Nabi Bukele, redefiniendo el poder en hispanoamérica

Por Enmanuel Peralta viernes 22 de mayo, 2020

El alma de Bukele en un contexto de demagogia política se compara con Napoleón por su determinación, coraje y valentía; usando el poder para lo que es: para usarlo. Napoleón al ponerle fin a décadas de conflictos al terror implantado entre la socialdemocracia de los jacobinos y los adeptos del viejo orden, se ganó un sitial en el mundo, y puso a toda Europa en su sitio, no haciendo política de mariposas, sino de gusanos. Los jacobinos, que  pronto se había  convertido en una dictadura sanguinaria que se desató las más altas crueldades en nombre de la “democracia” por medio de una dictadura―valga la paradoja―, vinieron a ser los primeros villanos célebres de la humanidad. Hasta que deslumbró en el día señalado por la mano poderosa de aquel ser invisible que dirige los destinos, llegó Napoleón y acabó con las divisiones de la Revolución más sobredimensionada de la Historia, la francesa, cuyo alarde de democracia fue un fraude, los jacobinos no se hicieron esperar para ser los  primeros dictadores ilustrados.

Decía el cardenal Fulton Sheen rey de la televisión estadounidense en sus años activos hasta poco antes de su muerte, en uno de sus programas False Compassion (Falsa compasión) hablaba de como se ha vuelto la sociedad hacia una compasión errónea que muestra más piedad por él victimario que la víctima, y un amor extraño por absolver el corrupto y el delincuente. Y es, que los “derechos humanos” nunca aparecen a la hora de hacer justicia, pero sí a la hora de compadecerse del corrupto y del criminal. Haciendo pactos irenistas (falsa paz) entre las partes.  No es casualidad que hoy en día,  el derecho penal  es nulo cuando tiene que castigar al corrupto, gracias a la ONU hoy existen toda clase de magia, trucos y malabares con el fin de que los corruptos en las democracias evadan toda responsabilidad penal.

La democracia dogmática y fundamentalista  es la que atenta contra la funcionalidad del Estado y el Derecho. San Agustín decía, que “La sociedad política humana (el estado) no asegura la justicia natural,  gobierno es igual que una pandilla de bandoleros”.  Rousseau, en su famoso Contrato Social  y Voltaire en la teoría de “Los tres poderes” si hablan de la  separación de poderes, pero jamás una disrupción completa, enemigas o antagónicas y mucho menos  sin coordinación o colaboración. Una separación de poderes  sí, pero jamás un  antagonismo de poderes. Octavio Augusto  Cesar una vez proclamado IMPERATOR  a vox populi en Roma, respetó los poderes del Senado; el mismo Octavio se quitó fuerza política, pero jamás en nombre de un antagonismo, más bien en nombre de la salud y armonía del Estado, y por la Pax romana.

La “compasión”  mal empleada de la ONU hacia los salvatruchas (banda de criminales) y la “preocupación” internacional  por la democracia  en el Salvador, no es más que los gritos de aquella multitud inolvidable pidiendo a gritos  ignominiosos que “Suelten a Barrabás”. En la tesis de Michel de Foucault  “Vigilar y Castigar”,  expone  que, en las sociedades modernas en materia de derecho penal la exhibición del crimen es casi celebre, mientras que  “a partir del siglo  XIX castigo es la parte más oculta del proceso. Y yo le agrego: actualmente no solo es oculta, sino que ni siquiera existe en muchos casos, sobre todos los que son de “alta gerencia”.

La democracia en latinoamérica desde la triunfal entrada de la mano de norteamérica y su protestantismo puritano, nunca ha funcionado y siempre hubo “necesidad” de crueles dictaduras. Sin embargo hoy ha degenerado en un nihilismo sucio, del que más tiene, del que más puede, la impunidad bailando ballet, y burlándose del poder Judicial que padece cada día las aberraciones de los otros dos poderes. Hoy  el congreso resulta un gasto inútil, los que escriben las leyes no saben leer ni escribir, no entienden de leyes, ni saben a dónde van si no le dan un guión desde arriba. Y, no es un secreto, se eligen candidatos hasta sacados de una letrina.

Bukele, no es una sola alma, él es el alma de toda una juventud rebelde que ya sabe que los pactos satánicos con el partido contrario y con un congreso enemigo de él y del pueblo no funciona ni ha funcionado nunca. Su actuar es un imperativo ético, no legalista. “La ética aplicada—de Bukele— es el ejercicio de la prudencia a la toma de decisiones reales respecto a fenómenos reales con consecuencias reales”, dice Jesús Antonio Serrano Sánchez en su libro “Ética al Margen de las Políticas Públicas”. Y todo eso solo puede aplicar actualmente en hispanoamérica a Bukele (aunque el autor citado no se refiera a él, y su tesis esta al margen-no divorciada-de la idea que sostengo). Y lo justifican las millones de almas salvadoreñas sedientas de orden y justicia. Nabi Bukele esta redefiniendo que significa justicia,  lo que significa gobernar en latinoamérica; porque un gobernante no se reduce al vulgarismo de los números de la economía, un gobernante es ante todo un guerrero de justicia, y defensor siempre del más débil. Y en este caso ni el congreso, ni los salvatruchas, ni la elite económica del salvador son los más débiles ni indefensos—maldigo el dia en que los políticos empezaron a usar calculadoras y operaciones estatales aferrados a las formulas demoníacas  de la economía—. El poder ejercido con determinación y coraje Napoleónico.  El carácter es lo que determina la política de Bukele, versus todos esos los pactos satánicos entre partidos que solo luchan por puestos, sillas y cuotas. Es algo que Bukele ha rechazado, y es bueno, porque está mandando al despeñadero el legalismo y el dogma fundamentalista de la democracia. Bukele, puede y debe ser, si se mantiene indeleble,  sinónimo pequeño de Napoleón Bonaparte.

Si la historia no ha terminado de absolver a Fidel Castro, tampoco creo que sea capaz de absorber a Bukele, que entre los peldaños politicastros, le merece no solo una absolución histórica, sino la entrada directa al Reino de los grandes hombres, no del siglo, sino de todos los tiempos. Le daremos unos años, y si no se debilita su voluntad, solo le faltaria la espada,  para ser tal cual un Rodrigo Díaz de Vivar, y toda su obra política un Cantar de Mio Cid.

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