De nuevo sobre la “Diáspora”

Por Rolando Robles martes 31 de octubre, 2017

Al principio yo solo estaba molesto porque tanta gente, a las que yo les supongo un cierto acervo cultural, repetían una y otra vez el disparate mayúsculo de que los dominicanos que vivimos fuera de la isla, somos una “diáspora”. Mi “quille” era porque yo no entendía -y aún sigo sin entender- ¿Cuál es la razón para que usted repita, sin pensar, todo lo que oye?

Lo menos que yo esperaba era que mis amigos trataran de analizar el significado, alcance e implicación de este novedoso vocablo, antes de repetirlo, hasta con cierto orgullo diría yo, y solamente porque les resulta simpático y está asociado al heroico y polémico pueblo judío. La verdad es que los dominicanos no somos, ni parecemos, ni nos interesa que se nos perciba como una “diáspora”, por las implicaciones que tiene.

Motivado por esa vieja debilidad “cocola” de compartir lo que uno cree que tiene utilidad, dediqué un par de cuartillas en los periódicos, para explicar histórica y sociológicamente hablando, en qué consiste el yerro de llamar “diáspora” a la comunidad dominicana residente en Ultramar. El título de dicho artículo es: ¿Existe realmente una diáspora dominicana? y lo pueden encontrar en la web. Desde luego, solo refleja mi punto de vista particular.

Mas luego descubrí lo que casi todo el mundo sabe, pero no quiere ni comentar. Que el problema no es que nuestros líderes y comunicadores sean deficientes en el manejo de la historia y sus verigüetos, que muchos de ellos es verdad que lo son. Lo que sucede es que se sienten tan disminuidos en su auto estima cultural, que aceptan cualquier adjetivo foráneo -en especial si es judío y aunque resulte ser despectivo- que no es el caso en cuestión. Luce como si creyeran ser inferiores ante un pueblo tan antiguo, como lo es el de Israel.

Es muy cierto que el pueblo de Judea es inmemorial; que su cultura es casi tan remota como la civilización misma. Y por igual es verdad que la Dominicanidad no es milenaria, que somos una nación de tan solo 200 años de existencia. Pero eso somos, somos lo que somos; aunque no sea exactamente lo que los Febreristas soñaron. Ahora, el trabajo de esta generación, es construir una identidad cultural acorde con los principios nacionalistas que ellos nos legaron; es una materia que aún tenemos pendiente de aprobar.

Los reyes judíos, Saul, David y Salomón, equivalen -en cierta forma- a Duarte, Sánchez y Mella; aun y cuando los primeros fueron gobernantes de Israel y los segundos, solo forjadores de la Dominicanidad; que por una decisión casi personal de otro de nuestros próceres -en un momento de ejercicio absoluto del poder- fueron colocados en el mismo nivel de honor. A consecuencia de éste aguerrido acto, ahora tenemos una mesa coja de dos de sus patas e inexplicablemente, en nuestro altar se “reza a la vez a tres santos”. Pero repito, eso es la Dominicanidad.

Una declaración de principios para los Trinitarios y un epíteto para ciertos sinvergüenzas, que hoy están tanto en el Gobierno, como en la Oposición. Sin embargo, para la gran mayoría de nosotros, para la gente común, la Dominicanidad es una condición inalienable de nuestro ser. Es parte de nuestro ADN; y siempre lo escribiremos con mayúsculas.

Pero volvamos a la preocupación original: el por qué repetimos tanto lo de “diáspora” dominicana. Creo que la “falta de orgullo nacional” del pueblo nuestro -que supongo algún día habremos de discutir públicamente- es el motivo por lo que asimilamos con tanta facilidad las costumbres ajenas. Porque me niego a aceptar que es por la baja escolaridad de nuestra gente; pues hasta en los mas humildes y recónditos hogares dominicanos, existen los códigos de honor, trabajo y respeto, que fueron impuestos por padres totalmente iletrados a sus hijos. Definitivamente, las causas van mas allá de la educación formal y casera; y también del nivel social.

La proclividad a seguir las modas o “mañas” que nos llegan, quedó manifiesta en el caso de esos cachimbos colectivos llamados “hokahs”. Son muy antiguas y utilizadas en Asia, pero nosotros las conocimos hace solo unos años, y ya son tan populares como el mangú y el beisbol. Y no hay razón valedera para explicar estas ligerezas, que no se generen en la baja autoestima cultural.

De estos asuntos es que yo quiero escribir y hablar. Y pienso que en la comunidad del Exterior, que hoy está tan expuesta a la pérdida de los valores nacionales como lo están los residentes de nuestra frontera, es de donde deben salir las primeras voces; las primeras proclamas contra ese virtual abandono del Estado al mandato constitucional de preservar las soberanía e independencia, física, política y cultural.

Ya para finalizar mi conversación, debo precisar que mi resistencia al mal uso del vocablo “diáspora”, no es simplemente porque me moleste que no se averigüe su significación profunda antes de difundirla. Lo que mas me preocupa es la relación que guarda con la situación actual de nuestro país.

Una de las características de la diáspora judía es que su territorio -al ser expulsados los judíos- era ocupado por miembros de otra etnia, nación o país, es decir, por el pueblo que los mandó al exilio. Solo de pensar en lo que implica aceptar socarronamente que somos una “diáspora”, me asusto grandemente; por la ocupación -todavía pacifica- del país por parte de los haitianos, que hoy tiene lugar.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

 

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