Perdone y reconcíliese con sus enemigos

Por Enrique Aquino Acosta domingo 6 de diciembre, 2020

Al hablar de conductas que debemos superar, necesitamos reconocer en primer lugar, nuestra desobediencia, rebeldía, infidelidad, indiferencia e incredulidad hacia Dios. En segundo lugar, nuestros pecados sexuales: adulterio, fornicación, lascivia, lujuria, sensualidad, obscenidad, incontinencia, erotismo, impudicia, concupiscencia, homosexualidad y lesbianismo. Estas conductas sexuales que son contrarias a las normas de Dios y nos convierten en sus enemigos. De ahí, que sumemos a nuestra vida muchos enemigos gratuitos y pagados. Los primeros están a la vista y  los conocemos.

Sin embargo, los segundos son ocultos. Son aquellos que nos sonríen, saludan y abrazan con hipocresía, para sacar provecho personal de nosotros. Son capaces de todo: maquinan, traman y se empeñan en  ejecutar cualquier maldad contra nosotros.

En realidad, se asemejan a los enemigos que tuvo Jesús, que lo murmuraban, calumniaban, se les oponían, lo rechazaban, lo perseguían, acusaban, insultaban y  lo metieron en la cárcel.

Además, presionaron para que lo juzgaran y condenaran. Y como si todo eso fuera poco, también solicitaron que lo crucificaran. En consecuencia, Jesús sufrió diversas formas de humillación en la cruz: desprecio, insultos, burlas, golpes, dolor, angustia y experimentó la muerte. Desde luego, Jesús experimentó la muerte, no por sus propios pecados, sino, porque estaba dispuesto a pagar los tuyos, los míos y los de toda la humanidad. Si  a un justo e inocente como Jesús, lo trataron de esa manera, ¿qué podemos esperar tú y yo?

Como enseña la Palabra de Dios,  tú y yo no luchamos contra la carne ni  la sangre de las demás personas. Luchamos contra principados y  potestades. Contra fuerzas ocultas  y ejércitos espirituales de maldad (Ef 6:12)  Por eso, necesitemos usar las armas espirituales que Dios ha puesto a nuestra disposición. Necesitemos usar la oración, su Santa Palabra, su amor, la fe,  la obediencia y  las acciones de alabanza y  adoración que debemos dirigir exclusivamente hacia su Santo y Bendito Nombre.

Además, preguntemos ¿Por qué Jesús no se defendió de sus enemigos? Jesús no se defendió de sus enemigos, porque tenía su conciencia limpia y no lo acusaba. ¿Por qué Jesús no se suicidó? Jesús no podía suicidarse, porque es obediente a su Padre, quien prohíbe el suicidio ¿Por qué Jesús murió de esa manera? Jesús fue a la cruz a padecer y a morir, no porque careciera de poder para evitarlo, sino,  porque sabía que tenía que cumplirse lo que está escrito acerca de ÉL en las Sagradas Escrituras (Is 53:3-7) Otra actitud sumamente importante, que asumió Jesús, mientras estuvo sobre la cruz, fue perdonar a sus enemigos y lo  hizo, porque su corazón estaba lleno del amor de su Padre, que es como debemos tenerlo nosotros.

Se recuerda, que antes de la muerte de Jesús, se había producido la de Judas Iscariote. Jesús le había advertido que él sería su delator y traidor. Y así fue. Por eso, terminó suicidándose, porque su conciencia lo acusaba de haberlo traicionado.

De haber hecho lo indebido. Por cierto, muchas personas imitan a Judas Iscariote. Toman la misma decisión y terminan en desgracia. ¿Por qué toman esa decisión? La toman, porque pecan voluntariamente y no se avergüenzan ni se arrepienten de sus pecados. Sin embargo, es preferible ser acusado falsamente y sufrir como Jesús, que ser acusado y condenado por ser culpable. Es mejor sufrir por hacer la voluntad de Dios y ser honesto, que sufrir por hacer lo malo (Ro 6:23; 1 P 3:17)

Respecto a los actos de nuestros enemigos, Dios ve y oye todo. Sin embargo, nos advierte que no lograremos vencer ni hacer huir a nuestros enemigos, si la maldición del pecado esta  sobre nuestra vida. Por eso, necesitamos obedecer sus mandatos, seguir su sabio consejo, ser fiel y servirle.

De lo contrario, nuestros enemigos nos quitarán  las bendiciones, nos arruinarán  y nos pondrán a padecer hambre, sed, desnudez y otros males (Dt 28: 47-58) A pesar de ello, Dios nos cela como la niña de sus ojos y se enoja, pelea, toma venganza y vence a nuestros enemigos. Dios no pierde una sola batalla. Por tanto, tengámoslo como nuestro auxilio y refugio más cercano cuando tenemos cualquier necesidad. Dios es tan justo y especial, que no da por inocente al culpable ni por culpable al inocente. Por eso, debemos depender del poder de su gracia, de su infinito amor y de su misericordia.

Por otra parte, Dios  prohíbe que tomemos venganza contra nuestros enemigos. Dios prohíbe que apliquemos el “ojo por ojo y diente por diente”. Prohíbe  que paguemos mal con mal. ¿Por qué lo prohíbe? Lo prohíbe para que no terminemos al mismo nivel de nuestros enemigos. En vista de ello, debemos imitar a Dios en cuanto a la práctica del bien. No debemos imitar lo malo.

Debemos esperar que la ira y la  justicia de Dios se manifiesten en nuestros enemigos para que paguen el mal que han hecho, ya que la venganza es atribución de Dios y no de nosotros. Sin embargo, tenemos el  deber de orar y bendecir a nuestros enemigos para que el Espíritu Santo los convenza de sus pecados y los arrepienta. Debemos pedir que Dios los adopte como hijos para que se conviertan en nuevas criaturas y vivan en santidad (Dt 32:35;1 S 12:11;Nahúm 1:3; 1 Co 5:17)

Finalmente, amigo lector(a), le invito a creer que Jesús sacrificó su vida y murió por los pecados suyos, míos y de toda la humanidad. Por tanto, arrepiéntase, apártese de sus pecados, reconcíliese con Dios y viva en santidad. Evite que su alma (pensamientos, sentimientos, voluntad y espíritu) pase la eternidad en el infierno cuando muera. Líbrese de experimentar la muerte segunda, junto a aquellas personas cobardes, incrédulas, abominables, rebeldes, homicidas, fornicarias, ladronas, hechiceras, idólatras y mentirosas que se negaron a arrepentirse de sus pecados. Además, imite a Jesús y ame, bendiga, haga bien, ore, perdone y reconcíliese con  sus enemigos. Establezca una amistad respetuosa, sincera, amable y permanente con ellos (Mt 5:44; Ro 5: 8-11; Ap 2: 11,21:8 y Judas 1:12)

 

 

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