Panorama del teatro dominicano en la ciudad de Nueva York (Parte 1)

Por Enmanuel Peralta miércoles 10 de julio, 2019

Desde 1961, tras la muerte del tirano ​Rafael Leonidas Trujillos ​una caterva de emigrantes desde la ​República Dominicana hacia los Estados Unidos empezó a establecerse en la Ciudad de ​Nueva York​. De tal emigración, que consecuentemente aumentó tras años tras años, se “colaron” bastantes artistas de diferentes ramas. No nos toca aquí ocuparnos de la historia, bastante pésima, pero sí de los problemas que atañen al teatro en estos tiempos realizado por dominicanos en la ciudad de Nueva York.

El “problema” es identificado por algunos grupos de teatro compuestos por inmigrante en la gran ciudad, como el ​“problema del teatro latino”. E​ s insignificante hacer un análisis total de todo el teatro hispanoamericano en Nueva York para el presente artículo. Nos enfocaremos solamente en el teatro dominicano. Por dos razones, uno es que el estado dominicano tiene políticas culturales establecidas respecto al teatro en la ciudad de Nueva York, por lo tanto intereses políticos-culturales, y por consiguiente económicos como explicaré más adelante. Lo segundo por razones que este medio es prensa nacional y le atañe el interés de información nacional, y de la diáspora. Y de cualquier manera, el teatro dominicano como parte de la hispanidad en la`ciudad norteamericana, alude eficientemente a una de sus partes, quizás una de las más fundamentales por razones comunes de la supervivencia de este arte.

El mal que bien llamado “problema” del teatro dominicano en la diáspora, no se ha fijado de manera académica, pero la constitución de tal “problema” no amerita ahondar en un profundo problema filosófico, en tanto que si en conocer algunas causas, ni que aportar algunas soluciones críticas materialistas signifique el descubrimiento del siglo. Lo que llamamos “problema” del teatro, muchas veces lo denominamos como si fueran simplemente tratar los asuntos estéticos o de teatralidad. Cuando, el problema consiste, obviamente, y sin equivocación alguna, en una cuestión principalmente económica, por tanto social. Pero, ¿ hay un teatro estéticamente muy mal hecho? Si, muy mal, pero también lo hay muy bien hecho, como pasa incluso en el circuito de Broadway y en todas partes del mundo desde la Pampa Argentina hasta Vladivostok.

El primer problema, no es, si el teatro dominicano es “bueno” o “malo”. Se ha auto engañado el dominicano en pensar que su teatro es “malo”, por el simple hecho de que no es como el de los gringos. Esta perspectiva reduccionista, pesimista e irreal se expande como chinchas en todos los medios de comunicación, en las tertulias de los poetas, y en algunos granujas hacedores de cine, y dentro del mismo círculo miope del teatro dominicano, pero ni muchos menos en las alabanzas autogestionadas de muchos actores emocionalistas que cuyas alabanzas al teatro colindan con la estupidez. Estos hacen más daños, los que alaban, que los detractores.

Sin embargo, este no es el problema fundamental. Si no, que, en primera instancia la vocación teatral requiere que sus agentes puedan comer y vivir en la sociedad neoyorkina de los beneficios de su trabajo, que sirve de motor para un desarrollo oportuno de la calidad y la influencia del mismo. ¡ Y jamás olvidemos que la necesidad tiene cara de hereje! Si los gestionadores del arte teatral, los dramaturgos, los directores, actores, etc…, no se plantean la cuestión desde el ámbito económico no habrá una conclusión exacta sobre la confusión imperante del porvenir del teatro dominicano en la Gran Ciudad, y, vivirán en un eterno apocalipsis. Pues el teatro no consiste en “la magia” ni en tratar de insuflar “sabiduría” de manos de unos cuantos “iluminados” cerebrales ni del optimismo sucio de los que “trabajan por la causa del amor al teatro”. Entonces, es cuando el planteamiento económico es fundamental. Como en definitiva aspiraron ya muchos años atrás, los yankees. En este sentido la comparación es aplastantemente en favor de yankeelandia, pero de hecho objetivo esto no significa que el teatro dominicano sea “malo” respecto a los Yankees. Aunque hay abundante excepciones. Nada más hay que visitar los famosos festivales, o los abundantes “awards” que premian hasta las obras más insignificantes, obras horriblemente incapaces de conmover una mosca.

Este medio agotador de producir teatro no ha encontrado la forma de sobrevivir formalmente para sostener los proyectos teatrales que muchos grupos intentan realizar con vehemente calidad. El Hombre es un animal “economicus” decía Marx, y los hombres del teatro no son diferente. Existe en el teatro esas “ganas de luchar” por alcanzar una posición económica comparativa en cierto grado a los proyectos teatrales de los circuitos de Broadway y otras partes del mundo de forma generalizada, aunque lo que más abunda es la apestosa idea de esperar coronar o ser un asimilado en los circuitos de Broadway y no la de forjar un teatro por nuestra propia voluntad y hambre de éxito con un teatro competente en lengua castella, preferimos continuar la perpetuidad de colonia anglosajona. Y se ven atrapados como en la persecución del personaje Jack Torrance contra su hijo en el laberinto del Hotel Overlook en Colorado en “The Shining” por Stanley Kubrick.

Pero cuáles son las causas del “problema”? El teatro dominicano en la diáspora, desde que los dramaturgos y agentes de teatro empezaron su actividad artística fue un instrumento discursivo de propaganda de ideologías políticas con fines de crear “conciencia” nacional sobre posturas políticas e ideológicas acerca de la realidad de la República Dominicana desde New York, donde no se mostró ninguna trascendencia, y donde la mayoría de las obras eran importadas desde R.D. Específicamente muchas obras eran panfletos “marxistas” o mejor dicho de carácter pretendidamente marxista( como la que cierta directora me envió una pretendiendo que yo actuara en ella y recibió el rechazo de mi parte y de todo los miembros de mi compañía). Tales autores extravagantes nos abstendremos de citar, no porque sean tan solo unos pretendidos panfleteros marxistas, sino por irrelevantes en todo su quehacer teatral. Y quizás, incluso irrelevante en su teatro politiquero, por reducir el teatro a podrida “poesía ideológica” y a un costumbrismo exageradamente sin costumbre. Porque ¿ a qué autor de los noventas se le ocurre “brillar” políticamente en este contexto: reciente conflictos de Estados Unidos con la Unión Soviética, y Cuba, y el dramaturgo desde gringolandia haciendo obritas de ideas comunistas en suelo norteamericano, y muchas veces contra los mismos yankees? Eran realmente descabellados, chiflados y al final dejaron la herencia de su desfachatez a una caterva de hacedores de teatro, que todavía anda levitando en espejismos de baratijas con el comunismo más rimbombante y extravagante, hasta de risas, como si la caída del muro de Berlín fue un relato novelesco de Thomas Mann.

Pero el punto de partida donde hubiese podido, el teatro dominicano, lograr un verdadero avance en la magnitud de sus producciones, fue cuando estadistas de la política dominicana, especialmente de economía, y no de las artes, descubrieron un elemento importantísimo que podría disminuir los envíos de remesas de los residentes en la diáspora hacia la República: la pérdida de la identidad, y la pérdida rápida de los lazos familiares en una segunda  generación. No digamos una tercera. Esto lleva, rápidamente a elaborar una política de fomento de la cultura en tierras extranjeras, en términos primordialmente económicos y no esencialmente artísticos y culturales. Esto no quiere decir que en todo caso de implementar tales políticas no se pueda lograr ambos cometidos, los culturales y los económicos, y el teatro hubieselogradoundesarrolloulterioryunprofundocambiosifuesenimplementadas tales políticas con responsabilidad, y sobre todo eficacia.

Fue así como nació el Comisionado Dominicano de Cultura en Nueva York, también en muchas otras ciudades se extendieron tales políticas desde la República Dominicana. Esta idea económica no era tan descabellada, hagamos un breve bosquejo del teatro tanto en París, como en Múnich, tuvo una vinculación importante respecto a la visión económica de dichos de dichas ciudades. Cuando un estado pone atención sobre determinada actividad económica, y el arte, en este caso el teatro, podría ser unos de sus principales armas de competencia, el arte desde cierto sentido florece. Por ejemplo tanto Lincoln Center como los circuitos de Broadway están muy ligados a ciertas actividades comerciales que le rodean, por ejemplo el turismo en Nueva York, que le proporciona a las producciones de Broadway una masa gigantesca de boletas vendidas hasta con un año de antelación.

Hace poco me encontré con mi amiga Betsy Cohen encargada de finanzas general de Lincoln Center. Estuvimos conversando sobre la temporada de finales del 2018, el cual vimos la ópera la Fianchuella del West de Giacomo Puccini. La ópera costaba dos millones de dólares cada función, y aunque se hubiesen vendidos todas las boletas no compensaba el costo por funciones- que no se vendieron todas-, sin embargo, los productores ejecutivos a pesar de que muchas producciones como esta necesitan subvenciones de donantes y la ciudad, el teatro se mantiene con un vigor tremendo. A qué se debe? A la actividad económica que rodea a Lincoln Center: hoteles, bares, restaurantes, etc… Y el prestigio turístico que le proporciona a la ciudad depende exactamente de las actividades realizadas en la plaza. De lo contrario el espectro comercial de la zona colapsaría en un 70% y los costos de los comerciales y las viviendas se caerían sórdidamente en su tasación. Nueva York, es una importante metrópolis del teatro, y es aquí donde pretendemos competir, una de las capitales de teatro más refinado en términos puramente comerciales, sin que dejen de existir grandes obras que compiten con las grandes ciudades del mundo donde el teatro es parte de sus maravillas como lo es en Alemania con sus grandes ciudades Munich, Berlín y Viena. Y muchas otras urbes como Londres, París, Moscú, etc… Y nosotros los dominicanos e hispanos en general, pretendemos crear una colonia teatral en rebelión contra el gigante industria de Gringolandia: Broadway, nada más y nada menos que con “la magia” del teatro.

Muchos críticos no entienden la oposición real del gobierno de los Estados Unidos, que comprendo, respecto a cualquier intento progresivo y sistemático de llevar a cabo una política de industrializar el teatro hispano en cualquiera de sus ciudades. Antes de pretender resolver el “problema” esto debemos tenerlo claro. Y tener mucho cuidado con las falsas aspiraciones que no sean realmente profundas para lograr nuestros objetivos teatrales, aunque esto lo ampliaré en la siguiente parte.

De antemano solo les digo que jamás se deje ilusionar de tales aparatosos “centros estudios” culturales hispanos de institutos norteamericanos como la señorita Beatriz J. Rizk en el Journal Cultural Estudios en un capítulo especial de sus “Investigaciones del Nuevo teatro” donde afirma que el multiculturalismo “ha eliminado toda posibilidad de una sociedad cultural superior o inferior a otra”. Semejante cuento y macaneo lo pueden encontrar en El Teatro de las Comunidades Latinas y Su Relación con el Contexto Social Determinado, artículo 14, pag. 79. Todo este capcioso estudio es un esquema básico para enamorar teatreros hispanos y lambiscones dispuesto siempre a dejarse endulzar por montones de palabras huecas acercadenuestraapariciónculturalenelespectrodelaselvaYankee.Como laboratorio científico, que solo busca conocer nuestra estructura interna con el fin de desarticular cada membrana y mimarnos a sus experimentos. Estos estudios consisten principalmente en vender información a los estamentos de poder para tomar decisiones oportunas respecto a cualquier actividad creciente que convenga o no convenga políticamente. Que yo lo veo normal, lo malo está en la vana ilusión, de que algún día los norteamericanos se van a rendir y aceptar nuestras propuestas culturales como ellos aceptan sus obras autóctonas. Esperar el reconocimiento Yankee no es el camino de salir del “hoyo” del teatro hispano en general, pueden renunciar a dicha idea, que ese camino está completamente cerrado de su parte, a pesar de los logros importantes de “ latinos politicians” en puestos de poder. Esto efusivamente, tiene que tener en cuenta evidentemente una especie de “lucha de clases” que puede consistir en una especie de industria paralela que plantea una forzosa competencia en suelo neoyorquino. O rendirse y disolverse a la espera de una firma o un contrato por parte de una productora de Broadway. A los actores les podría ir bien, que tienen una paciencia combinada con una ilusión enorme para soportar los estragos de la amargura que causa la espera de la media tajada de un rol cualquiera en una producción Yankee.

Volvamos a este cruce de Políticas monetarias dominicana, que mencionamos antes, junto con la política de cultura, que por primera vez el país pudo conectar las artes con una realidad nacional económica, viendo la importancia de explotar económicamente nuestra cultura, nuestro quehacer teatral en este caso específico, pudo ser una oportunidad aprovechable con el más instintivos de los rigores del hambre teatral, y económico por supuesto. Como lo han hecho de variadas formas las grandes potencias.

Y también hubo un agregado a las nuevas políticas económicas-culturales de la aún en desarrollo República: promover el turismo dominicano por medio del arte teatral. Parece mentira sin embargo es parte de los objetivos políticos del Comisionado, aunque haya fracasado casi en su totalidad en este último punto, y casi igual en todos los objetivo anteriores. Aunque Felipe Rodríguez, encargado de teatro del Comisionado, siga delirando arduamente con que a través de dicha institución se ha influido en el turismo hacia la República Dominicana. Estas políticas no son imposible, al contrario son ágilmente realistas, oportunas y provechosas, sin embargo parecen desmoronarse por un acantilado debido al infortunio del trabajo ineficaz de sus ejecutores tanto de allá, como de aquí.

Pero avancemos, en cuanto al Comisionado D. de cultura desde entonces nos preguntaremos si ha servido para estropear el teatro de los dominicanos o lo ha hecho avanzar? El Comisionado podría prestarse para un avance, pero cuyos objetivos quedan aniquilados por la falta de tacto y análisis, no solo de sus funcionarios, también los gobiernos dominicanos, y en forma muy sutil los gobiernos norteamericanos(de esto último hablaremos después). A esto sumemosle otro problema del Comisionado Dominicano de Cultura, es el proselitismo constante de sus funcionarios en causas políticas partidistas en las que se ven obligados, las pugnas por mantener un puesto político es constante, y se desatienden asuntos sumamente importantes para la agenda del teatro. Estas pugnas crean una real inestabilidad, tal que si al ganar otro partido contrario, por ejemplo, al actual haría inmediatamente un cambio absoluto de cualquier proyecto en curso(Si es que el Comisionado tiene algún proyecto).

De manera que, por falta de estrategia, táctica, y sentido profundo del trabajo a realizar el teatro dominicano en la gran manzana se mantiene como una especie de zoológico donde se puede ir a visitar a ver qué hacen “los monos”. Una especie de actividad exótica, como ver las danzas de los indios de las praderas. Ese museo de reliquias de poetas y dramaturgos, y de viejos rechonchos ha incapacitado la innovación y la aceleración de un desarrollo del panorama teatral dominicano en la ciudad de los rascacielos.

Decimos entonces que la ambición del Comisionado D. de Cultura es grande pero que no ha sido aprovechado, porque las políticas económicas con miras hacia el teatro son verdaderamente productivas sea cual fuere el objetivo económico final es conveniente para los dominicanos que se dedican teatro en caso de que funcionara, si tal fuese el interés y la capacidad de sus funcionarios. La mente corta y oportunista de algunos, no todos, reduce su que hacer como dije antes a una especie de “zoológico cultural”, cuando no a un “museo de reliquias” azotadas por las tormentas de su quehacer fuera de contexto y de tiempo. Y de paso hay que hacer algo antes de que llegue el derrumbe inevitable de la única estructura política cultural que pueda ser competitiva, aunque flojisima, que posee el teatro dominicano en el exterior. Este tipo de trabajo coordinado con las políticas estatales sólo puede aprovecharse como un impulso al desarrollo jamás como una dependencia, pero tampoco pronunciar tales mojigangas de teatro de “autogestión”, más bien debe de haber un sentido íntimo de emprendedor, capaz de buscar ideas, espacios, trabajar arduamente, colaborar y luchar en un terreno de clases en competitividad frente al teatro “oficial”.

Hay que rechazar evidentemente toda clase de optimismo enlatado, exaltaciones emocionales sobre el teatro y plantearse críticamente sobre la realidad. Sobre todo no escuchar muchos a esos actores, emocionalistas, que viven de vanagloriarse de lo que nunca han sido, pero por ser ellos precisamente surge el motor del teatro a-crítico, debido a su falso optimismo es que debemos de cuidarnos de seguir tales corrientes de “pensamiento”. Sobre todo rechazar todo la clase de alabanzas que provenga de periódicos yankees sobre las producciones realizadas por latinos, estos mayormente son alabados porque en el fondo cumplen una función de lacayos en el sistema político-electoral, tenemos varios ejemplos del cual nos abstendremos de mencionar. Estos periódicos para cumplir sus fines políticos casi siempre ensalzan obras evidentemente malas, o malísimas, nunca una auténtica representación de nuestra cultura ni en nuestra lengua. También hay que tener tremendo cuidado con dejarnos insuflar de encantos de otros periódicos latinos en Nueva York, estos sufren la destreza de publicar artículos de alabanzas esporádicas, incluso de las obras más desatinadas, sin ni siquiera ir a verlas al teatro y lo publican como cuestión de hecho. Es decir en definitiva y de manera absoluta, las alabanzas son tan peligrosas cuando vienen de la perniciosa actividad emocional y el sentimentalismo febril que suele caracterizar a muchos estetas e idólatras del teatro, y sobre todo evitar el disparate de caer bien.

Hay que unirse como obreros, emprender con grandes ideas la maquinaria de nuestras producciones, adueñarnos de tantos medios de difusión sea posible, crear un sistema de supervisión de calidad, y evidentemente reclutar un trabajo profesional de relaciones públicas.

En el próximo artículo partiremos de la necesidad primordial de organizar el teatro dominicano como un proyecto “economicus” partiendo estrictamente de sus “problemas”.

Del establecimiento profesional de unas relaciones públicas efectivas y sistemáticas. De una centralización de la difusión y propaganda. La propuesta de una teoría del tipo de teatro que se ha de hacer. El aprovechamiento del “fomento”, aunque actualmente ineficaz, que puede proporcionar el Comisionado. Y el enfrentamiento dialéctico de producciones o “lucha de clases” frente al teatro gringo, o en definitiva disolverse en el teatro norteamericano, como parte de su componente, o como una industria paralela.

Continuará…

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