Nos estamos convirtiendo en una sociedad violenta

Por GARIVALDY SANCHEZ viernes 24 de mayo, 2019

La situación de violencia imperante en la sociedad dominicana continúa su ascenso a niveles cada vez más preocupante, dejando víctimas a su paso en los diferentes extractos sociales del país.

De ello dan muestra los reportes de personas afectadas por  la delincuencia común (robo de celulares, motocicletas, carteras, entre otros) derivando en ocasiones en muertes lamentables.

También se registra  la violencia de género, reflejada en las escandalosas estadísticas de los feminicidios, así como lo  relacionado  a temas complejos como el sicariato y narcotráfico.

Una mirada en torno a los últimos casos que han trascendidos a los medios de comunicación y las redes sociales relacionado al sector educación, deberían haber disparado la alarma del colectivo nacional, al tratarse de hechos de violencia que involucran a estudiantes, con desenlace de muerte y agresiones físicas; pues se espera que la educación -parafraseando a Nelson Madela- sea la mejor arma para transformar el país, pero si en esta área también tiene espacio este fenómeno a tales niveles, es para no dejar indiferente a ningún sector.

Lo descrito no tiene la pretensión de pintar un panorama que produzca pánico a lo Hans Memling con su pintura el “Juicio Final”, sino llamar la atención sobre un “fenómeno multicausal” y complejo que atañe y afecta a todos directa o indirectamente, que requiere de soluciones conjuntas, por tratarse de una agresión al sagrado derecho de la vida humana, que debe ser respetada en todas sus dimensiones.

Por lo tanto, urge establecer como país metas comunes, constituyéndose como prioritaria: “la aspiración a un desarrollo integral e inclusivo fundamentado en los valores”. No basta un desarrollo económico-material por sí solo, sino se encuentra acompañado de un desarrollo ético, donde se respete la dignidad de la vida y se practique el amor, la justicia, la honestidad y demás valores éticos.

De ahí, que en las circunstancias actuales se debe asumir como un imperativo categórico la construcción de una “cultura de paz”, que engloba -siguiendo la definición de las Naciones Unidas en la Resolución A/52/13 de 1998- una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación entre las personas, los grupos y las naciones.

Como país, es hora de asumir este ideal universal, no de continuar buscando culpables para señalar mientras se permanece en la inercia; pues toda problemática que exige un compromiso general para su solución, incluye una responsabilidad personal en la acción. Por lo tanto, como sociedad, estamos compelidos a luchar para no convertirnos en un clima irrespirable a causa de la violencia o perecer con ella.

 

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