¡Otra vez la iglesia!

Por Carlos McCoy

La iglesia católica ha perdido perdón en numerosas ocasiones. Les tomó más de quinientos años pedir clemencia por el maltrato ocasionado a los indígenas de lo que ellos llamaron “El nuevo mundo”

Pidieron perdón por haber tratado como bestias a 70 millones de almas. Seres sobre los cuales el teólogo español, Tomás Urtiz escribió “Los indios no se diferencian en nada de los animales, vegetales y minerales. Por su propia naturaleza son esclavos y deben ser sometidos a la obediencia de criaturas más racionales”

Sin embargo, estos mismos “indios” fueron los creadores del Gran Imperio Inca. Con técnicas tan avanzadas en Ingeniería, medicina y agricultura que todavía hoy contemplamos con admiración.

Unos “Animales” que fueron capaces de crear Tenochtitlán, la bellísima capital del imperio Azteca que muchos historiadores de la época reconocieron que sus amplias avenidas estaban mejor trazadas que las de muchas ciudades europeas. “Vegetales” que, como los mayas en Centroamérica, eran grandes Astrónomos y Matemáticos.

Estos “Minerales” fueron capaces de construir pirámides perfectas, mejores que las egipcias. Aun así, cronistas españoles como Gonzalo de Oviedo se atrevieron a escribir estas cosas “Los indios son gentes ociosas y viciosas, de poco trabajo. Muchos de ellos, por pasatiempo, se matan con veneno. Y lo hacen sólo por no trabajar. Son tan salvajes que piensan que todo es común”

Hasta Voltaire se atrevió a decir que “Los indios son perezosos, estúpidos, son hombres inferiores”. Fray Cornielle de Paw decía “No tienen alma. Son sólo bestias degeneradas y flojas”. Más de quinientos años después, la iglesia católica pide perdón y reconoce que los indígenas “Sí tienen alma”

Al pedir perdón, la iglesia católica admitió que se equivocó. Que cometió un error. Se confesó. Pero esta no es la primera vez y estamos seguros de que no será la última, en la cual la iglesia católica se ha equivocado. El ‘Mea culpa’ no se queda ahí.

En el 1982 Juan Pablo II pidió perdón por los “errores de exceso” y por la “intolerancia y hasta la violencia en el servicio de la verdad” de los inquisidores. En 1997, refiriéndose al Holocausto, expresó su tristeza por las conciencias adormecidas de algunos cristianos y la resistencia espiritual de otros grupos ante la persecución de los judíos por el nazismo. En el 1995 calificó las expediciones armadas, Las Cruzadas, como graves errores.

En 1985 pidió disculpas a los africanos por la manera en la que fueron tratados en los siglos recientes. En Estados Unidos, en 1984, solicitó perdón por los excesos de los misioneros y en 1987 reconoció que los cristianos estuvieron entre los que destruyeron la forma de vida de los indios.

Los aborígenes nuestros fueron testigos del sermón de Adviento de Fray Antón de Montesinos. En una carta de 1995 que examinó la discriminación histórica de las mujeres, el Papa afirmó que dentro de los responsables se encontraban “no pocos miembros de la Iglesia”. Lo mismo ha hecho la iglesia con la esclavitud, el racismo, su cercanía con los poderes dictatoriales y hasta con científicos como Galileo Galilei.

Ni qué decir del Ecumenismo. Podemos apreciar que la iglesia católica ha pedido perdón por muchísimas equivocaciones. Lo penoso de esto es, que los que pudieron haberlos perdonado, hace muchos, muchísimos años que ya no pertenecen al mundo de los vivos. Por todo lo antes expuesto, nos asaltan algunas preguntas que pudieran surgir en un futuro muy cercano.

¿Cuánto le tomará a la iglesia católica pedirles perdón a dos hermosas niñas que vivieron sin los mimos de su madre porque el tercer embarazo de su progenitora fue uno de alto riesgo y en Dominicana no le permitieron hacerse un aborto terapéutico y murió en el parto?

¿Cuántos años pasarán antes de que la iglesia le pida perdón a esa niña que fue violada por su padre y que hoy pasa por la pena de no saber cómo llamarle a esa criatura que ella trajo al mundo, pero que no pidió, si su hijo o su hermano?

¿Será más temprano que tarde cuando la iglesia católica se arrodille y con el corazón en la mano le pida su indulgencia a esa joven que la obligaron a tener una criatura fruto de una violación por un infectado de VIH y que ahora está condenada a contemplar, en la cara de su hijo, también portador del virus, el rostro de su violador?

Ojalá a la iglesia católica dominicana no le coja tanto tiempo para pedir perdón. Que pueda hacerlo de forma que las perjudicadas, las mujeres quisqueyanas, estén todavía en condiciones de exculparlos.

Pero, aquellos que se hicieron cómplices, con la aprobación del insensible artículo del Código Penal Dominicano, que les cercenan los derechos a nuestras mujeres, unos por acción, otros por omisión y la mayoría por miedo a la iglesia, no tendrán ningún tipo de absolución. Nadie, absolutamente nadie, sale absuelto del confesonario de su propia conciencia.

Pero hoy esos congresistas tienen en sus manos una oportunidad de redimir aquel pecado.

POR CARLOS MCCOY

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