Odio y política: Una combinación demoníaca

Por JOSÉ FRANCISCO PEÑA GUABA

REFLEXIONES EN EL CAMBIO #94

 

Por: José Francisco Peña Guaba

 

Nunca hemos sido los ciudadanos de esta media isla racionales muchos menos razonables, porque siempre ha estado presente en nuestro idiosincrático ADN, nuestros radicales y pasionales pensares, huérfanos de capacidad analítica, los dominicanos como muchos otros nacionales de países parecidos al nuestro accionan en arrebata vehemencia, prefiriendo promover el odio al razonamiento lógico.

 La mancha del odio y rencor desde tiempos inmemoriales se ha ido extendiendo en toda nuestra geografía, en la política y en toda la sociedad dominicana, produciendo con esto su vertiente más purulenta: la mercantilización del odio en las redes sociales, esta factoría del resentimiento ha creado un discurso de intolerancia, que genera manifestaciones de violencia homofóbica, misógina, racial y la más común de todas, la malquerencia político-partidista.

Lo peor es que quiénes más auspician esas odiosas manifestaciones son una parte de los propios partidos políticos, unos, porque en su comprobado populismo solo buscan el linchamiento moral de sus adversarios, y los otros, porque no dudan en difundir mentiras que generen descontento y violencia para poder beneficiarse de la crispación social.

Siempre hubo en el ayer aversión y antipatía, sobre todo al poder pero, a diferencia de hoy si era justificada, porque no existía democracia, es que vivimos por tantos años entre tiranías y semidictaduras, que a fuerza de la represión, persecución, encarcelamiento, destierro o de viles asesinatos, el pueblo como víctima aprendió a odiarlos.

Es que sentir desprecio por las acciones realizadas por el déspota sancristobalense, el generalísimo Trujillo, o por las hordas de sangre producidas por los incontrolables doce oscuros y largos años del balaguerato, era algo normal, por los tantos muertos, sufrimientos y abusos, no se podía esperar que estos despertarán otra cosa que no fuera la inquina o el aborrecimiento a los actores de esa etapas históricas de triste recordación.

 Sin embargo, sorprendentemente ha sido en la democracia, gracias a la magia de la tecnología, que se visualizan la mayor cantidad de ciudadanos odiadores, porque solo hay que dar un paseo por las redes sociales para comprobar como abundan en el ecosistema digital los denominados “haters”, de hecho una gran cantidad de personas lo único que hacen es destilar sus resabios internos, mandando permanentes mensajes de odio, mediante insultos, críticas soeces y quejas, casi siempre negativas.

Es que en esta sociedad digital hemos tenido que tolerar al intolerante, porque nos ha tocado a muchos ser condescendientes para no ser disminuido por los intransigentes, todo para evitar ser intolerante con la intolerancia. El discurso del odio e intolerancia política que se manifiesta, nos lleva a una serie de reflexiones sobre cuando una opinión es de odio o no, y si se ve afectada la libertad de expresión.

Se establece en la Declaración Universal de los Derechos Humanos el derecho del individuo a la libertad de opinión pero, es que los apologistas del odio utilizan términos discriminatorios y degradantes en un lenguaje que como instrumento estratégico en situaciones controversiales solo sirven a intereses particulares.

Los ciudadanos progobierno, pro-oposición o los antipolíticos tienen que reconocer que las personas tienen derecho a no ser discriminadas por razón de origen social, racial, étnico, religioso, discapacidad, genero, sexualidad o filiación político-ideológica, no obstante, se observa un aumento de expresiones que incitan al odio, que desvirtúan el derecho y protección a la libertad de expresión.

En Colombia en el 2018, una misión de observación electoral realizó un informe sobre la conversación de la ciudadanía en las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, entre otras), y comprobó que más de un 20% de la población enviaba mensajes de intolerancia y polarización, claro está, los mensajes más agresivos se circunscribían al ámbito político, haciendo de la parcialización y la agresividad el deporte nacional.

Si esa incivilidad política que acusamos en nuestra sociedad dominicana al día de hoy, que promueve al odio es odiosa, ¿qué explica su recurrencia?, según explica el reconocido politólogo y analista español José Ignacio Torreblanca, dos son las posibilidades, una, que la política del odio refleje una pulsión irracional del ser humano hacia la destrucción del otro; y dos, que la política del odio sea beneficiosa electoralmente por tanto racional. En la política lo que se busca es el poder, por lo cual “lo que unos ganan es lo que otros pierden”, cada día está más que claro que la política del futuro es la del consenso, lo que hace divisible los espacios de participación entre grupos políticos en pugna, que lo obligan a salir de los extremos y a buscar posiciones más centristas.

Por eso los auspiciadores del odio buscan diferencias morales, identitarias, religiosas o culturales, porque ahí es más difícil conseguir acuerdos fácilmente, estos temas polarizan los electorados, los llevan a los extremos, los alejan del centro para fidelizar los votos de la irracionalidad, sabedores los apologistas del odio, que si el voto es racional el elector puede cambiar su voto en cada elección, solo analizando lo que le ofrezca unos u otros.

Tenemos una gran parte de ciudadanos digitales muy críticos, hostiles y negativos, que aportan nuevos y hasta desagradables puntos de vista a temas de interés general, casi siempre se valen de la burla y la ironía, y aunque son altamente ofensivos siempre buscan ser ingeniosos.

Los del gobiernos y los de la oposición siempre buscan crear el efecto “bola de nieve” con sus críticas ácidas que fomentan la enemistad, para producir pasiones extremistas, configurando un discurso de odio en las redes sociales, escudados en el anonimato y la distancia sobre los grupos o personas agredidas por la falta de empatía y de culpa.

Guardando la distancia hay gente que lo que quiere es hacer de Danilo, Leonel o Abinader, los Bolsonaro, Salvini u Orban, naturales promotores de la intolerancia, queriendo construir en ellos liderazgo de odios, buscando hasta sin quererlo crear un espacio político que busque como fin último coincidir con los antipolíticos, que solo desean desprestigiar la política y deslegitimar la democracia.

Estamos a la zaga de la estrategia basadas en las Fake News (noticias falsas o engañosas), en un bulo pseudoperiodístico que a través de las redes sociales buscan desinformar, mediante este mecanismo se construyen ficticias imágenes, y se asesinan reputaciones, está es la forma más usadas hoy para erigir a populistas, o para matar moralmente a líderes o dirigentes.

La invitación al odio genera monstruos sociales y desprecio a los gobernantes, lo vemos en los extremos que se asumen cuando ciudadanos se alegran que a los exfuncionarios además de presos, se les nieguen sus derechos fundamentales, construyendo una nueva clase política que se desplaza a una relación que en vez de adversarios políticos sean de enemigos.

 El juego democrático debe validar las diferencias, y la existencia del oponente, como un actor legítimo dentro de una democracia, los odios promueven que el adversario no solo debe ser derrotado, sino eliminado, porque no tienen derecho a existir, en una forma de hacer política que ahonda divisiones, fracturas y cicatrices que terminaran en un círculo vicioso de la venganza.

Quiénes buscamos construir una sociedad donde el odio sea apenas una expresión marginal, tenemos que tener conciencia de nuestra propia responsabilidad al evitar que se siga propagando y admitiendo la proliferación de estos discursos, se puede y debe hacer justicia sin odios, así como recuperar lo hurtado, sin violar derechos humanos, se puede hacer un gobierno serio solo sirviéndole de paradigma a la población y de ejemplo auditor al funcionarato público.

 Veo saña y disfrute de los indignados digitales cuando detienen en un operativo a un ciudadano, no obstante, cuando se le despacha al imputado por no tener pruebas, no veo a los mismos críticos exigiendo compensación o retribución moral en favor del inocente arrestado por el daño realizado.

A todos, en la política nuestra, desde que tengo uso de razón lo han acusado de corrupción, solo es un problema de tiempo, señalaron a los balagueristas, guzmancistas, jorgeblanquistas, leonelistas, hipolitistas y ahora a los danilistas, la diferencia son los actores y los montos envueltos; también los harán cuando les toque salir a los de este gobierno, aunque Luis Abinader asuma una acción impoluta a su gestión.

La integridad probada de Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez los hace ser ellos los más honestos del país, porque a su desaparición física solo esos dos grandes líderes y patriotas no dejaron bienes económicos algunos, porque para los fines a diferencias de estos honestísimos paradigmas, todos los demás somos pecadores.

El odio hace con la política una combinación explosiva, demoniaca, porque salen a relucir los más bajos instintos, esa propensión al ultraje, a la humillación, al vasallaje y a la degradación moral, sobre todo a la negación del derecho ajeno, no niego sentir preocupación por lo que ha de venir, cuando en vez de unir a la sociedad para defender los derechos del pueblo ante la corrupción y el pillaje, a efecto de una acción de nación que no se sienta o se vea parcializada, primero, porque la venganza será “le motif” de unos y el miedo a la represalia de otros, por eso no se puede odiar ni a personas, ni a partidos, ni a funcionarios, solo aplicar la ley, siempre respetando el derecho constitucional a la presunción de inocencia.

Al fin, no hay que llegar a extremos, solo buscar mecanismos para restituir al Estado lo hurtado, eso es mucho más importante que el morbo público, que en la arena circense pide sangre.

La política del odio no la práctico, porque nunca he creído en ella, me cuido de no dañar mi corazón y de reconocer las luces donde otros ven sombras, virtudes donde otros solo ven defectos, cosas buenas donde otros solo atinan a ver manchas; creo que el liderazgo político actual en nuestro país dejará un legado más positivo que negativo, al final deberemos valorar las gestiones de Leonel, Hipólito, Luis y Danilo, cuando el tiempo pase y las aguas de la pasiones vuelvan a su cauce, entonces desapasionadamente podremos evaluar las acciones positivas realizadas en sus administraciones.

Mientras veo a no pocos rumiando como hienas un odio que terminarán envenenándoles el alma, e insuflando odios a una ciudadanía centrada en la lucha por su sobrevivencia, que busca un culpable a su desesperanza, y que como respuesta a su profunda frustración e impotencia terminan también propalando mensajes de repulsión y encono.

No podemos replicar la política del odio, como se expresa en un trabajo de la prestigiosa revista Letras Libres, porque la discrepancia y el conflicto son elementos esenciales de la política. Lo que diferencia a populistas de los pluralistas, es la manera de entender la confrontación, de aceptar o no la legitimidad del adversario. Tenemos que entender que el populismo crea un discurso que disfraza los verdaderos problemas y designa al otro como enemigo.

Les aconsejo a los electores, militantes y dirigentes políticos que no se dejen arrastrar por la pasión desenfrenada que siempre deviene en malquerencias y en odios, al final todos somos habitantes de un país pequeño enclavado en la casi dos terceras partes de una isla caribeña, de un poco más de 10 millones de personas, donde a fuerza de la vecindad social y geográfica nos conocemos todos, porque somos un patio de familiares, amigos, compañeros y compadres, donde en vez de cultivar el odio, debemos sembrar el amor, donde apliquemos justicia con cero impunidad y exista un régimen de consecuencias, donde no intervenga el electoralismo.

No caigamos en la trampa de la animadversión gratuita, exijamos el fin de la impunidad pero, sin odios ni retaliaciones, porque teniendo en cuenta las referencias históricas a suerte de que puedan regresar los que se fueron, esto terminará en un círculo fatal de la revancha.

 Como bien lo establece el prestigioso profesor de sociología y politólogo de la Universidad de Málaga, Dr. Francisco Collado, remarca que el odio es una herramienta política, que ya Maquiavelo consideraba en su obra “El Príncipe” poco óptima, para el rendimiento político, y poco beneficiosa para la gobernanza. Sin embargo, los políticos apelan al discurso del odio, porque en su opinión, el odio y el terror “son instrumentos al servicio de intereses políticos, y hacen fortuna en tiempos como este, de fracturas sociales y en la que la capacidad de los populismos para influir en el electorado es notoria”.

 Por desgracia, ignorar el odio no lo elimina, porque una de sus características es la persistencia. Así lo expresaba el Santo y Arzobispo de la Iglesia Católica de los años 600 D. C., Isidoro de Sevilla “el odio no se quita con el tormento, ni se expía por el martirio, ni se borra con la sangre derramada”.

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