¡Mujeres, luzcan como son!

Por Rolando Fernández sábado 25 de mayo, 2019

Craso error, eso de querer lucir en bases a artificialidades físicas introducidas al cuerpo, muy transitorias y dañosas, por cierto, que se procuran irreflexivamente; que conducen muchas veces a decesos inesperados; a perder lo más por lo menos; a segar corrientes de vida con anterioridad al tiempo de disfrute programado de antemano para esas, por estar deseando aparentar lo que en verdad no son

Los alfareros que estructuran las economías carnales de las féminas, de tal o cual manera, en cada caso particular, obedeciendo, obviamente, a causales de carácter kármico; en correspondencia siempre con el discurrir existencial requerido, en lo que respecta a los vestuarios carnales que favorezcan la evolución de las entidades espirituales que los ocupen durante cada ciclo transitorio terrenal.

Se debe recordar que, nada es casual, y que incluso, según explican los que saben, a todo espíritu, antes de convertirse en alma – espíritu encarnado -, se le prediseña el sendero circunstancial requerido, que incluye a progenitores seleccionados para la nueva criatura, como los entornos familiares, y sociales más aptos, conforme los desenvolvimientos y propósitos que se tengan en el plano de la Tierra.

Al igual que todos los componentes de la especie humana (hombres y mujeres), no pueden ser ricos y afortunados, tampoco las féminas en su totalidad, pueden ser físicamente bellas y bien confeccionadas en cuanto a lo corporal se refiere.

Y, es lo que se quiere forzar de ordinario, cuando las condiciones económicas lo permiten, cabe decir, y las inducciones de los galenos-comerciantes dentro de la especialidad hacen blanco perfecto en las impensantes y ostentosas damas, que por lo regular entienden solamente como agradable a los varones, cuánto se puede exhibir a simple vista, y claro, lo creen sustitutivo del todo. ¡Qué equivocadas están!

Olvidan que, la belleza real en toda mujer, no está en lo físico perecedero; que esa es algo muy parecido a los pocos días calurosos durante el invierno, sujetos a desaparecer de improviso en cualquier momento. Que donde está su mayor valor y lucidez, es en el “coctail” de sentimientos que se abriga; las loables actitudes que les caracterizan; y, la concienciación puesta en evidencia, respecto de los roles y deberes que les corresponden, tanto frente al Supremo Creador, como antes los congéneres circundantes, y la sociedad en general.

Es evidente que, para esos atributos no se necesita de bisturí alguno, silicona, o implantes de cualquier naturaleza, a través de procedimientos quirúrgicos, que a tantas mujeres han llevado a la tumba; aunque, eso no ha logrado detener las innúmeras desgracias que se conocen en ese orden; las malas prácticas médicas denunciadas; como, los apoderamientos de tribunales judiciales para ventilar el conocimiento de algunos casos, que han escandalizado sobremanera.

Con frecuencia aparecen en los periódicos de la prensa dominicana, verbigracia, reseñas sobre acciones emprendidas por el “Ministerio de Salud Pública” local, contra centros clínicos que se dedican a esa llamada especialidad, y sus principales médicos cirujanos actuantes.

Pero, qué va, no se obtempera a nada; las aguas del río siguen corriendo como siempre. A procurar venderse a partir de lo carnal solo, como de los exhibicionismos indecorosos de moda. Todo luce indicar, qué es necesario recurrir a esos, ante la ausencia de cualidades mucho más importantes, aquellas que no se ven con los ojos.

Incluso, y a pesar de los pesares, viajan desde exterior hacia acá, mujeres osadas, a someterse a procedimientos de esos, sin reflexionar sobre las eventuales consecuencias posibles, los riesgos probables en que incurren, queriendo aprovechar las baraturas que obtienen a nivel local, por razones cambiarias, aunque luego les salga la sal más cara que el chivo, como se dice en buen dominicano.

El caso último conocido en el país, lo fue el del “Centro Internacional de Cirugía Plástica Avanzada (CIPLA)”, que el “Ministerio de Salud Pública” dispuso su clausura, tras la muerte de una paciente allí operada. ¡Mujeres, piénsenlo bien!, y no inventen jamás con sus cuerpos, “¡qué donde Dios no puso, no puede haber!”

 

Autor: Rolando Fernández

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