el Ciudadano de América Eugenio María de Hostos (1839-1903) y Prud’Homme (1856-1932) fue uno de sus discípulos más aventajados. Y ella conoció la obra poética, de hondo contenido patriótico, de este clásico poeta puertoplateño, autor de las letras del Himno Nacional Dominicano.

Ahora bien, ¿dónde realmente podemos ubicar el inicio de la carrera magisterial de Ana Infante de Rivero? En la Escuela Rudimentaria Rural de la sección Las Mesetas del municipio de Jánico. Fue nombrada el 16 de septiembre de 1940 y permaneció allí hasta el 31 de octubre de 1958: es la primera etapa de su trayectoria magisterial. En reconocimiento a la excelencia de la labor docente desarrollada durante casi veinte años recibió múltiples distinciones de parte de los organismos educativos oficiales, adquiriendo notoriedad dentro de la comunidad de Las Mesetas. Los niveles de promoción y alfabetización en dicha escuela, durante el tiempo en que ella fue maestra, fueron de alta significación. Ella se integró plenamente a la vida de esa sección: sus días libres los dedicaba a visitar hogares para conocer las condiciones bajo las cuales vivían sus alumnos y así saber de qué modo ayudar en la solución de los problemas propios de la vida en el campo. Su intención —muy noble y humana— era la de acercar la escuela a la realidad existencial del estudiante en un claro intento de comprenderlo, sensibilizándose con su realidad social y económica. Era la maestra identificada con los problemas de un pueblo, con los problemas del hombre; era la educadora hostosiana.

Esa compenetración de Ana Infante con la comunidad de Las Mesetas le permitió enriquecer el programa de enseñanza, incorporando al mismo elementos que reflejaban la realidad existencial. La naturaleza, por ejemplo, constituyó un material didáctico de gran valor, por lo que en la escuela de aquel poblado hizo preparar un huerto escolar de unas cuatro tareas a manera de campo de experimentación agrícola. También hizo crear allí un jardín formado por figuras geométricas y en el fueron sembradas rosas, claveles, gardenias y otras plantas ornamentales que las alumnas, bajo la asesoría de ella, cuidaban con extrema dedicación.

El 31 de octubre de 1958 marca el inicio de su segunda etapa de su carrera docente: es trasladada a la Escuela Primaria-Intermedia «Dr. Arturo Grullón» de la Villa Santo Tomás de Jánico (la zona urbana del municipio). En este plantel impartiría docencia hasta el momento de su retiro en marzo de 1980. Veinticuatro años después fallecería, producto, en gran medida, de la despiadada enfermedad de Alzhéimer que, de modo progresivo, fue minando su salud.

Ana Dolores Infante de Rivero enseñó Lengua Española durante todo el tiempo en que fue maestra y era una estudiosa del lenguaje: constantemente hacía cursos de actualización, adquiriendo un gran dominio de la dicción y alcanzando una cultura lingüística notable. Era un deleite dialogar en su hogar con ella: ¡una fiesta del espíritu! Todo el tiempo era maestra. Nos resulta muy grato recordar nuestros intercambios de ideas con ella sobre una diversidad de temas. Y así eran formados los maestros en la escuela hostosiana desaparecida del sistema de enseñanza dominicano en los últimos años del régimen trujillista a raíz de la firma del Concordato en la Santa Sede en 1954.(1)

 

La poetisa

 

La vocación literaria no se aprende: con ella se nace, aunque, producto de las influencias o del estudio sistemático, la misma pueda que se fortalezca y dé frutos mediante la práctica escritural. En el caso de Ana Infante fue así: su interés por el arte literario nació con ella y las influencias recibidas de sus brillantes maestros —ya citados— contribuyeron a que ella, tempranamente, mostrara su estro poético: ese sagrado fuego que lleva dentro y provoca el nacimiento de sus versos. Su admiración por su maestro Juan Antonio Collado dejó huellas temáticas en su poesía, especialmente en sus cantos patrióticos («La Patria», «El Pabellón», «Sangre en mi Patria», «A Juan Pablo Duarte», «A Francisco Alberto Caamaño»);  en aquellos en los que le rinde culto a la naturaleza («El arroyuelo», «El árbol», «La primavera», «El otoño»); en los que pone su atención en la herencia indígena («Indios de Quiqueya», «Recordando a Guarionex», «Cayacoa»); y en los que manifiesta su amor filial o intimista («Mi madre», «Mi primer hijo», «Mi Lourdes», «Hogar paterno»). En el capítulo «Educadores ejemplares» de nuestra obra Jánico. Notas sobre su historia(2) aparecen fragmentos de algunos de esos poemas, que ilustran el espectro temático de su obra poética ya descrito.

Su potencial creador nunca tuvo como obstáculos sus múltiples ocupaciones como maestra y mujer de hogar con familia formada. Lo que en otro artista de la palabra podía ser motivo para desfallecer y ser presa del desencanto, en ella era acicate, estímulo para proseguir el vuelo. Es la razón por la que su producción poética es prolífica, aunque en gran medida inédita: solo dio a la luz pública dos poemarios: Poemas fragmentados(3) y 18 versos inéditos.(4) El primero trae unas palabras de presentación muy bien escritas por Paíno Dagoberto Abreu Collado, destacado profesional y excelente articulista janiquero:

«Solo aquellos seres muy sensibles pueden ser poetas, porque la poesía verdadera brota del alma o del espíritu antes que del intelecto. Muchos no llevamos alma de poeta, pero la poesía nos conmueve y, por eso, cuando jóvenes, leíamos a los clásicos del Siglo de Oro español como Garcilaso de la Vega, Lope de Vega y Cervantes; después a Rafael Alberti, a Pedro Salinas y a Miguel Hernández; y luego, más cerca, leíamos a Neruda y Nicolás Guillén y, casi tocándolo con nuestras manos, a Don Pedro Mir. Doña Ana no tiene que ser tan grande y reconocida como los poetas históricos. Aquí, en este escondido terruño, entre montañas, en este pequeño mundo nuestro que se llama Jánico, nos bastan los versos de los Poemas fragmentados para cantarle a la vida, a la Patria y al amor».(5)

En el prólogo del segundo poemario el profesor Agustín Báez —valioso gestor cultural janiquero fallecido hace poco— dice lo siguiente: «En este manojo de poesías la poetisa Ana Infante pone de manifiesto interioridades, deseos e inquietudes; en especial, su gran amor hacia la naturaleza».(6) En el poema «El árbol», contenido en esa misma obra, queda simbolizado ese amor a la madre natura de la inmortal educadora, poetisa y oradora Ana Infante. La sensibilidad y la humanidad con que ella describe el árbol en ese texto nos hace pensar que la autora surge del mundo interior del mismo, como si existiera un vínculo íntimo entre ella y el árbol, es decir, entre la naturaleza y ella. Está escrito en cuartetas, estrofas estructuradas por cuatro versos octosílabos y con rima consonante, rimando siempre el primer verso con el tercero y el segundo con el cuarto. A continuación lo transcribimos íntegro:

 

EL ÁRBOL

 

Árbol de raíces fecundas,

de corteza dura y suave,

de corazón noble y profundo,

de abrigo mullido de aves.

 

Árbol que nace en el prado,

en el barranco y en la loma

que cubre la tierra pródiga

con su bienhechora sombra.

 

Árbol de extraña nobleza

que cobija y que da abrigo,

que purifica y da belleza

al hombre, que es su amigo.

 

Árbol en quien Dios puso

la utilidad toda, entera,

para que ofreciera al mundo

horas muy placenteras.

 

Árbol de maderas preciosas,

de resinas y almendros en flor;

árbol de frutas sabrosas,

de limoneros y de girasol.

 

Árbol que le serviste de cuna

a mis dos hijos al nacer

¡yo te bendigo y te cuido

para que vuelvas a florecer!(7)

 

Finalmente

 

Ana Infante de Rivero nunca consideró que jubilarse del magisterio, el dejar de enseñar en las aulas, significaría el cierre definitivo de un capítulo tan trascendente en su vida como el de haber sido maestra por casi medio siglo (1935-1980) en forma consecutiva, sin parada, sin recreo. ¡Eso jamás! Desde su hogar continuaba transmitiendo a la juventud janiquera sus ideas, sus conocimientos y su honda preocupación por el futuro de la comunidad que la vio nacer para nunca dejar de crecer. Continuó escribiendo y creciendo en ese hogar que era hogar de todos los que la admirábamos y la amábamos. ¡Y todavía sigue creciendo en la memoria de su pueblo, de su Jánico amado!

 

Notas

 

(1) Consultar: Miguel Collado. «Tributo a la ejemplar educadora Ivelisse Prats-Ramírez», artículo publicado en el periódico digital Acento.com (Santo Domingo), del 14 de octubre de 2020. Recuperado de: https://acento.com.do/opinion/tributo-a-la-ejemplar-educadora-ivelisse-prats-ramirez-8871240.html (30-06-22).

 

(2) Miguel Collado. Jánico. Notas sobre su historia. Santo Domingo, Rep. Dom.: Editora Pavel, 1993. Págs. 235-237.

 

(3) Ana Dolores Infante Vda. Rivero. Poemas fragmentados. Reseña biográfica y nota editorial: Miguel Collado; presentación: Paíno Dagoberto Abreu Collado. Santo Domingo, Rep. Dom.: Editora Pavel, 1994. 50 p.

 

(4) Ana Dolores Infante Collado Vda. Rivero. 18 versos inéditos. Prólogo: Agustín Báez. [Jánico, Santiago]: [s. n.], [s. f.]. 30 p.

 

(5) Op. cit., pág. 19.

 

(6) En: 18 versos inéditos…, p. 5.

 

(7) Idem, pág. 15.

 

Por Miguel Collado

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