Mis diferencias con Leonardo Gil

Por Rolando Robles sábado 8 de julio, 2017

Siempre he leído a Leonardo Gil un experimentado profesional nuestro que se ha abierto espacio en el campo de la consultoría política y el marketing electoral. Ha trabajado con éxito en México, Colombia, Perú, República Dominicana y USA. Sus servicios son muy valorados por los políticos que buscan ganar elecciones, en cualquier nivel de gobierno. Por lo general, publica artículos sobre los mas diversos temas relacionados con las contiendas electorales.

 

De hecho, sigo casi metódicamente todo lo que escribe sobre asuntos de posicionamiento político. Sus opiniones al respecto me parecen muy concienzudas y lúcidas. Por eso leí con interés su trabajo titulado “La Comunicación Política Cambió”, que me pareció muy acertado, debido al momento que se vive en Latinoamérica y en República Dominicana en especial. Y sobre esta opinión del joven politólogo es que quiero hacer algunas anotaciones.

 

Gil hace un amplio diagnóstico sobre la situación nacional, interpretando con acierto lo que él lee en el “tablero político”, al tiempo que ausculta con sobriedad los protagonistas del quehacer político y por tanto los que serán mas afectados por el estado de descomposición imperante, que son los propios partidos políticos, muy al margen de quienes los dirigen.

 

Pero siento que Leonardo, por ser un entregado a tiempo completo a las ciencias políticas y sus actividades conexas, evita citar responsabilidades futuras de los dirigentes y sus posibles penalidades. Porque como dice el viejo refrán: “el que la hace la paga” y en una actividad tan venal, como lo es la política nacional, han de esperarse retaliaciones de todos los niveles y de las mas disímiles intensidades.

 

Solo es asunto de que cambie el equipo que gobierna, aunque se quede nominalmente el mismo partido en el manejo de la cosa pública. Y lo digo porque los niveles de confrontación han llegado a límites insospechados y han penetrado hasta los tuétanos mismos de las formaciones partidarias. Pero el daño infringido no se ha quedado en los grupos tradicionalmente opuestos sino, que hasta cercanos colaboradores de los líderes, de pronto se ven en la acera de enfrente, despotricando contra su antiguo jefe, mentor y paradigma.

 

Solo a manera de ilustración, miremos lo que pasó con Antonio Guzmán hace 35 años. Él se suicidó estando próximo a dejar la presidencia y aseguran sus mas cercanos colaboradores que él le temía a las posibles acciones de su compañero de partido y presidente electo, Salvador Jorge Blanco.

 

Si era fantasioso este planteamiento, ya no hay forma de asegurarlo, pues ambos eran prominentes miembros de la burguesía cibaeña y no se les conocían (por lo menos yo) mayores dificultades que las emanadas del cambio que hizo Jacobo Majluta en la convención de 1977, aliándose a Guzmán para derrotar a Jorge. Pero lo cierto es que el doctor Balaguer, una vez en el poder de nuevo, accedió gustoso a golpear sin misericordia a Jorge, solo para “complacer” a la familia Guzmán, que lo acusaba de haber provocado su suicidio.

 

Este esquema de confrontación inter partidaria del PRD, presente en sus dos períodos de gobierno, se repitió con Miguel Vargas e Hipólito Mejía, a pesar del parentesco colateral existente. No tuvo mayores consecuencias porque el partido estaba fuera del poder, pero los acontecimientos del 27 de enero de 2013 en el local principal del PRD, fueron de pronósticos reservados.

 

Los reformistas, aunque no han permitido que “la sangre llegue al río”, es seguro que, si alguno de los jefes grupales llegara a la presidencia, se esperan acciones de revanchismo franco de los unos contra los otros. Y muy a pesar del pragmático grito de guerra que proclaman: “los reformistas ni agradecen ni guardan rencor”, todos sabemos que si Humberto Salazar o Quique Antúm llegaran a la presidencia, lo menos que debe hacer el otro es asilarse en la embajada mas cercana. Guardando distancia y categoría, Balaguer siempre se aseguró de que Álvarez Bogart no llegara al poder, especialmente después del sonado incidente aquel del helicóptero.

 

Sobre los peledeístas, que tenían una aureola de “barrer siempre para adentro”, ya no se puede asegurar nada. La presencia de Quirino en la campaña interna, el manejo del caso Odebrecht, y los pronunciamientos “temerarios” de Felucho Jiménez, sumados al destape del ex director de Aduanas, primero contra dos senadores de su propio partido y después contra su jefe máximo, nos dice que ya se perdió el pudor en el partido de Juan Bosch.

 

Por eso, mantener un Comité Político de solo 35 personas -su vieja póliza de seguros contra las divisiones, aun después del fatídico 19 de abril de 2015- ya no les puede servir de mucho. Se debe apuntar aquí, que el tamaño del CP garantiza siempre un entendimiento, pues todos pueden ser ministros y con eso los arreglos son inminentes.

 

Estos cuatro ejemplos citados, no son aislados. Tienen un denominador común, una realidad que está por encima de la sonoridad de los nombres de los protagonistas y hasta de los partidos políticos a que pertenecen. El problema está en el sistema mismo, en unas “reglas de juego” permisivas y complacientes, que son violadas permanentemente; pero que no hay -ni tampoco nadie desea que exista- un régimen de consecuencias que penalice las violaciones.

 

Los problemas internos sin embargo, resultarían menos que “pleitos de hermanos” si se llegara a sustituir el partido de gobierno. A pesar de la confesión de Leonel de “pagar para no matar” y de la hipolitada aquella de que “los expresidentes se respetan”, lo que se augura es una mayúscula vendetta, al estilo de los Corleones de Mario Puzo. Se descarrilará el tren de la institucionalidad partidaria y desde luego, nadie puede asegurarse la sobrevivencia.

 

Lo que no sabemos con exactitud, es si el pueblo trabajador saldría beneficiado de la “cacería de brujas” que se augura, por aquello que se colige del viejo refrán que reza: “lo bueno de esto es lo malo que se está poniendo”.

 

Lo que ahora parece una utopía, amigo Leonardo Gil, el hecho de convertir las simpatías antigubernamentales en votos reales en las urnas -aun sin la existencia de una maquinaria electoral experimentada- bien pudiera hoy resultar mas que posible. Bastaría con que los votantes llegaran a sentir que “cualquiera que venga, puede ser mejor que el que está”.

 

Esa reacción en cadena, ciega, instintiva, no premeditada; puede conducir la manada hasta el despeñadero. Y luego vendrán las lamentaciones. Y de nuevo se oirá la sorda voz de Aixa sentenciando a su hijo Boabdil ante la caída de Granada.

Hoy, a mas de 1,500 años de esos hechos, solo se advierte una pequeña diferencia: el moderno Alpujarras -el nuestro- se localiza al oeste y junto al mar Caribe, exactamente a 30 kilómetros de Santo Domingo.

 

¡Vivimos, seguiremos disparando!

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