Nuestros innatos latidos ascendentes

Por Víctor Corcoba Herrero miércoles 14 de agosto, 2019

“Los hijos del amor al verbo que conjuga el nítido verso, hemos de amarnos siempre con grandeza cristalina, como ese aire transparente de la mañana que nos resucita cada día; a pesar de nuestros inhumanos lenguajes violentos, prepotentes y arrogantes”.

En esta vida todos los caminos son conducentes a un futuro poético, tan eterno como tierno, sólo hay que dejarse penetrar por la contemplativa que nos envuelve. Ciertamente, tenemos que batallar para que ese auténtico abrazo con la dicción, nos acerque a ese común latido hasta hermanarnos y poder ascender a esa convivencia mística que toda alma requiere. La autenticidad es clave para ese ascender meditando, venciendo mundanidades y convenciéndonos, de que hemos de acoger y recoger otras vivencias más innovadoras que confluyan en una locución de moradas vivas, capaz de revivirnos por dentro más que por fuera,  porque para entrar en armónica plenitud se requiere de una fuerte pasión por desposeerse de cuerpo y volverse infusión.

El referente de María, elevada a la espiritualidad celeste por siempre, porque en todo momento acogió en su interior el lenguaje de Dios, nos impulsa a repensar sobre nuestro modo y manera de peregrinar por la tierra. No olvidemos que los hijos del amor al verbo que conjuga el nítido verso, hemos de amarnos siempre con grandeza cristalina, como ese aire transparente de la mañana que nos resucita cada día; a pesar de nuestros inhumanos lenguajes violentos, prepotentes y arrogantes.

Indudablemente, nuestros innatos latidos ascendentes que todos portamos mar adentro en nuestra existencia material, nos invitan a explorar los silencios y a concebirlos para sí como aliento, a reflexionar en soledad, aún con todas sus incertidumbres y dolores de aquí abajo, pues siempre aparecerá una expresión de consuelo en el camino,  una señal que nos haga despertar y vivir para los demás, una voz que nos descubra trovadores, y por ende, cauce y proclama de sentimientos, más allá de este deambular sin sentido por el planeta, pues en efecto el deleite de todo himno nos transfigura.

En ese divino mundo de la libertad, atrás quedarán los desvelos de la cotidianidad de cada despertar, con un único pensamiento, la certeza de volver a ser ese pulso de amor al Creador, por parte de cada uno de nosotros. Únicamente así, seremos el cántico perfecto, la balada gloriosa de los hijos de la épica, transformados en hondas letanías en honor de nuestra Señora, la Virgen María. Junto a esa “Arca de la alianza”, gobernarán otros vivientes entusiasmos más edénicos, que nos harán brotar emociones inenarrables, en esa fuente de colores y calores metafóricos, capaces de renacernos en cualquier santuario cósmico, yuxtapuesta a la eterna amapola de la alegría.

Por tanto, de ese amor que nos injertemos unos a otros, vendrá una siembra poética en los corazones, con resultados verdaderamente fraternales. Todo ha de ser poesía porque todo ha de ser verdad. Aquí está la llave de la esperanza. Todo el tiempo será nuestro, rescataremos sueños, los haremos presentes, y luego regresaremos a lo perenne como un vocablo más, que al juntarse con otros, confluyen como un enigma de luz, que nos da vida y nos verifica en la pureza del ser. Cada órgano, lo percibimos, es único.

También nuestros andares son singulares y clarividentes. Al contacto con la pasión del querer todo el mundo se vuelve más imaginativo. Esa gran palpitación poética que floreció del entusiasmo de María, inspirada por la fuerza del espíritu siempre en guardia, hizo germinar el Magníficat. Precisamente es un retrato, un verdadero grabado de una mujer generosa que proclama a los cuatro vientos que el Señor es grande, y que en lugar de oprimirnos nos eleva, hasta el punto de ser la Madre del hijo de Dios, pero también nuestra abogada, con todo el esplendor de la dignidad divina, que es verdaderamente sensible y jamás impasible.

 

Justamente, María vive en la palabra, fue la primera poeta del orbe, pues hizo de la terminología (de Dios), su vida; forja de esa inspiración creativa, sabiduría para sus andanzas. Tengámosla como referente. Ojalá entre la dulzura en nuestro instante actual, para hacerla presente en nuestras vidas, seguramente comprenderemos entonces que un poema es como ese alma que no se ve, pero que se siente, que es voz que nos conviene escuchar, y horizonte que nos permite observar y ver. Con justicia fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, y con su estímulo (el del Creador), es reina del cielo y de la tierra.

Por tanto, al estar en la estrofa de lo etéreo (con Dios y en Dios constantemente), está también con nosotros, ya que como dice el cántico del Magníficat “… el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos…”.Confiemos en poder entrar de lleno en el templo de la lírica, con la fuerza de Jesús en la Cruz y su Madre a los pies. No hay mayor resistencia al mal. Seguramente nos vendrá bien, de ello no tengo duda alguna, ahora que andamos hambrientos de cariño y sin placidez bucólica alguna para poder evadirnos del maldito interés, propiciado por el poderoso caballero Don dinero.

Por Víctor Corcoba Herrero

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