Mutismo y depresión neurótica

Por Humberto Bogaert García

El silencio puede convertirse en un signo depresivo, en el síntoma de un vacío interior. Carentes de motivación, las personas que sufren de depresión con frecuencia no tienen nada que decir. Para poder hablar es necesario asumir
una perspectiva –esencialmente humana— que suele quedar abolida como consecuencia del ensimismamiento que conlleva la caída del humor.

 

La depresión es un trastorno de conducta que implica una inhibición psíquica y/o motriz. Siendo el lenguaje una manifestación oral y corporal, su articulación puede inhibirse como consecuencia del estado de ánimo.

 

La depresión conlleva  siempre una  caída  del  humor,  incluso cuando el sujeto no experimente tristeza. Esa es la razón por la cual algunas personas no se dan cuenta que están deprimidas. Experimentan una apatía que se acompaña con sentimientos de impotencia y de vergüenza, aun cuando no den manifestaciones de tristeza.

 

Ahora bien, ¿Qué relación guardan los sentimientos de vergüenza y de impotencia con la motricidad? Durante el periodo activo del desarrollo, entre los 12 y 18 meses, el niño aprende a caminar y experimenta un deseo intenso
por explorar su ambiente, lo que obliga a la figura materna a controlar los movimientos del menor, actuando como agente socializador y portavoz de las normas comunitarias.

 

La aparición de la locomoción conlleva un cambio radical en la relación madre-hijo. La madre corrige al niño y este se avergüenza cuando  experimenta la desaprobación materna. En ese momento se pierde el contacto
que alimenta el narcisismo y se vive una herida que afecta la autoestima. Por esa razón, la ruptura no debe durar mucho tiempo. La madre deberá resintonizar con
el menor para que éste recupere la seguridad perdida.

 

Ese mecanismo de recuperación del estado de ánimo es el que precisamente fracasa en el neurótico depresivo; y su ideal del yo deviene frágil, por no haber contado en su infancia con una madre capaz de articular eficientemente el amor y la ley.  Incapaz de oscilar entre la desaprobaci6n y la reafirmación del vínculo afectivo, la madre del depresivo enfatiza la mirada de rechazo, impidiéndole a su hijo superar la humillación que paraliza la iniciativa propia y que lo llevará posteriormente a experimentar la inhibición verbal y el mutismo.

 

Por: Dr. Huberto Bogaert García

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