Para mejorar la toma de decisiones

Por Felipe José Cuello Pérez

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Felipe José Cuello Pérez, M. Sc.

El ejército Pruso que derrotó al de Louis Napoleón llegó al terreno entrenado tanto en lo militar como en lo estratégico, anticipando así en casi un siglo a la corporación RAND de los EEUU, cuna de la teoría de juegos.

Los juegos de simulación – auxiliados ahora por la informática – permiten sintetizar el aprendizaje empírico: aprender a hacer, haciendo, sin mayores consecuencias materiales. Por ello, el Pentágono estadounidense asigna US$10 millones de su presupuesto anual al financiamiento de las simulaciones. La suma, que puede ser compartida por otras dependencias gubernamentales, impresiona por su modestia en el contexto del billonario presupuesto de defensa, equivalente al 40% del gasto mundial en armamentos.

La responsabilidad última de los líderes es tomar decisiones. Las simulaciones les permiten ponerse los zapatos de sus oponentes, permitiendo a los participantes analizar las cosas integralmente.

El experto Matthew MacCaffrey propone una clasificación interesante: “los modelos son representaciones a escala del mundo real … cuando se examina un modelo a lo largo del tiempo, se convierte en una simulación … cuando los bandos opuestos compiten entre sí en una simulación, es un juego de simulación … cuando un juego de simulación involucra a facciones armadas en conflicto, es un juego de guerra” (Wargame).

Los centros de pensamiento como la corporación RAND emplean una mezcla de diseñadores de juegos, operadores diplomático-militares, analistas, científicos sociales, programadores y soporte de tecnología de la información para sintetizar situaciones relevantes. Usan las simulaciones para una variedad de propósitos y emplean una amplia gama de herramientas, enfoques, métodos de adjudicación y conjuntos de habilidades.

Las lecciones más valiosas resultan de ejecutar una simulación muchas veces variando escenarios, roles y reglas.

Los buenos juegos son espacios rituales dentro de los cuales el juego se vuelve real para los participantes, aportándoles “experiencia sintética” que les permite recordar por décadas los roles que jugaron. Son, para ellos, experiencias vividas visceralmente que generan emociones y rinden lecciones similares a las de eventos reales.

La República Dominicana tiene pendiente incorporar las simulaciones al aula de clases y a la toma de decisiones gubernamentales. Las simulaciones de crisis o los modelos de la ONU y la UE se practicaron en el país con gran éxito durante casi dos décadas, cayendo recientemente en decadencia.

Pero dicha experiencia está perdiendo continuidad en los bachilleratos y, lo que es más preocupante, nunca influenció la formulación de políticas públicas. Debieran convertirse en una herramienta clave para entrenar futuros diplomáticos y funcionarios públicos en el ejercicio práctico de la función que desempeñarán.

Aprovechar el potencial de los juegos de simulación para fomentar la innovación y elevar la calidad de la formación académica de diplomáticos y funcionarios amerita seria consideración. Para ello, hay que incorporarlos explícitamente a la enseñanza, con un compromiso de varios años que permita explorar problemáticas, desarrollar y probar nuevas ideas.

El resultado será una comunidad de expertos en capacidad de aprender haciendo y no solo memorizando para mejorar la toma de decisiones.

 

 

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