Otra forma de entender la frase del presidente Abinader ¨no mires hacia atrás¨

Por Matías Vizcaíno

“Conocer el pasado es una forma de liberarse de él porque solo la verdad permite asentir o repudiar con total lucidez.” –Raymond Aron-

 

La mañana en que el presidente Luis Abinader mantuvo el entusiasmo de la gente tras su elocuente alocución en la multitudinaria concentración del Partido Revolucionario Moderno (PRM), día 19 de junio, palacio de los deportes Virgilio –Travieso- Soto, lo coloca en el inicio hacia la consolidación de un liderazgo transformacional.  El presidente arengó con la expresión: ¨no mires hacia atrás¨, ante una delegación importante en representación de todos los organismos del partido oficialista cuando todo el centro deportivo se vino abajo.  La sensación se metió por los poros de los asistentes, por las venas y por todo el tejido del ambiente. Solo el sentido de una frase tuvo el poder, incluso, hasta se convirtió en tendencia.

Pero tal vez entre tantos filos que pudiese sacarse a la interpretación, de mi parte, la mía es que el presidente dijo lo siguiente: ¨a partir de aquí, el pueblo nunca más se dejaría embaucar tan fácilmente por políticos que faltaron a sus promesas.  Volver atrás no vale un racimo de guineo, ni una tostada de pan con mantequilla, porque la corrupción ha sido peor que un ciclón batatero que lo destruye todo a su paso¨.  Y el futuro del pueblo dominicano depara de una sociedad abierta, plural y tejida con hilos de innovación y distintos matices socialmente sanos para la utilización de tiempos disruptivos en que la inclusión, creatividad y desempeño eficiente de los funcionarios públicos, es parte de la libertad.

Por eso, el pueblo no estaría dispuesto a perder un segundo más escuchando la manera de explicar cómo en el pasado reciente se despilfarró tanto dinero del erario.  Es decir, por un lado, sirvieron a la creación y difusión de lo banal, de lo deshonesto y lo impúdico. Y por el otro, desahuciaron la oportunidad de convertir esta sociedad, tal y como la describió Raymond Aron, (1958): una sociedad segura en sí misma, con capacidad a disentir, a analizar y a criticar objetivamente el poder, sin temor a ser objeto de amordazamiento, ni de persecución de ninguna clase. Y sobre todo, a ser tolerante.  En resumidas cuentas, un pueblo consciente, que sepa identificar su olor, a conocer sus mordidas y desconfiar de promesas de extraños, es un pueblo libre.

Cabe destacar en cuanto a las promesas incumplidas por parte de político pérfido, malicioso, ponzoñoso y pernicioso, en política se deja arrastrar por el influjo de una lengua viperina y ofrece a un grupo de seguidores villas y castillos, no merece otra oportunidad, incluso, ni para dirigir una Junta de Vecinos; y peor aún, a sabiendas que no es posible cumplir ni siquiera por defecto en simulación virtual, merece el repudio total de sus correligionarios.

En cuanto al comportamiento de pueblos progresistas, el nivel de conciencia se eleva aún más cuando sus ciudadanos aprenden a borrar con estiércol los nombres de políticos que fallaron [premeditadamente] a la comunidad. Tirar al suelo el epígrafe de campaña política de esos que tuvieron la oportunidad de haber hecho lo que había que hacer y no lo hicieron.

Por eso, frente a cientos de representes de la sociedad civil en la ciudad de Asunción, capital de Paraguay, el Sumo Pontífice Papa Francisco, exhortó a la parte sana de la sociedad a que se mantenga al acecho y repele la situación con comportamientos éticos, transparencia, institucionalidad, equidad y evangelización conforme a la moral, porque la realidad es pestilencial y afecta enormemente de arriba hacia abajo a todas las clases sociales y económicas del país; al grado, de poner en peligro y estropear el progreso hacia la libertad.  Por ejemplo: ¨Un método que no da libertad a las personas para asumir responsablemente su misión de construir la sociedad, es el chantaje. [Detrás de esto] siempre hay corrupción: si haces esto, te hacemos esto. -Por eso-, la corrupción es la gangrena de un pueblo¨ Papa Francisco, (2015).

Por Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

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