Nuestro imperio del ruido

Por Enrique Alberto Mota jueves 9 de agosto, 2018

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Una de las acepciones del termino ruido, según Wikipedia, es “todo lo molesto al oído, o más exactamente, todo sonido no deseado”.

Si acogemos como buena y válida esa definición, es una conclusión obligada que en la República Dominicana, muy especialmente en la Capital y sus alrededores,  las actividades cotidianas se desenvuelven en un ambiente sumamente molesto,  con consecuencias nocivas para la salud.

De acuerdo a la misma fuente, Wikipedia, los efectos ocasionados por el ruido en la salud de las personas son muy variados,  entre ellos la pérdida de la audición total o parcial, el estrés, agresividad, falta de rendimiento, depresión, alteración de los músculos y muchos otros.

Partiendo de esos numerosos y muy variados efectos, podríamos, entonces,  explicar algunas de las conductas que han convertido en casi una labor titánica mantener un ambiente de convivencia armónica en la República Dominicana.

El ruido está presente en la vida de los habitantes de Santo Domingo y sus alrededores desde las  primeras horas del día.  Vendedores ambulantes empiezan a ofrecer sus productos con la nueva modalidad de mensajes grabados y reproducidos a través de bocinas, que se repiten ininterrumpidamente durante horas hasta llevar a la desesperación a los impotentes transeúntes y residentes y quienes laboran en las cercanías .

Los conductores de vehículos, muy especialmente los patanistas  y choferes de guaguas y otros vehículos del transporte público, expresan su urgencia en llegar a sus destinos  o su necesidad de captar pasajeros a través de un incesante sonar de sus bocinas, cuya intensidad depende de su prisa o de la magnitud de sus problemas económicos.

Y  es peor en el caso de los que, por desgracia, residen o trabajan cerca de las muy en boga paradas de  carros del concho, donde los choferes inician desde prácticamente el amanecer a vociferar con una intensidad que hace palidecer el famoso grito de Tarzán, llamado el Rey de la Selva, por su fortaleza en la batalla contra humanos y animales y por su capacidad pulmonar.

Ese es un lugar común en la vida de los capitaleños y habitantes de otras ciudades del país, sin importar si residen o sus labores se desenvuelven en las cercanías de centros docentes o clínicos, en los que el intenso ruido tiene efectos devastadores.

Este ambiente que tímidamente describimos podría ser uno de los factores responsables de un comportamiento cada vez más extendido en nuestro medio, en el que la intolerancia y la agresividad hasta niveles insospechados se hacen sostenidamente más patentes.

Resolver o al menos paliar esta realidad es una tarea urgente de las autoridades, sobre todo del  Ministerio de Medio Ambiente y del recientemente creado Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre,  que tiene la responsabilidad de reducir los niveles de ruido como uno de los más odiosos contaminantes.

Del éxito de esa tarea, entre otros factores, depende  el incremento de la calidad de vida de muchos dominicanos, o por el contrario, de que se mantenga un estado de cosas que puede hacer colapsar la convivencia armónica, un imperio del ruido.

Por Enrique A. Mota G. (Tuto Mota)

 

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