Ocaso del imperio: Una parte de su elite no quiere distensión con América Latina

Por Francisco Rafael Guzmán

Es evidente que la burguesía norteamericana, especialmente la porción de ella que está vinculada a las finanzas, el negocio petrolero y la fabricación de armas, se resiste al evidente ocaso del imperialismo estadounidense. Hace muchos años, pero ya avanzada la década de 1970, alguien me dijo que cuando a Estados Unidos se le agotaran las fuentes de materias primas entonces las cosas iban a ser de otro color para los países subdesarrollados, como son los latinoamericanos, asiáticos y africanos.

Sin embargo, la verdad es que según las mediciones desde 1970 los yacimientos petroleros de EE. UU. cayeron en picada, aunque en años recientes han estado divulgando noticias de supuestas nuevas reservas, lo que parece ser una estratagema más que una verdad, porque al parecer es un petróleo que su explotación y modo de extracción es diferente y riesgoso para los ecosistemas. Se trata del llamado petróleo de esquito.

Mientras tanto, con la llegada de Donald Reagan a la Casa Blanca a principios de los 80 se nota la resistencia de los republicanos conservadores a la caída del gran imperio del Norte, pero ya no solo son los republicados y sobre todo a partir de la llegada de Joe Biden, si no que también los demócratas se resisten a aceptar que el fin del imperialismo norteamericano se está viviendo.

No obstante, el veterano de la diplomacia norteamericana, Henry Kissinger,  les está diciendo grandes verdades los que se resisten que Estados Unidos puede seguir siendo Gendarme del mundo.

Sin embargo, la génesis  del proceso de globalización como la conocemos hoy día, la que tuvo  por caldo de cultivo las condiciones creadas a partir de la negociación de la deuda pública por varios gobiernos y el triunfo  del modelo neoliberal en la economía, hay que buscarla en la crisis petrolera que arrancó en 1973 con las alzas decretadas por los países árabes agremiados en la OPEP.

La deuda pública creció mucho, especialmente la de la de países subdesarrollados no exportadores y no productores de petróleo, ya que la de estos  alcanzó un monto de 190,000 millones de dólares más o menos hacia el umbral de la década de 1980, mientras los países árabes exportadores de petróleo e Irán, entre ellos: Siria, Arabia Saudita, Kwait, Yemen, Sudan, Libia, Irak, etc., obtuvieron ganancias extraordinarias o superávit con sus exportaciones de petróleo en unos 4 o 5 años desde el 1973 por más de 179,000 millones de dólares.

En realidad, los árabes no sabían qué hacer con ese dinero, debe tenerse en cuenta que los dólares de aquel tiempo rendían muchas veces que los dólares de ahora, porque su poder adquisitivo era mucho mayo, al ser los precios mercancías y servicios muchos más bajos. Una parte de ese dinero fue a bancos europeos y norteamericanos, lo que dio pábulo a que los bancos quisieran ganar dinero con ese dinero, prestándole a los deudores pero además poniendo el FMI condiciones a estos cuando acudía a ese organismo para poder pagar a los bancos, incluso medidas de corte político para esos gobiernos.

Había que pagar deudas a esos grandes  bancos que tenían un pasivo que era un activo para los depositantes árabes que vendían petróleo caro, pero por este estar así (caro) los gobiernos de países como República Dominicana tenían que cogerle prestado al FMI para pagarles a los bancos, pero el FMI le exigía que el dólar se rigiera por el libre juego de la oferta y la demanda al igual que se quitaran controles a los precios de los productos, en breves años esto último condujo a la necesidad de importar.

Ahora bien, con la falta de control estatal del dólar y los precios de los productos en los mercados locales se perdió poder adquisitivo en la moneda local, porque subían los productos por no haber controles en los precios y las materias primas importadas aumentaban de precio al no haber control en la tasa de cambio y subía la prima del dólar. No  solo hubo carestía, si no también desindustrialización y quiebras de empresas comerciales y con ello aumento el desempleo.

La migración hacia países como Estados Unidos y España aumentó desde América Latina. Esto provocó problemas en muchos núcleos familiares, aunque aumentaron ingresos algunas familias con las remesas. Aumentó la pobreza. Las clases y sectores populares fueron más explotados con aumentos de las horas de trabajo de la jornada laboral.

Los jóvenes que no migraron sufrieron más las consecuencias del desempleo. Las pandillas juveniles se incrementaron. Desaparecieron casi todos los clubes juveniles y los sindicatos, estos últimos con las reformas al código de trabajo para impedir la libertad y lucha sindical.

Pero el mundo comenzó a cambiar cuando a finales del primer lustro de los 80 comenzó a triunfar el neoliberalismo en el mundo. Las reformas políticas no se hicieron esperar, el Estado de Bienestar comenzaba a ser enterrado. Esa reversa se acelera con los vertiginosos cambios en la tecnología electrónica, lo que es más notorio a mediados de la década de 1990; sin esos dos cambios sería imposible hablar de globalización  como la conocemos hoy día y que tanto malestar ha traído a la humanidad,  porque al parecer hay un estado de alienación que nos lleva el uso abusivo de la tecnología electrónica que creemos que todo está bien, cuando en realidad estamos cavando la tumba del planeta y enterrando la vida en él.

En tal sentido, lo que no han querido entender las elites políticas y las clases dominantes, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados, incluyendo esa élite local que encabeza el presidente Luis Abinader, es que ese modelo de capitalismo salvaje no es viable, si pretendemos que el planeta no colapse. Sencillamente, no es posible mantener una economía basada fundamentalmente en el crecimiento de los servicios, una economía basada fundamentalmente en turismo y zonas francas.

No hay preocupación por la producción agrícola y ni por la producción industrial, sobre todo la agricultura y las industrias que menos afecten el medio ambiente. En cambio construyendo edificios tomando préstamos, sin tomar en cuenta que producimos menos cada vez y nos quedamos con menos tierras de cultivo y la población creciendo sin controles de natalidad. Este capitalismo salvaje es insostenible en América Latina y en República Dominicana en particular, es bueno que lo sepan quienes no quieren entenderlo y Colombia lo demostró con el Mayo Francés colombiano del 2021 y ahora en el 2022 lo demostró en las elecciones.

 

Por Francisco Rafael Guzmán F.

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